En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido”. Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo» Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Reflexión

Hoy celebramos la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, y la Iglesia nos presenta una imagen paradójica y desconcertante: contemplamos a nuestro Rey no en un trono de oro, sino clavado en una cruz; no coronado con diademas preciosas, sino con espinas; no aclamado por multitudes que lo glorifican, sino burlado por quienes lo crucificaron.

El Evangelio de Lucas nos sitúa en el Calvario, donde tres grupos diferentes reaccionan ante Jesús crucificado. El pueblo observa en silencio, los jefes se burlan diciendo «a otros salvó, que se salve a sí mismo», y los soldados lo insultan. Pero en medio de esta oscuridad, brilla una luz extraordinaria: la fe del buen ladrón.

Este hombre, condenado justamente por sus crímenes, reconoce en ese crucificado junto a él al Rey verdadero. Mientras todos ven un fracaso, él ve un reino. Mientras todos ven debilidad, él ve poder salvador. Y pronuncia una de las oraciones más hermosas del Evangelio: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

¿Qué nos enseña este extraordinario encuentro? Nos revela la naturaleza del reino de Cristo: un reino que no se impone por la fuerza, sino que se ofrece por amor; un reino donde el último lugar es el primero, donde servir es reinar, donde morir es vivir.

San Pablo nos lo explica magníficamente en la carta a los Colosenses: Cristo es «la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura». Su reino no es de este mundo, pero transforma este mundo. No es un poder político que somete, sino un amor que libera.

El buen ladrón nos muestra el camino para entrar en este reino: reconocer nuestra necesidad, aceptar nuestra responsabilidad por nuestros pecados, y confiar plenamente en la misericordia de Cristo. No necesitó hacer grandes penitencias, no tuvo tiempo para obras meritorias, solo tuvo fe y humildad. Y eso bastó para que Cristo le dijera: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».

¿Qué significa para nosotros hoy proclamar que Cristo es nuestro Rey? Significa reconocer que Él tiene autoridad sobre toda nuestra vida: nuestras decisiones, nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestro dinero, nuestro tiempo. No podemos dividir nuestra existencia entre lo sagrado y lo profano, guardando a Cristo solo para los domingos.

Reconocer a Cristo como Rey implica también un compromiso con su reino de justicia, amor y paz. No podemos adorar al Rey de la misericordia el domingo y vivir sin misericordia el resto de la semana. No podemos proclamar al Rey de los pobres mientras permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos.

Al final de este año litúrgico, la Iglesia nos invita a hacer un examen: ¿Quién reina verdaderamente en mi vida? ¿Es Cristo mi Señor, o lo son el dinero, el poder, el placer, el orgullo, el miedo? ¿Vivo como súbdito de su reino o como ciudadano del mundo que lo crucificó?

La respuesta de Jesús al buen ladrón nos llena de esperanza: nunca es tarde para volvernos a Él, nunca somos demasiado pecadores para su misericordia, nunca estamos tan lejos que no podamos regresar. Su reino está abierto para todos los que, reconociendo su necesidad, se atreven a decir: «Jesús, acuérdate de mí».

¡¡Feliz Domingo!!