Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

 

El bien que nadie aplaudió

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7).

Hay personas de las que apenas quedan fotografías. Su nombre quizá solo se pronuncia en las conversaciones de una familia, al recordar una anécdota o al explicar a un niño quién era aquella mujer que aparece en un retrato antiguo. Sin embargo, el bien que hicieron sigue presente.

Una manera de cuidar, una oración aprendida, la costumbre de compartir o de no dejar solo a quien sufre. Hay herencias que no caben en un testamento y que acompañan toda una vida.

Una fiesta con muchos rostros

En Todos los Santos celebramos a quienes ya viven plenamente en Dios. Algunos tienen un nombre conocido y una fiesta en el calendario. Otros permanecen ocultos para nosotros. El Señor conoce su historia, sus luchas y todo el amor que fue creciendo en ellos.

Esta fiesta ensancha nuestra mirada. Nos ayuda a descubrir que la gracia de Dios puede dar fruto en cualquier lugar: en una casa, un hospital, un taller o una residencia. Allí donde una persona se deja transformar por Cristo, comienza a crecer una vida santa.

También en nuestras circunstancias concretas puede suceder.

El camino que propone Jesús

Las bienaventuranzas nos muestran cómo es el corazón de Jesús y hacia dónde quiere conducir el nuestro. Misericordia, mansedumbre, limpieza de corazón, hambre de justicia, trabajo por la paz. Son actitudes que necesitan tiempo, oración y decisiones concretas.

La misericordia se aprende cuando reconocemos que también nosotros necesitamos perdón. Entonces resulta más difícil reducir a otra persona a su peor equivocación. Podemos corregirla y, al mismo tiempo, seguir reconociendo su dignidad.

La paz se construye cuando alguien se atreve a interrumpir una cadena de reproches. A veces comienza con una llamada, con una disculpa o con la decisión de escuchar sin preparar inmediatamente una respuesta.

La limpieza de corazón crece cuando vamos dejando de aparentar. Cuando podemos presentarnos ante Dios con lo que somos y procurar que nuestras palabras y nuestras obras caminen juntas.

La santidad en lo que se repite

Buena parte de nuestra vida está hecha de tareas que vuelven cada día. Preparar la comida, trabajar, acompañar a los hijos, atender a una persona mayor, ordenar la casa. En esa repetición podemos desgastarnos, pero también aprender a amar con mayor hondura.

Habrá días de cansancio y momentos en los que respondamos mal. Necesitaremos detenernos, pedir ayuda y reparar el daño. La santidad va creciendo también en esos comienzos humildes, cuando aceptamos que todavía tenemos mucho que aprender y dejamos que Dios siga trabajando en nosotros.

Quizá hoy podamos recordar a alguien que nos enseñó ese amor perseverante. Dar gracias por su vida puede ayudarnos a descubrir qué hemos recibido y cómo podemos transmitirlo.

Cuando recordamos a los nuestros

Estos días nos acercan especialmente a nuestros difuntos. Las flores y las visitas al cementerio expresan un amor que permanece. La oración pone ese amor en manos de Dios.

Hoy damos gracias por los santos del cielo; mañana rezaremos especialmente por todos los fieles difuntos. En ambas celebraciones nos sostiene la esperanza cristiana: el Señor nos ha creado para compartir su vida y continúa llamándonos hacia él.

Al volver a nuestras tareas, podemos llevar una decisión sencilla: vivir una bienaventuranza con una persona concreta. Tal vez nadie lo vea ni lo agradezca. Pero ese gesto puede aliviar una carga, abrir una conversación o devolver un poco de esperanza. Así comienza a permanecer el bien.

 

¡Feliz día de Todos los Santos!