Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

 

Hoy la Iglesia celebra una de sus fiestas más luminosas y esperanzadoras: la Solemnidad de Todos los Santos. Es un día para alzar la mirada al cielo y contemplar esa «muchedumbre inmensa, que nadie podría contar», como nos dice el Apocalipsis, formada por hombres y mujeres de toda nación, raza, pueblo y lengua, que están de pie ante el trono de Dios.

La llamada universal a la santidad

Las Bienaventuranzas que acabamos de escuchar en el Evangelio no son un código moral inalcanzable, sino el retrato de Cristo y, al mismo tiempo, el camino que todos estamos llamados a recorrer. Jesús no nos dice: «Bienaventurados los que ya son perfectos», sino «Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia».

Los santos no fueron superhéroes sin debilidades. Fueron personas como nosotros, con sus luchas, caídas y limitaciones, pero que se dejaron transformar por la gracia de Dios. Santa Teresa de Lisieux hablaba del «caminito» de la infancia espiritual; San Agustín fue un hombre de pasiones antes de su conversión; San Pedro negó a Jesús tres veces. La santidad no es ausencia de fragilidad, sino perseverancia en el amor.

El mensaje de esperanza

Esta fiesta es un canto de esperanza. Nos recuerda que nuestro destino final no es la tumba, sino la vida eterna en comunión con Dios. Esos santos que hoy veneramos fueron bautizados como nosotros, comulgaron como nosotros, rezaron como nosotros. La diferencia es que ellos dijeron «sí» cada día, en lo pequeño y en lo grande.

La segunda lectura nos dice: «Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos». ¡Qué misterio tan hermoso! Ya somos santos por el bautismo, pero estamos llamados a serlo plenamente. La santidad no es un estado estático, sino un camino dinámico de transformación.

Llamados a ser santos hoy

¿Cómo vivir las Bienaventuranzas en nuestro tiempo?

  • Ser pobres de espíritu es reconocer que todo es don, que necesitamos a Dios, que no somos autosuficientes.
  • Ser mansos es responder con ternura donde el mundo responde con violencia.
  • Tener hambre de justicia es trabajar por un mundo más fraterno, donde cada persona tenga dignidad.
  • Ser misericordiosos es mirar al otro como Dios nos mira: con compasión infinita.

Los santos no esperaron circunstancias extraordinarias. Madre Teresa encontró a Cristo en los moribundos de Calcuta. San José fue santo en el silencio del taller. Santa Mónica fue santa siendo madre. Los santos de hoy serán quizás ese padre que educa con paciencia, esa enfermera que consuela con cariño, ese joven que vive con pureza su vocación.

La comunión de los santos

Hoy también recordamos que no estamos solos en este camino. La Iglesia es una gran familia que trasciende el tiempo y el espacio. Los santos del cielo interceden por nosotros, nos acompañan, nos animan. Podemos pedirles que nos ayuden, especialmente a nuestros santos favoritos y a aquellos que vivieron situaciones similares a las nuestras.

La santidad no es optativa para algunos cristianos selectos. Es la vocación de todos. Dios no nos pide cosas imposibles, sino que caminemos con Él, que nos levantemos cuando caemos, que amemos como Él nos ama.

Que esta Eucaristía renueve en nosotros el deseo de santidad. Que la intercesión de todos los santos nos alcance la gracia de perseverar. Y que un día, nosotros también formemos parte de esa muchedumbre inmensa que canta eternamente: «La salvación es de nuestro Dios y del Cordero».

 

¡Feliz día de todos los Santos!