Noviembre es el mes en que la Iglesia recuerda de manera especial a quienes nos han precedido. Pero ¿qué sentido tiene rezar por ellos?
La muerte no rompe el amor
Los cristianos creemos que la muerte no rompe los lazos del amor. Quienes mueren en amistad con Dios, pero todavía necesitan ser purificados, viven esa purificación antes de entrar en la alegría plena del cielo. La Iglesia lo llama purgatorio (cf. Catecismo, 1030-1031).
Nuestra oración les ayuda en ese camino. Ya el Antiguo Testamento recoge la costumbre de orar por los difuntos (cf. 2 Mac 12, 46), y desde los primeros siglos los cristianos ofrecieron la Eucaristía por ellos. La misa, la oración, la limosna y las obras de caridad son el mejor regalo que podemos hacerles (cf. Catecismo, 1032).
Una voz de la tradición
Santa Mónica, madre de san Agustín, enfermó gravemente en Ostia, cuando volvía con su hijo a África. Sabiendo que iba a morir, no se preocupó de dónde la enterrarían. Solo les pidió una cosa:
«Solo os pido que os acordéis de mí ante el altar del Señor, dondequiera que estéis».
San Agustín, Confesiones IX
Es el mejor recuerdo que podemos dar a los nuestros: llevarlos a la misa y ponerlos en manos de Dios.
¿Sabías que…? Del 1 al 8 de noviembre, quien visita un cementerio y reza por los difuntos, aunque sea en silencio, puede ganar cada día una indulgencia plenaria para un difunto. Se piden las condiciones de siempre: confesarse, comulgar, rezar por las intenciones del Papa y rechazar todo apego al pecado.
Para esta semana
Escoge un nombre —un abuelo, un amigo, alguien a quien quizá ya nadie recuerda— y encomiéndalo cada día con esta oración:
Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.
Si quieres, también puedes encargar una misa por él en el despacho o por WhatsApp.
