En aquel tiempo, Juan se encontraba en la cárcel, y habiendo oído hablar de las obras de Cristo, le mandó preguntar por medio de dos discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí”.
Cuando se fueron los discípulos, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: “¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No. Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a uno que es todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino. Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él”.

REFLEXIÓN

Hoy vemos un cambio visual en el altar. El color morado se aclara, encendemos la vela rosa. Es el domingo Gaudete. La Iglesia nos dice: «¡Alegraos!». Pero, seamos sinceros, a veces nos cuesta alegrarnos por mandato. Miramos el mundo, miramos nuestros problemas o la crisis económica, y la orden de «estar alegres» puede sonar vacía.

Por eso, la alegría de hoy no es la de la risa fácil o el chiste, sino la alegría profunda de quien sabe que alguien viene. Como decías en años anteriores: no esperamos algo, esperamos a Alguien.

La decepción de las «expectativas»

Vivimos en la era de los «filtros». Cuando vemos fotos en redes sociales, todo el mundo parece feliz, la piel es perfecta, las vacaciones son ideales. Pero cuando quedamos con esa persona «en persona», vemos la realidad: tiene ojeras, está cansada, tiene preocupaciones. Y curiosamente, la queremos más así, porque es real, no es una imagen retocada.

En el Evangelio de hoy, a Juan el Bautista le pasa algo parecido con sus expectativas sobre Dios. Juan está en la cárcel, en la oscuridad. Él esperaba un Mesías guerrero, un juez terrible que llegaría con un hacha para cortar los árboles malos y fuego para quemar la paja. Juan tenía una «imagen» de Dios en su cabeza muy severa.

Sin embargo, le llegan noticias de Jesús y… ¿qué hace Jesús? No está quemando a nadie, ni cortando cabezas. Está comiendo con pecadores, tocando a leprosos, acariciando niños. Y Juan entra en crisis y manda preguntar:

«¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?»

Es como si dijera: «Jesús, tú no te pareces a la idea que yo tenía del Mesías. ¿De verdad eres tú?».

Dios viene «en Persona», no en teoría

A nosotros nos pasa igual. A veces nos enfadamos con Dios porque no cumple nuestras expectativas. Queremos un Dios «mágico» que nos quite los problemas al instante, un Dios a la carta.

Pero Jesús le responde a Juan no con teorías, sino con hechos. Le dice: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo: los ciegos ven, los inválidos andan…».

Jesús le está diciendo: «Juan, no soy el Dios del castigo que imaginabas. Soy el Dios de la misericordia que viene en persona a tocar la herida».

Retomando esa idea que tanto nos ayuda: No es lo mismo saber que Dios existe, que experimentar que Dios actúa.

  • No es lo mismo saberse la teoría de la medicina, que tener al médico en persona curándote la fiebre.
  • No es lo mismo ver la Navidad en los anuncios de la tele, que sentir que Jesús viene a tu casa, a tu problema concreto, a tu soledad, para decirte: «Estoy aquí».

La Paciencia del Agricultor

Claro, ver actuar a Dios requiere algo que nos cuesta muchísimo hoy en día: Paciencia.

Santiago, en la segunda lectura, usa una imagen preciosa: el labrador. El agricultor planta la semilla y no se queda gritándole a la tierra: «¡Crece ya!». Sabe esperar la lluvia temprana y la tardía. Vivimos en la cultura del «Amazon Prime», del «lo quiero para mañana», del doble check azul en el WhatsApp. Si Dios no responde ya, pensamos que no existe. El Adviento nos dice: Tranquilo. Dios trabaja a otro ritmo. Dios trabaja como el agricultor, bajo tierra, en lo profundo del corazón. Que no veas el fruto hoy, no significa que la semilla no esté germinando.

Ser el rostro de esa alegría

Terminamos mirando nuestra vida. Jesús dijo: «Id y contad lo que habéis visto». La gente allá afuera, en vuestros trabajos, en el barrio, quizás no va a leer la Biblia, ni va a venir a Misa. El único Evangelio que van a leer es vuestra vida.

Si nos ven tristes, amargados, o viviendo la Navidad solo como una fiesta de consumo, pensarán que Dios es una mentira o una tradición vacía. Pero si ven que, a pesar de los problemas (como Juan en la cárcel), tenemos una paz y una alegría de fondo; si ven que perdonamos, que ayudamos, que tenemos esperanza… entonces se preguntarán: «¿Por qué está así de alegre?».

Y podremos decirles: «Porque no celebro una fecha, celebro que el Señor viene, y viene en persona«.

¡¡Feliz Domingo de Gaudete!!