Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado.  De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada. Estad prevenidos, porque no sabéis qué día vendrá su Señor. Entendedlo bien si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Vosotros también estad preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.

 

REFLEXIÓN

Hoy comenzamos un nuevo año litúrgico. Podríamos decirnos «feliz año nuevo», pero el calendario de la Iglesia no empieza con fuegos artificiales ni fiestas ruidosas. Empieza con un susurro, con una invitación íntima y urgente: ¡Despierta!

El Adviento no es simplemente «el tiempo antes de Navidad». No es solo una cuenta atrás para comprar regalos o poner el árbol. Es un tiempo de entrenamiento espiritual para aprender a ver a Dios, que ya viene a nuestro encuentro en la historia.

La «enfermedad» de los días de Noé

El Evangelio de Mateo hoy es impactante. Jesús nos habla de los «días de Noé». Y fijaos en un detalle curioso: Jesús no dice que la gente en tiempos de Noé fuera malvada, asesina o cruel. ¿Qué estaban haciendo?

«Comían, bebían y se casaban».

Hacían cosas normales. Cosas cotidianas. Su pecado no fue la maldad, fue la indiferencia. Vivían tan sumergidos en la rutina, en lo inmediato, en el «piloto automático», que fueron incapaces de percibir que algo trascendental estaba por suceder.

Hoy corremos el mismo riesgo. Podemos ser «buena gente», pero vivir anestesiados. Nos levantamos, trabajamos, miramos el móvil, comemos, vemos series, dormimos. Y repetimos. San Pablo, en la segunda lectura, nos sacude: «Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, de despertarse del sueño».

La Vigilancia Activa

¿Qué significa «estar en vela» o «vigilar» en este Adviento?

  • No es vivir con miedo: Jesús no nos pide que estemos ansiosos esperando un castigo o el fin del mundo como si fuera una película de catástrofes.
  • Es vivir con atención: Es la actitud del enamorado que espera un mensaje, o de la madre que duerme ligero escuchando la respiración de su bebé. Es estar atentos a las huellas de Dios en nuestro día a día.

Isaías, en la primera lectura, nos da la clave positiva: «Venid, caminemos a la luz del Señor». La vigilancia cristiana es dinámica; es un caminar hacia una promesa de paz donde las espadas se vuelven arados.

¿Cómo despertamos?

Para este inicio de Adviento, propongo tres actitudes concretas para salir del sonambulismo espiritual:

  1. Romper la inercia: Si siempre rezas a la carrera, detente 5 minutos en silencio. Si siempre pasas de largo ante quien pide ayuda, detente y mira a los ojos. Haz algo diferente que rompa tu «piloto automático».
  2. Limpiar la mirada: San Pablo dice «dejemos las actividades de las tinieblas». A veces, las tinieblas son simplemente el pesimismo, la queja constante o el chisme. Intentemos que nuestra palabra construya esperanza esta semana.
  3. Preparar la casa (interior): Jesús dice que si el dueño de casa supiera cuándo viene el ladrón, vigilaría. El Señor no viene como ladrón para quitarnos nada, sino para darnos todo. Pero necesita encontrar la puerta abierta. ¿Qué hay en tu corazón que estorba para que Él entre?

El Señor viene. Vino en la humildad de Belén (historia). Vendrá en gloria al final de los tiempos (majestad). Pero, sobre todo, viene hoy.

No dejemos que la rutina nos robe la capacidad de asombro. Que este Adviento no sea «otra Navidad más», sino el momento en que decidimos despertar y caminar, por fin, a la luz del Señor.

¡¡Feliz Domingo!!