Unos ocho días después de estas palabras, tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía lo que decía. Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube. Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.
Hay un cuento conocido que habla de dos albañiles que estaban levantando un muro. Una persona pregunta al primero: «¿Qué estás haciendo?» Y responde con cierta resignación: «Pues poniendo ladrillos. Es duro, pero hay que ganarse la vida». Un poco más adelante, la misma persona pregunta al segundo albañil, y éste contesta con alegría: «Estoy construyendo una catedral». Aunque ambos realizan el mismo trabajo, lo viven de manera muy distinta: uno como una carga pesada, otro como una tarea llena de sentido y alegría.
Acabamos de iniciar nuestro camino cuaresmal, y la Iglesia nos invita precisamente a revisar cómo estamos viviendo no solo este tiempo, sino toda nuestra vida cristiana: ¿En positivo, llenos de sentido, o en negativo, como una carga?
La primera lectura nos presenta a Abrán, quien había obedecido a Dios dejando su tierra por la promesa de una descendencia y una tierra nueva. Hoy escuchamos que Dios establece una alianza con él. Sin embargo, Abrán experimenta temor y oscuridad en ese momento de encuentro con Dios. Está haciendo lo que Dios le pide, pero no lo disfruta; vive ese momento como algo difícil y oscuro.
Por contraste, el Evangelio nos presenta a Pedro, Juan y Santiago en la montaña de la Transfiguración. También ellos habían respondido con obediencia a la llamada de Jesús, lo habían dejado todo para seguirle. Y en ese encuentro con Dios, en esa oración íntima con Jesús, contemplan su gloria y exclaman con alegría: «¡Qué bueno es que estemos aquí!» Su experiencia de Dios es positiva, llena de luz y sentido.
¿Cuál es la diferencia entre Abrán y los discípulos en la montaña? Precisamente la actitud y el contexto de oración. Los discípulos subieron al monte con Jesús «para orar», y gracias a la oración, pudieron «espabilar y ver su gloria». Esto nos recuerda que la oración no es un simple cumplimiento o algo rutinario, sino un diálogo profundo con Dios que da sentido a toda nuestra vida cristiana.
En este tiempo cuaresmal, somos invitados a buscar nuestro propio «monte», un espacio de encuentro personal con Dios. No necesitamos largos tiempos, pero sí momentos auténticos, tranquilos y sin interrupciones, para dialogar con el Señor. La oración nos ayuda a vivir nuestra fe no como una obligación pesada, sino como una misión apasionante, una vida llena de propósito y alegría. Nos ayuda a comprender y a recordar que somos, como dice San Pablo en la segunda lectura, «ciudadanos del cielo».
Preguntémonos hoy con sinceridad: ¿Cómo estoy viviendo mi vida cristiana? ¿Con la resignación del que solo pone ladrillos, o con la alegría del que sabe que está construyendo una catedral? ¿Veo mi vida de fe como una carga o como una oportunidad maravillosa para crecer y transformarme a imagen de Cristo?
Pidamos al Señor que esta Cuaresma sea un tiempo de verdadera transfiguración, en que la oración nos permita descubrir la belleza y el sentido profundo de nuestra vida cristiana. Que vivamos nuestra fe con esperanza renovada, sabiendo que el esfuerzo cotidiano tiene un sentido eterno, porque caminamos hacia la gloria definitiva junto al Señor
¡Feliz Domingo!
