En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

REFLEXIÓN

El yugo que se comparte

Hay una frase que muchos conocemos casi de memoria, casi sin pararnos a pensarla: «mi yugo es suave y mi carga ligera». La hemos escuchado tantas veces que se nos desliza por delante sin más. Y sin embargo ahí está la clave de todo.

Un yugo es una pieza de madera que se coloca sobre el cuello de dos animales para que tiren juntos de un arado o de un carro. Nunca se usa para uno solo. Un yugo, por definición, es cosa de dos. Y este detalle, que parece técnico y de otra época, es en realidad el corazón de todo: no se nos quita la carga. Alguien se engancha con nosotros para tirar de ella.

Un rey distinto

Hay también una imagen preciosa: la llegada de un rey que no monta a caballo, con ejércitos y estandartes, sino sobre un burrito, humilde y sencillo. Un rey que trae la paz, no la conquista.

Y esto cambia mucho las cosas. Porque a veces imaginamos a Dios como alguien que exige, que pide más de lo que podemos dar, que añade peso a una vida ya bastante cargada. Y la propuesta que se nos hace es justo la contraria: «venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré».

La vida cargada

Todos, sin excepción, cargamos algo. Puede que sea el trabajo que no da tregua, la salud que falla, una relación que cuesta, una preocupación por un hijo, una soledad que se lleva por dentro y que nadie ve. Cargamos horarios imposibles, cargamos la sensación de que nunca llegamos a todo. Vivimos, muchas veces, como si tirásemos de un carro nosotros solos, con el yugo puesto encima y nadie más al otro lado.

Y aquí está la fuerza de la imagen. Porque un yugo, usado como se debe, con dos animales, no multiplica el esfuerzo: lo reparte. El peso del carro no cambia, pero ya no lo lleva uno solo, sino dos juntos, y por eso se hace llevadero. Eso es exactamente lo que se nos ofrece: no una vida sin cargas, porque esa vida no existe, sino una vida donde no cargamos solos.

Una imagen sencilla

Seguramente muchos hemos vivido algo parecido. Cuando uno se muda de casa, o ayuda a un amigo a mover un mueble pesado, un armario, un sofá, ocurre algo curioso: si lo intentas cargar tú solo, casi seguro te haces daño, o simplemente no puedes. Pero en cuanto llega alguien más y lo coge por el otro lado, ese mismo mueble, con el mismo peso exacto, de repente se puede llevar. No ha cambiado el peso. Ha cambiado que ya no estás solo.

Pues esa es la idea central: no se promete quitarnos el trabajo, ni las preocupaciones, ni las dificultades de cada día. Lo que se promete es que, si nos dejamos ayudar, ya no cargamos solos. Y hay una diferencia enorme entre llevar un peso solo y llevarlo acompañado, aunque el peso sea idéntico.

Aprender otra manera de vivir

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.» No dice «aprended de mí a resolver todos vuestros problemas» ni «aprended de mí a que la vida sea fácil». Dice: aprended de mí una manera de llevar la vida. Una manera mansa, sin ir siempre a la defensiva ni a la ofensiva. Una manera humilde, que no necesita demostrar nada ni cargar encima el peso añadido del orgullo, que muchas veces pesa más que los problemas reales.

Vivir según el Espíritu, y no según la carne, no es algo abstracto: es dejar que sea Dios quien marque el paso de la vida, y no el cansancio, ni el miedo, ni la prisa que tantas veces gobierna sin que nos demos cuenta.

Para esta semana

Cuando notemos que la carga aprieta, cuando el trabajo, la familia, la salud o simplemente el ritmo de vida nos dejen agotados, vale la pena acordarse de esta imagen tan sencilla del yugo. No estamos solos tirando del carro. Hay Alguien al otro lado, dispuesto a cargar con nosotros.

Y quizá esta semana también podamos ser nosotros ese «otro lado» del yugo para alguien que conocemos: un compañero cansado, un familiar agobiado, un vecino que carga solo con algo que pesa demasiado. Porque así funciona esto: el yugo se hace ligero cuando dejamos que Alguien tire con nosotros, y se hace todavía más ligero cuando nosotros también tiramos por los demás.

¡¡Feliz Domingo!!