Dijo Jesús: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.
El Evangelio de hoy nos regala una de las promesas más hermosas de Jesús:
“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.”
No se trata de una presencia simbólica ni lejana. Jesús está hablando de una cercanía real, de un Dios que quiere vivir dentro de ti, en tu casa, en tu día a día. Y, sin embargo, muchas veces vivimos como si eso no fuera posible. Como si Dios estuviera solo en el templo o reservado para momentos especiales.
Dios no se esconde: está en lo cotidiano
Hay una historia sencilla que lo expresa muy bien. Dice que Dios, cansado de que los hombres solo le pidieran cosas, decidió esconderse. Algunos ángeles le sugerían esconderse en el fondo del mar, otros en la cima de la montaña más alta, otros en la luna. Pero un ángel más sabio le dijo: “Escóndete en el corazón humano. Es el único lugar donde nunca miran.”
Y es verdad. A veces buscamos a Dios en lo espectacular, en señales visibles, en grandes emociones… cuando Él se encuentra en lo más simple y cercano: en la paciencia de una madre, en el esfuerzo de un trabajador, en el abrazo de un amigo, en el silencio de la mañana.
Dios está ahí. Solo hace falta mirar con otros ojos.
Dios en lo ordinario
Pienso en Juana, una vecina del barrio que tiene tres hijos y trabaja limpiando casas. Hace unos días me contaba: «Padre, yo no tengo tiempo para ir mucho a la iglesia, pero cuando limpio, cuando cocino, cuando atiendo a mis hijos… hablo con Dios como si estuviera a mi lado. Y sabe qué, creo que realmente está ahí». Juana ha descubierto algo fundamental: Dios no solo está en el templo, sino en cada rincón de nuestra vida diaria.
Cinco lugares donde encontrar a Dios hoy
El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre cómo Jesús permanece con nosotros después de su ascensión. Quisiera compartir cinco «lugares» donde podemos encontrarlo:
- En la comunidad: Cuando nos reunimos como hermanos, cuando compartimos la vida, las alegrías y las penas, cuando nos apoyamos mutuamente, ahí está Cristo. «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo».
- En la Eucaristía: Al compartir el pan y el vino, recordamos su presencia real entre nosotros. No es un símbolo vacío, sino un encuentro transformador con Jesús vivo.
- En los necesitados: Cuando servimos al hambriento, visitamos al enfermo, acogemos al extranjero o acompañamos al que sufre, estamos encontrando a Jesús mismo. «Cada vez que lo hicieron con uno de estos pequeños, conmigo lo hicieron».
- En nuestro interior: En lo profundo de nuestro ser, en el silencio de la oración personal, en la soledad habitada de nuestro corazón, ahí habita Dios. Como decía San Agustín: «Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Tú estabas dentro de mí, y yo afuera».
- En su Palabra: Cuando leemos, meditamos y acogemos la Palabra de Dios, es Él mismo quien nos habla. No es un libro cualquiera; es el diálogo vivo con Dios.
Una propuesta concreta: cinco minutos cada mañana
La fe necesita espacio para crecer. Por eso, quiero proponeros algo muy sencillo y muy eficaz: cada mañana, antes de empezar el día, dedica cinco minutos a leer un pequeño pasaje del Evangelio.
No necesitas comprenderlo todo ni hacer grandes reflexiones. Solo leer una frase y dejar que esa Palabra te acompañe durante el día.
Quizá una frase como “No tengáis miedo”, o “Bienaventurados los que trabajan por la paz”, o “Amaos los unos a los otros” …
Una frase puede cambiar tu mirada, tu actitud, incluso tu forma de tratar a los demás.
Un joven me decía hace poco: “Desde que leo el Evangelio por las mañanas, me siento acompañado. Es como si Jesús caminara conmigo.” Y así es. Porque cuando acoges su Palabra, Él hace morada en ti.
Una fe que transforma lo ordinario
Hermanos, Dios no está lejos. Está dentro. Está en medio. Está aquí. Pero no lo impone. Espera ser acogido.
Esta semana, abramos los ojos para encontrarle en los detalles: en el desayuno compartido, en el tráfico que nos pone nerviosos, en el compañero que nos necesita, en la Palabra que nos consuela.
Y cada mañana, hagamos sitio a su voz con un breve momento de lectura del Evangelio. Porque una Palabra suya puede cambiar nuestro día… y nuestra vida.
Que el Señor habite en nosotros, y que nosotros aprendamos a habitar en Él.
¡¡Feliz Domingo!!
