Comenzamos la Semana Santa con el Domingo de Ramos, y este año lo hacemos de nuevo con la posibilidad de vivir nuestra fe en las calles, en las procesiones, y en los oficios litúrgicos de nuestras comunidades. Entramos en la semana más importante para los cristianos, el corazón del año litúrgico.

El Domingo de Ramos es una celebración paradójica: una mezcla de alegría y tristeza.

Por un lado, es una fiesta llena de alegría. Recordamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Los niños agitan palmas, la gente extiende sus mantos, y todos aclaman con entusiasmo: “¡Hosanna al Hijo de David!”. Es la fiesta de un Rey que llega, pero que lo hace montado en un burro, signo de humildad y mansedumbre.

Por otro lado, esta celebración está también teñida de tristeza. En la liturgia escuchamos el relato entero de la Pasión: el juicio, la traición, la humillación, la condena y la muerte de Jesús. Pasamos del entusiasmo de la entrada en Jerusalén al drama del Calvario.

En este contexto, podríamos preguntarnos:
¿Qué lugar ocupa hoy en nuestra vida la Pasión de Jesús?
¿Nos impresiona? ¿Nos conmueve hasta el punto de provocar una respuesta interior? ¿O nos hemos acostumbrado, como si fuese un relato más que escuchamos cada año sin que nos toque el corazón?

¿Un conflicto olvidado?

En el mundo hay muchas situaciones de dolor, injusticia y sufrimiento que apenas se mencionan: son conflictos olvidados, con víctimas doblemente heridas, por la violencia que padecen y por el silencio de quienes miramos hacia otro lado.

Y esto nos lleva a una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Se ha convertido también la Pasión de Jesús en un “conflicto olvidado” para muchos cristianos?
¿Hemos relegado la Semana Santa a un tiempo de vacaciones, de descanso, de tradiciones, pero vacías de contenido? ¿Nos hemos olvidado de su verdadero sentido?

La Palabra de Dios que hemos proclamado hoy nos invita a entrar de lleno en el misterio de Cristo que se entrega por amor. Él entra en Jerusalén sabiendo lo que le espera, pero no huye. Se abaja, se humilla, se entrega. Como dice san Pablo en la segunda lectura: “se despojó de sí mismo… se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”. Y como profetiza Isaías, “no escondió el rostro ante ultrajes y salivazos”.

Personajes de la Pasión: espejos de nuestra alma

Hoy se nos invita a leer la Pasión no como un espectador, sino como alguien implicado. Fijémonos en los personajes:
– El discípulo que niega…
– El amigo que traiciona…
– Los que duermen en lugar de acompañar…
– El pueblo que primero aclama y luego grita “crucifícalo” …
– El soldado que golpea…
– El centurión que, finalmente, reconoce al Hijo de Dios…

¿Quién soy yo en esta historia? ¿Dónde me sitúo?
Y, sobre todo: ¿Qué reacción me provoca la entrega de Jesús?

Llamados a una “oleada” de fe y caridad

Cuando algo nos conmueve de verdad, reaccionamos: nos movilizamos, nos implicamos, actuamos. Así debería ser nuestra respuesta ante la Pasión del Señor. La entrega de Jesús pide una respuesta de amor. No basta con conmovernos; hemos de dejarnos transformar.

La Pasión de Cristo debería provocar en nosotros una “oleada” de fe viva, de caridad concreta, de reconciliación, de renovación espiritual. Debería impulsarnos a ser testigos del amor que vence al pecado y a la muerte, a anunciar con palabras y obras que Jesús no murió en vano, que sigue vivo y actuando en su Iglesia.

No seamos espectadores

No caigamos en la rutina de todos los años. No nos convirtamos en simples espectadores. La Semana Santa no es un espectáculo. Es un acontecimiento de salvación que nos implica. La misericordia de Dios va a desbordarse estos días en cada liturgia, en cada gesto, en cada sacramento.

Vivamos este tiempo con el corazón abierto, sabiendo que nuestra meta no es el Viernes Santo, sino la Noche Santa de Pascua, cuando la luz vence a las tinieblas, y la vida triunfa sobre la muerte.

¡Feliz Domingo!