En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
REFLEXIÓN
Hay momentos en la vida que lo cambian todo. Un encuentro, una palabra, una luz que de repente ilumina nuestra realidad de forma diferente. La liturgia de este II Domingo de Cuaresma nos regala precisamente eso: dos momentos fundacionales —el de Abrahán y el de la Transfiguración— que son, en realidad, una misma invitación dirigida a nosotros hoy.
Para entender este mensaje, tenemos que fijarnos en tres movimientos esenciales que nos pide el Señor: salir, subir y bajar.
SALIR: La radicalidad de Abrahán
La primera lectura nos presenta a Abrahán con una sola frase que condensa toda su aventura espiritual: «Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre».
Fijaos en la radicalidad de la llamada. Dios no le pide a Abrahán que mejore su situación o que haga algunos ajustes en su rutina. Le pide que deje atrás lo conocido y lo seguro. Y lo más sorprendente: Abrahán tenía 75 años. No era un joven impulsivo, era un hombre con raíces y con historia. Y, sin embargo, obedece.
La Cuaresma es exactamente esa invitación a salir. Salir de nuestras comodidades espirituales, de nuestros miedos enquistados y de esas rutinas que ya no nos alimentan. ¿De qué me está pidiendo Dios que salga este año? Esa es la primera pregunta que debemos hacernos hoy.
SUBIR: Respirar el aire de Dios
El segundo paso nos lo da el Evangelio. Jesús toma a Pedro, a Santiago y a Juan, y «los llevó a un monte alto».
Aquí hay un juego vital entre lo «alto» y lo «bajo». Imaginad por un momento una gran ciudad en hora punta: calles llenas de tráfico, ruido, prisas, polución. El ambiente se hace irrespirable. Abajo, en nuestro día a día, están a menudo las pasiones de siempre, los egoísmos, las miserias. Es lo irrespirable.
Pero si tenemos la suerte de elevarnos a un monte alto, todo cambia. Sentimos frescura, bienestar, respiramos aire puro. Arriba está Dios con su verdad, su amor y su transparencia. Allí Jesús se transfigura. La blancura de sus ropas es el signo de su divinidad, y junto a Él aparecen Moisés (la Ley) y Elías (los Profetas). Es como si por un instante se corriera el velo de lo ordinario y los apóstoles pudieran ver lo que siempre estuvo allí: la gloria de Dios.
Es normal que Pedro caiga de bruces y, a la vez, exclame: «¡Qué bien se está aquí!». Es la gran paradoja de acercarse a Dios: es el misterio «tremendo» que nos sobrecoge y el misterio «fascinante» que nos enamora.
Dejarnos transfigurar: ¿A qué sabe Dios?
¿Para qué les muestra Jesús todo esto? No es un capricho. Jesús sabe que en pocas semanas vendrá la Pasión, la cruz y el aparente fracaso. Antes de esa oscuridad, quiere que sus amigos lleven grabada en el corazón esta certeza: que detrás del sufrimiento hay gloria.
Ese encuentro con Dios nos tiene que transfigurar también a nosotros. Como decía el gran científico y pensador Blaise Pascal tras su propia conversión: «En el corazón de todo hombre existe un vacío que tiene la forma de Dios, y que sólo puede ser llenado por Él, conocido mediante Cristo Jesús».
La gente de hoy no nos va a preguntar cuánta teología sabemos. Nos va a preguntar «a qué sabe Dios». Querrán ver qué pasa, qué se experimenta cuando Dios irrumpe en nuestra vida y cómo enfrentamos los problemas desde la fe.
BAJAR: «No temáis» en medio del valle
Después del esplendor, Pedro quiere retener el momento. «Hagamos tres tiendas», dice. Es una reacción muy humana: cuando algo es bueno, queremos atraparlo e instalarnos.
Pero el sentido de subir al monte no es quedarse allí, sino bajar. Al levantar la vista, «sólo ven a Jesús». Ya no lo confunden con ningún otro personaje. Y Jesús se acerca, los toca y les dice las tres palabras que son el corazón de este domingo: «Levantaos, no temáis».
Abajo está la vida real, los problemas, el trabajo, la lucha. Pero la Cuaresma no puede hacerse pesada viviéndola desde el miedo (miedo al pecado, al juicio o a no dar la talla). Bajamos al valle transformados. Bajamos equipados con una nueva fuerza, sabiendo que nada ni nadie nos puede hundir.
A veces alguien nos pregunta con escepticismo: «¿Y a ti qué te dan en Misa?». No nos dan euros, desde luego. Nos dan algo más importante: nos dan a Dios.
La Cuaresma no es un tiempo para acumular culpa. Es un tiempo para subir al monte, dejarnos transformar y adelantar la Pascua, recordando que el final no es el monte del Calvario, sino la gloria de la Resurrección. Que al final de estos cuarenta días podamos decir como Abrahán: «Me puse en camino», llevando en los ojos y en las obras esa luz inconfundible del Tabor.
¡¡Feliz Domingo!!
