En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.» Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Id también vosotros a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.» Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

REFLEXIÓN

Cuando la bondad de Dios nos incomoda

«¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»
(Mt 20,15)

La parábola de los trabajadores de la viña puede desconcertarnos. Un propietario sale a distintas horas del día para contratar jornaleros. Unos comienzan al amanecer; otros llegan a media mañana, al mediodía o por la tarde. Algunos apenas trabajan una hora. Sin embargo, al terminar la jornada, todos reciben el mismo salario.

Los primeros protestan. Han soportado el calor y el cansancio de todo el día, mientras que los últimos apenas han tenido tiempo de trabajar. Su reacción nos parece comprensible. Pero Jesús no pretende ofrecernos una lección sobre relaciones laborales. Quiere hablarnos del Reino de Dios y mostrarnos cómo es el corazón del Padre.

Nosotros solemos pensar desde la lógica del mérito: quien hace más merece recibir más. Incluso podemos llevar esta manera de pensar a nuestra vida cristiana. Creemos que, porque llevamos muchos años en la Iglesia, rezamos o colaboramos en la parroquia, tenemos más derechos delante de Dios. Sin darnos cuenta, la fe puede convertirse en una especie de contrato: yo cumplo y espero que Dios me recompense.

Sin embargo, Dios no se relaciona con nosotros como un empresario que paga las horas trabajadas. Se comporta como un Padre que ama gratuitamente. El denario representa la salvación, la amistad con Dios y la vida eterna. Es un regalo que Dios entrega por completo. No puede ofrecer a unos una pequeña parte de su amor y a otros una parte mayor.

La protesta de los primeros trabajadores nace de la comparación. Habían recibido lo acordado, pero dejan de estar contentos al comprobar que los demás han recibido lo mismo. También a nosotros la comparación puede robarnos la alegría. Dejamos de agradecer lo que tenemos porque estamos pendientes de lo que ha recibido el otro.

A veces nos cuesta comprender que Dios acoja a quien regresa después de muchos años, que perdone al que ha cometido graves errores o que ofrezca una nueva oportunidad a quien parecía haber desperdiciado su vida. Pero esa generosidad que nos incomoda cuando beneficia a otros es la misma que nos sostiene cada día. Ninguno podemos presentarnos ante Dios afirmando que lo hemos merecido todo.

Hay otro detalle importante. Cuando el propietario encuentra a los últimos, les pregunta por qué han estado allí sin trabajar. Ellos responden: «Nadie nos ha contratado». Tal vez no eran perezosos; nadie había contado con ellos. En nuestro mundo también hay muchas personas que sienten que nadie las necesita, las escucha o les ofrece una oportunidad.

Dios no se olvida de ellas. Sale una y otra vez, incluso a última hora, para invitarlas a su viña. La Iglesia debe hacer lo mismo: acercarse, acoger y ayudar a cada persona a descubrir que posee una dignidad y una misión. No nos corresponde decidir quién merece ser llamado.

Quienes hemos conocido al Señor desde hace tiempo tampoco debemos pensar que hemos soportado una pesada carga. Haber trabajado desde la primera hora significa haber podido disfrutar durante más tiempo de la amistad de Dios y haber tenido más ocasiones de amar y servir.

La parábola nos invita a abandonar la comparación y a recuperar la gratitud. Dios sigue llamándonos. Lo importante no es a qué hora hemos llegado, sino responder ahora y trabajar con alegría. Al terminar la jornada comprenderemos que todo había sido un regalo: su llamada, su paciencia, el trabajo compartido y la recompensa final.

 ¡¡Feliz Domingo!!