Por aquellos días, Juan el Bautista se presenta en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Este es el que anunció el profeta Isaías diciendo: «Voz del que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”». Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán; 6confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».
Reflexión
El Evangelio de hoy comienza con una solemnidad casi notarial. San Lucas no empieza diciendo «érase una vez», no nos cuenta un cuento. Despliega un mapa político preciso: «En el año quince de Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador…».
¿Por qué es esto importante? Porque nos recuerda que nuestra fe no es una mitología. Dios entró en la historia concreta, con sus problemas políticos, sus crisis económicas y sus tensiones, muy parecidas a las nuestras hoy.
Pero atención al contraste: mientras el mundo miraba a los palacios de Roma o al Templo de Jerusalén, la Palabra de Dios «vino sobre Juan en el desierto». Dios no busca el escenario del poder ni el ruido de la fama. Busca la desnudez del desierto. En este Adviento, si queremos escuchar a Dios, debemos apagar un poco el ruido de nuestras preocupaciones y bajar al «desierto», a lo esencial, allí donde caen las máscaras y quedamos a solas con la Verdad.
La «Ingeniería Espiritual»: 4 Obras urgentes
Juan el Bautista, con la fuerza de un profeta, nos pide una obra de «ingeniería espiritual». Nos dice: «Preparad el camino». Y nos da el plano de obra con cuatro tareas concretas para revisar esta semana:
- Rellenar los valles: ¿Qué son los valles? Son nuestros vacíos. Los vacíos de oración, de caridad, de esperanza. Esas zonas del alma donde hemos dejado que entre el desánimo. Adviento es tiempo de «rellenar» esos huecos con la presencia de Dios.
- Rebajar los montes: Son nuestras soberbias. Ese orgullo que nos hace mirar a los demás por encima del hombro, esa autosuficiencia de creer que no necesitamos a nadie, ni siquiera a Dios. El Señor no circula por las cumbres del orgullo, sino por el llano de la humildad.
- Enderezar lo torcido: Son nuestras dobles intenciones. Cuando decimos ser cristianos pero actuamos con trampa en los negocios, o con mentira en la familia. Hay que volver a la rectitud.
- Suavizar lo escabroso: Quizás lo más difícil. Son las asperezas de nuestro carácter: la mala contestación, la crítica fácil, la impaciencia. A veces somos «piedras» que hieren a los que viven con nosotros. Toca suavizar el trato y amar con ternura.
La Esperanza tiene rostro
Hermanos, ante este trabajo, uno podría desanimarse y pensar: «¿Cómo voy a cambiar yo todo esto?». Aquí viene la buena noticia de la segunda lectura de hoy. San Pablo nos dice: «El que comenzó en vosotros la obra buena, la llevará a término».
La conversión no es un esfuerzo solitario de autoayuda. Es dejar que la Gracia de Dios trabaje en nosotros. En este tiempo, y ante el Jubileo de la Esperanza que la Iglesia nos propone, no caigamos en el pesimismo del mundo. El mundo abre la caja de las noticias y encuentra miedo; nosotros abrimos el Evangelio y encontramos una Promesa. Nuestra esperanza no es un optimismo ingenuo de que «todo irá bien», sino la certeza de que Alguien viene. Nuestra esperanza tiene nombre y rostro: Jesucristo.
María, el modelo perfecto
Para terminar, miremos a quien mejor supo preparar este camino: la Virgen María.
- En Ella no hubo valles, porque estaba llena de Gracia.
- En Ella no hubo montes de orgullo, porque fue la esclava humilde del Señor.
- En Ella no hubo nada torcido ni escabroso, porque fue pura transparencia y misericordia.
Que Ella nos enseñe en este Adviento a ser menos «montaña» de orgullo y más «camino» llano, para que cuando llegue el Señor esta Navidad, encuentre la puerta de nuestro corazón abierta de par en par.
¡¡Feliz Domingo!!
