Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»
REFLEXIÓN
El Evangelio de este domingo nos presenta una imagen sencilla y profundamente cercana: un sembrador que sale al campo y esparce la semilla. Parte cae al borde del camino, parte en terreno pedregoso, otra entre espinos y otra en tierra buena.
La semilla es la Palabra de Dios. El terreno es nuestro corazón.
Dios no se cansa de sembrar. Lo hace con generosidad, incluso cuando encuentra en nosotros distracción, dureza, superficialidad o demasiadas preocupaciones. Sigue hablándonos por medio del Evangelio, de la oración, de las personas que encontramos y también de los acontecimientos de cada día.
La pregunta no es si Dios sigue hablando. La pregunta es cómo acogemos nosotros su Palabra.
A veces nuestro corazón se parece al camino endurecido. Escuchamos, pero nada llega a entrar verdaderamente. Oímos el Evangelio, pero pensamos que se refiere a los demás. La Palabra pasa por nosotros sin llegar a tocarnos.
Otras veces somos como el terreno pedregoso. Recibimos la Palabra con entusiasmo, pero sin raíces profundas. Cuando llegan las dificultades, el cansancio o una decepción, abandonamos con facilidad. Queremos una fe sin esfuerzo, sin silencio, sin cruz y sin paciencia.
También están los espinos. Son las preocupaciones, las prisas, el deseo de tener más, la necesidad de controlarlo todo y tantas ocupaciones que terminan llenando nuestra agenda, pero vaciando nuestro interior. No siempre rechazamos a Dios; muchas veces, simplemente, no le dejamos espacio.
Pero también podemos ser tierra buena.
Ser tierra buena no significa ser perfectos. Significa estar disponibles. Significa permitir que Dios remueva nuestra vida, quite piedras, arranque espinos y abra surcos nuevos en nuestro corazón.
Un terreno fértil necesita cuidado. También la vida espiritual. Necesitamos momentos de silencio, una oración perseverante, escucha sincera del Evangelio y humildad para reconocer aquello que debe cambiar en nosotros.
La semilla crece muchas veces sin hacer ruido. Bajo la tierra, antes de que aparezca el fruto, nacen las raíces. También Dios actúa así en nuestra vida: lentamente, con paciencia, de manera escondida. Una palabra escuchada hoy puede dar fruto mucho tiempo después. Un gesto de perdón, una oración sencilla o una decisión buena pueden parecer pequeños, pero Dios sabe hacerlos crecer.
Este Evangelio nos invita a mirar nuestro corazón y preguntarnos: ¿qué terreno soy hoy? ¿Qué piedra necesito retirar? ¿Qué preocupación está ahogando lo más importante? ¿Qué palabra de Jesús necesito acoger de verdad?
Dios sigue sembrando.
Pidámosle que haga de nuestro corazón una tierra buena, capaz de escuchar, acoger y dar fruto.
«Salió el sembrador a sembrar».
¡¡Feliz Domingo!!
