No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.
REFLEXIÓN
Hay una palabra que aparece en todas las lecturas de hoy: aliento. En hebreo, ruah. En griego, pneuma. En latín, spiritus. Los antiguos usaban la misma palabra para tres cosas que intuían unidas: el viento que mueve el mundo, el aliento que da vida al cuerpo, y el espíritu que habita en lo más hondo de cada persona. Hoy, en Pentecostés, esa palabra se cumple de la manera más inesperada.
Pero para entenderlo bien, hay que empezar por el miedo.
Una habitación cerrada
El evangelio de hoy nos sitúa en una habitación. Las puertas están echadas. Los discípulos llevan días encerrados. Saben que Jesús ha resucitado —María Magdalena se lo ha contado, Pedro y Juan han visto el sepulcro vacío—, pero el miedo es más fuerte que la noticia.
El miedo tiene esa capacidad terrible: puede convivir perfectamente con la fe. Puede instalarse en el mismo corazón que cree y paralizarlo todo. Los discípulos creen en la resurrección. Y sin embargo tienen las puertas cerradas.
¿Te suena eso?
A mí también me pasa. Creo en el amor de Dios y, sin embargo, me cuesta amar a quien me resulta difícil. Creo en el perdón y, sin embargo, guardo rencores que no soy capaz de soltar. Creo que Dios me llama a dar testimonio y, sin embargo, callo cuando debería hablar. El miedo es quizá el pecado más invisible de la vida cristiana. No hace ruido. No llama la atención. Pero cierra las puertas.
Jesús no echa las puertas abajo
Y en ese momento —con las puertas cerradas, en medio del miedo— Jesús se presenta en medio de ellos. No fuerza la entrada. No las echa abajo. Se presenta en medio. Y lo primero que dice es: «La paz sea con vosotros».
No: «¿Por qué estáis aquí encerrados?». No: «Ya podíais haber salido». Paz.
La paz de Cristo no es que todo vaya bien. Es algo más hondo: la certeza de que estás en manos de alguien que te quiere, pase lo que pase. Esa paz es la que abre las puertas desde dentro.
Y entonces Jesús hace algo que solo se entiende si recordamos el principio de todo. En el Génesis, Dios toma barro del suelo, sopla en las narices del hombre, y el hombre se convierte en ser viviente. La creación es un acto de aliento. Dios sopla, y hay vida.
Hoy, en esa habitación cerrada, Jesús sopla sobre sus discípulos y dice: «Recibid el Espíritu Santo». Es una nueva creación. No ya del barro, sino de una comunidad asustada. El mismo gesto, el mismo aliento, la misma fuente: Dios, que da vida soplando.
Los signos que lo dicen todo
Lo que vemos en los Hechos de los Apóstoles —el viento impetuoso, las lenguas de fuego, el hablar en distintas lenguas— no es un espectáculo. Es la expresión visible de lo que ocurre por dentro.
El viento que en el Antiguo Testamento causaba miedo se convierte ahora en el huracán del Espíritu que derriba la vieja casa del pecado para construir la nueva casa del amor. Y ese mismo viento se vuelve después brisa suave que refresca y acaricia. Porque el Dios que llega en Pentecostés es un Dios de ternura, de comunión, de cercanía.
Las lenguas de fuego recuerdan la zarza ardiente ante Moisés: un Dios que arde en amor y no se consume. Ahora esas llamas se posan sobre los apóstoles, llamados a incendiar el mundo con ese mismo fuego. Como decía san Agustín: el que no arde, no puede incendiar.
Y el hablar en distintas lenguas significa que ocurre exactamente lo contrario de Babel. Allí el egoísmo y la soberbia llevaron a la confusión, a que nadie se entendiera. Lo seguimos viendo cada día: en las familias, en la sociedad, en tantos ámbitos de la vida. En Pentecostés ocurre lo contrario: el Espíritu hace que todos hablen el mismo lenguaje. El único que de verdad todos entendemos cuando lo escuchamos: el lenguaje del amor.
¿Qué puerta tienes cerrada tú?
No hace falta buscarla muy lejos. Está en esa relación que se rompió y nunca sanaste. En ese perdón que sabes que tienes que dar y no das. En ese paso que sientes que Dios te pide y llevas tiempo aplazando. En esa fe que vives en privado cuando podrías vivirla en voz alta.
Hoy el Señor resucitado se presenta en medio de todo eso, en medio de tu miedo y de tus puertas cerradas, y sopla. Y dice: paz. Y dice: como el Padre me envió, yo te envío.
El Espíritu Santo no es un premio para los valientes. Es la fuerza que hace valientes a los que tienen miedo. No es un regalo para los que ya están listos. Es lo que nos prepara. No es la recompensa al final del camino. Es el compañero de viaje desde el principio.
Pídele hoy una sola cosa: que abra en ti lo que llevas tiempo sin atreverte a abrir.
Ven, Espíritu Santo. Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Que no se quede en el aire. Que sea hoy el comienzo de algo nuevo.
¡¡Feliz Domingo!!
