En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida». Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?». Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos.

Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida”. Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». 

 

REFLEXIÓN

Nos acercamos al final del año litúrgico y la Palabra de Dios nos conduce, como cada año, a mirar más allá del tiempo y de la historia. Son textos que hablan de crisis, de destrucción, de incertidumbre… pero que en realidad quieren abrirnos a la esperanza cristiana, una esperanza que no nace de cálculos humanos, sino de la fidelidad de Dios.

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús en el templo, anunciando que “no quedará piedra sobre piedra” de aquel lugar sagrado que sus discípulos contemplaban maravillados. Para un judío del siglo I, este anuncio era casi impensable: el templo era el corazón de la fe, el centro de la vida religiosa, el signo visible de la presencia de Dios.

Y sin embargo, Jesús invita a no poner la esperanza en lo que pasa, sino en lo que permanece.

– El mundo se tambalea, pero Dios permanece

Jesús habla de guerras, terremotos, persecuciones, divisiones en las familias… Es una descripción dura, pero real. No sólo en aquel tiempo: hoy seguimos viendo un mundo herido por injusticias, conflictos, desigualdades, familias rotas, incertidumbre económica, cansancio social.

A veces nos invade la sensación de que todo se desmorona.

Pero Jesús no dice estas cosas para asustar, sino para despertar. Para que comprendamos que la fe no se apoya en seguridades humanas, sino en la fidelidad de Dios.

En medio del caos, Jesús afirma:

Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá.”
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Es como si nos dijera:
“No temas. Yo estoy contigo. Aunque el mundo se mueva, mi amor no se mueve.”

– La prueba es lugar de testimonio

Jesús no promete una vida sin dificultades; promete una vida con sentido dentro de ellas.
Lo más sorprendente del Evangelio es esta frase:

“Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.”

Es decir: cuando las cosas se complican, ahí es donde el cristiano puede mostrar la verdad de su fe.
No cuando todo va bien, sino cuando la barca se agita.

En la vida cotidiana esto tiene muchos rostros:
– Cuando una familia atraviesa una enfermedad y se mantiene unida.
– Cuando alguien perdona en vez de guardar rencor.
– Cuando un cristiano sigue haciendo el bien sin esperar recompensa.
– Cuando en medio de la crisis económica una persona comparte lo que tiene.
– Cuando la fe sostiene en la soledad, en la pérdida, en el fracaso.

La prueba no es un castigo: es el lugar donde la gracia se hace visible.

– Perseverar: la espiritualidad del día a día

Jesús concluye el Evangelio con una palabra clave:

“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.”

No nos pide grandes gestas, sino perseverar:

– perseverar en la oración aunque cueste;
– perseverar en la caridad aunque a veces quede sin respuesta;
– perseverar en la fidelidad, en lo sencillo, en lo cotidiano;
– perseverar en el bien cuando el mal parece avanzar.

La perseverancia cristiana es humilde: no hace ruido, pero transforma.
Es la virtud de quien ha puesto su corazón en Dios y no en el éxito, ni en el reconocimiento, ni en los resultados inmediatos.

En el fondo, Jesús nos enseña a vivir con los pies en la tierra y el corazón en el cielo.

– Mirar al final para vivir bien el presente

El fin del año litúrgico nos recuerda que todo pasa, pero que la Vida Eterna permanece.
No para crear miedo, sino para orientar el corazón.

Cuando recordamos que nuestra meta es Cristo, entonces:

– relativizamos lo secundario,
– valoramos lo esencial,
– descubrimos que cada gesto de amor permanece para siempre,
– y que la historia, aunque a veces parezca oscura, está en manos de Dios.

El cristiano no vive angustiándose por el fin del mundo; vive preparándose para el encuentro con Cristo.

– Invitación final

Hoy el Señor nos dice a cada uno:

“No pongas tu confianza en lo que pasa.
Ponla en mí, que no paso.
Persevera en el bien.
Da testimonio con tu vida.
Y vive cada día con la esperanza puesta en mi Reino.”

Pidamos al Señor que, en estos días que preparan ya la gran fiesta de Cristo Rey, renueve en nosotros la esperanza, la firmeza, y el deseo de vivir cada día con un corazón fiel.

 

¡¡Feliz domingo!!