En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»  Él le dijo: «»Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

 

Dos clavos para toda una vida

Amar a Dios y al prójimo: de estos dos mandamientos depende todo lo demás (cf. Mt 22, 40).

En la entrada de muchas casas hay un perchero. Allí colgamos el abrigo, el bolso, la mochila de los niños, las llaves. Nadie se fija demasiado en él. Pero si un día se suelta de la pared, todo acaba en el suelo.

El Evangelio de este domingo nos habla de algo parecido: de aquello que sostiene nuestra vida.

Una pregunta importante

Un doctor de la ley quiere poner a prueba a Jesús: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Entre tantos preceptos, la pregunta buscaba señalar qué debía ocupar el primer lugar.

Jesús va a la raíz: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Y añade, sin que nadie se lo pida, un segundo mandamiento «semejante»: amar al prójimo como a uno mismo.

De estos dos depende todo lo demás. Son como esos dos clavos que sostienen el perchero: pueden pasar inadvertidos, pero su firmeza importa mucho.

Todo el corazón

En el primer mandamiento hay una palabra que se repite: «todo». Dios nos invita a quererlo con todo nuestro ser. A contar con Él en nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestras preocupaciones.

Podemos reservarle unos minutos de oración y, sin embargo, dejarlo al margen del resto del día. Amar a Dios supone abrirle también esa parte de la vida que a veces llevamos por nuestra cuenta.

Y Jesús habla de amor. La fe cristiana nace del encuentro con alguien que nos ha querido primero. La oración, la escucha de su Palabra y la Eucaristía nos ayudan a cuidar esa relación y a dejarnos transformar por ella.

Los dos van juntos

El segundo mandamiento es «semejante» al primero. Jesús los une de tal manera que nuestra relación con Dios no puede desentenderse del hermano.

La primera lectura, del libro del Éxodo, pone rostro al prójimo: el extranjero, la viuda, el huérfano, el pobre que necesita pedir prestado. Y añade un detalle conmovedor: el manto que el pobre deja en prenda hay que devolvérselo antes de que se ponga el sol, porque lo necesita para abrigarse por la noche.

Así de concreto es el amor que Dios pide. Tiene que ver con lo que una persona necesita para vivir con dignidad.

A veces será ayuda material. Otras, compañía, escucha o un trato más respetuoso. La oración nos acerca a Dios y nos dispone a reconocer esas necesidades.

Lo que sostiene nuestros días

Merece la pena detenerse a pensar dónde apoyamos nuestra vida. A veces hacemos depender demasiado de cosas frágiles: el éxito, el dinero, la aprobación de los demás. Cuando alguna falla, parece que todo pierde sentido.

También puede suceder que sepamos qué es lo importante, pero lo cuidemos poco: rezamos siempre deprisa, aplazamos una visita, ayudamos únicamente cuando nos viene bien.

Jesús nos invita a revisar esos apoyos y a fortalecer el amor con gestos concretos.

Una escuela de amor

Este domingo comienzan en nuestra parroquia las catequesis de los niños. Aprenderán oraciones, conocerán la vida de Jesús y se prepararán para los sacramentos. Todo ello les ayudará a descubrir cuánto los quiere Dios y cómo responder a su amor.

Las familias, los catequistas y toda la comunidad tenemos una tarea. Nuestra manera de rezar, acoger, compartir y pedir perdón les permitirá reconocer en la vida lo que van aprendiendo.

Para esta semana

Cuando cuelgues el abrigo al llegar a casa, haz una pequeña pausa y dile al Señor: «Ayúdame a apoyar mi vida en tu amor».

Busca un momento cada día para hablar con Él. Y piensa en una persona concreta a la que puedas «devolver su manto»: alguien que necesita tu tiempo, tu ayuda o tu perdón.

Dos clavos para recordar lo esencial. Toda una vida para aprender a amar.

 

¡Feliz domingo!