Si me amáis, cumpliréis los mandamientos míos; yo, a mi vez, le rogaré al Padre y os dará otro valedor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad, el que el mundo no puede recibir porque no lo percibe ni lo reconoce. Vosotros lo reconocéis, porque vive con vosotros y además estará con vosotros. No os voy a dejar desamparados, volveré con vosotros. Dentro de poco, el mundo dejará de verme; vosotros, en cambio, me veréis, porque de la vida que yo tengo viviréis también vosotros. Aquel día experimentaréis que yo estoy identificado con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que ha hecho suyos mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama; y al que me ama mi Padre le demostrará su amor y yo también se lo demostraré manifestándole mi persona.
REFLEXIÓN
Seguimos celebrando el tiempo de Pascua, este tiempo de alegría, de vida nueva y de esperanza. Pero el Evangelio de hoy nos sitúa en un momento delicado. Jesús está preparando a sus discípulos para su partida. Sabe que se acerca la hora de la cruz, de la muerte, de la resurrección y de su vuelta al Padre.
Y los discípulos sienten miedo. Han estado con Jesús, han caminado con Él, han escuchado sus palabras, han visto sus gestos, han compartido con Él el pan, el camino, las preguntas, las dudas… Y ahora Jesús les habla de marcharse.
Podemos imaginar el vacío que sentirían. Algo parecido a lo que sentimos nosotros cuando alguien importante se va, cuando perdemos una seguridad, cuando una situación cambia y nos preguntamos: “¿Y ahora qué va a pasar?”.
Porque una de las grandes heridas del corazón humano es el miedo a quedarse solo. A veces uno puede estar rodeado de gente y, sin embargo, sentirse profundamente solo. Puede vivir en una casa llena, tener trabajo, responsabilidades, ocupaciones… y, aun así, sentir por dentro: “Esto lo estoy llevando yo solo. Nadie sabe realmente lo que me pasa. Nadie entiende del todo lo que tengo dentro”.
Puede ocurrir en una familia, cuando hay preocupaciones que no se dicen. Puede ocurrir en el trabajo, cuando uno siente que tiene que tirar hacia adelante aunque esté cansado. Puede ocurrir en la enfermedad, en los problemas económicos, en las heridas del pasado, en las decisiones difíciles.
Y en medio de ese miedo, Jesús dice una frase preciosa:
“No os dejaré huérfanos.”
No dice simplemente: “Recordad mis enseñanzas”. No dice solo: “Portaos bien”. Dice: no os voy a dejar solos. No caminaréis abandonados. No vais a tener que afrontar la vida sin mí.
Y esta palabra es también para nosotros hoy. Jesús nos dice: no estás solo. No eres huérfano. No tienes que cargar con todo tú solo. Aunque haya momentos en los que no me veas, aunque haya días en los que no me sientas, aunque el camino se oscurezca, yo sigo contigo.
Pero Jesús añade:
“Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor, que esté siempre con vosotros.”
Ese Defensor es el Espíritu Santo. A veces pensamos en el Espíritu Santo como algo muy abstracto: una paloma, una ráfaga de viento, una llama. Y esos símbolos son bonitos y tienen mucho sentido. Pero Jesús utiliza una palabra muy concreta: el Paráclito, que significa aquel que es llamado junto a uno; el que se pone a nuestro lado para defendernos, consolarnos, sostenernos y guiarnos.
Podríamos imaginarlo así. Una persona tiene que ir a un juicio importante. No sabe de leyes, está nerviosa, se siente pequeña ante lo que se le viene encima. Pero, de pronto, se sienta a su lado un abogado bueno, competente, alguien que conoce el camino, alguien que le dice: “Tranquilo, no estás solo; yo estoy contigo, yo hablaré por ti, yo te ayudaré a defenderte”.
Ese alivio, esa seguridad, esa paz de saber que alguien está a tu lado, es lo que Jesús promete a sus discípulos. Y eso es lo que nos regala también a nosotros: el Espíritu Santo como Defensor, como Consolador, como presencia de Dios dentro de nuestra vida.
Porque la vida, muchas veces, nos pone ante situaciones que nos superan. Hay días en los que no sabemos qué decir, no sabemos qué hacer, no sabemos cómo reaccionar. Hay momentos en los que nos faltan fuerzas para amar, para perdonar, para empezar de nuevo. Y ahí actúa el Espíritu Santo. No siempre quitando el problema de golpe, pero sí dándonos luz para atravesarlo, fuerza para sostenernos y esperanza para no hundirnos.
Hay una pequeña historia que nos puede ayudar a entenderlo.
Se cuenta que un niño tenía que atravesar un túnel largo y oscuro para volver a casa. Tenía miedo. Su padre no podía acompañarlo físicamente porque tenía que quedarse trabajando, pero le dijo: “Hijo, te voy a dar una linterna. Y además, yo estaré al otro lado del túnel esperándote. Cuando tengas miedo, silba, y yo te responderé con mi silbato”.
El niño empezó a caminar. El túnel era oscuro, se escuchaba el viento, y cada paso le costaba. Pero llevaba la linterna en la mano. Y cada vez que sentía miedo, silbaba. Entonces, desde el otro lado, escuchaba el silbido de su padre. Y aquel sonido le recordaba: “Mi padre está ahí. No estoy perdido. No estoy solo. Me está esperando”.
Algo así hace Dios con nosotros por medio del Espíritu Santo. El Espíritu es como esa linterna que nos ayuda a ver el siguiente paso cuando el camino se pone oscuro. Y es también como esa respuesta que escuchamos por dentro y que nos recuerda: Dios está contigo, Dios no te abandona, Dios te espera, Dios te sostiene.
Quizá no siempre sentimos a Dios de manera espectacular. Quizá no escuchamos voces ni vemos señales extraordinarias. Pero el Espíritu actúa de forma discreta, profunda, real. Actúa en la conciencia, en la paz interior, en una palabra que nos ilumina, en una fuerza que no sabemos de dónde sale, en una esperanza que vuelve a nacer cuando parecía perdida.
Por eso Jesús dice también:
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.”
Amar a Jesús no es solo tener buenos sentimientos religiosos. No es solo decir: “Yo creo”, “yo rezo”, “yo soy cristiano”. Amar a Jesús se nota en la vida. Se nota en los gestos concretos del día a día.
Una madre o un padre que, después de una jornada larga, todavía tiene paciencia para escuchar a sus hijos, está viviendo el Evangelio. Una persona que en el trabajo podría responder mal, pero respira, se contiene y responde con respeto, está dejando actuar al Espíritu. Alguien que decide decir la verdad aunque le cueste, que no entra en una mentira, que no participa en una crítica injusta, está acogiendo al Espíritu de la Verdad. Una persona que, en medio de una dificultad de salud, de economía o de familia, no pierde del todo la esperanza y sigue diciendo: “Señor, ayúdame; confío en ti”, está experimentando que no es huérfana.
El Espíritu Santo se nota en cosas muy concretas.
Se nota en la paciencia, cuando alguien nos saca de quicio y, en lugar de explotar, somos capaces de responder con calma.
Se nota en la verdad, cuando vivimos sin doblez, sin aparentar, sin engañar, aunque eso nos complique un poco la vida.
Se nota en la esperanza, cuando todo parece cuesta arriba y, sin embargo, algo dentro de nosotros nos dice: “Sigue. Dios no te ha abandonado. Esto no tiene la última palabra”.
Y se nota también en el amor, cuando seguimos haciendo el bien incluso estando cansados; cuando perdonamos; cuando servimos sin esperar aplausos; cuando acompañamos a quien lo necesita; cuando elegimos no devolver mal por mal.
Porque el cristiano no vive solo de su fuerza de voluntad. No se trata simplemente de decir: “Tengo que ser mejor, tengo que aguantar más, tengo que poder con todo”. No. La vida cristiana no consiste en apretar los dientes y seguir como sea. La vida cristiana consiste en dejar que Dios viva en nosotros, nos sostenga y nos transforme desde dentro.
Por eso, en este camino hacia Pentecostés, podemos pedir con sencillez: “Ven, Espíritu Santo.”
Ven a mi casa. Ven a mi familia. Ven a mis preocupaciones. Ven a mis heridas. Ven a mis cansancios. Ven a mis decisiones. Ven a esos lugares de mi vida donde me siento solo, donde me falta luz, donde me cuesta amar.
¡¡Feliz Domingo!!