Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó un viñedo. Lo cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Luego arrendó el viñedo a unos labradores y se fue de viaje. Cuando se acercó el tiempo de la cosecha, mandó sus siervos a los labradores para recibir de estos lo que le correspondía. Los labradores agarraron a esos siervos; golpearon a uno, mataron a otro y apedrearon a un tercero. Después les mandó otros siervos, en mayor número que la primera vez, y también los maltrataron. «Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: “¡A mi hijo sí lo respetarán!” Pero, cuando los labradores vieron al hijo, se dijeron unos a otros: “Este es el heredero. Matémoslo, para quedarnos con su herencia”. Así que le echaron mano, lo arrojaron fuera del viñedo y lo mataron». Ahora bien, cuando vuelva el dueño, ¿qué hará con esos labradores?» ?Hará que esos malvados tengan un fin miserable —respondieron—, y arrendará el viñedo a otros labradores que le den lo que le corresponde cuando llegue el tiempo de la cosecha. Les dijo Jesús: ¿No han leído nunca en las Escrituras: “La piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular; esto es obra del Señor, y nos deja maravillados?» Por eso les digo que el reino de Dios se les quitará a ustedes y se le entregará a un pueblo que produzca los frutos del reino.
La vida que se nos ha confiado
«La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular».
Mateo 21, 42
Cuando alguien nos confía algo valioso, nos está entregando también una responsabilidad. Las llaves de una casa, una tarea importante, el cuidado de una persona… Recibir esa confianza nos invita a responder con atención y cariño. No basta con disfrutar de lo recibido: hay que cuidarlo.
El Evangelio de este domingo comienza con ese gesto. Un propietario prepara una viña con esmero y la confía a unos labradores. Antes de pedir frutos, ha plantado, protegido y dispuesto lo necesario para que crezca. En esa imagen reconocemos el cuidado de Dios: su amor llega antes que nuestra respuesta.
También nosotros hemos recibido una viña. Nuestra vida, nuestras capacidades, la fe y las oportunidades de hacer el bien son dones que podemos cultivar. Las personas con las que compartimos el camino nos ofrecen, además, una llamada cotidiana a amar. Mirar así la existencia nos ayuda a pasar de la exigencia constante a la gratitud: no todo comienza ni termina en nosotros.
Cuando la confianza se convierte en posesión
El problema de los labradores aparece cuando quieren adueñarse de la viña. Rechazan a los servidores del propietario y finalmente matan a su hijo para quedarse con la herencia. Han roto la relación de confianza y pretenden conservar el regalo dejando fuera a quien se lo ha entregado.
Esa tentación puede aparecer también en nuestra vida, aunque de formas menos visibles. Nos aferramos a nuestras cosas, nuestras decisiones o nuestro lugar dentro de un grupo. Nos cuesta compartir responsabilidades, aceptar una corrección o reconocer que necesitamos cambiar. Incluso una tarea de servicio puede convertirse en un espacio que defendemos como si nos perteneciera.
Por eso esta parábola nos invita a escuchar. ¿Hay alguna palabra del Evangelio que llevamos tiempo evitando? ¿Alguien nos está pidiendo más atención? ¿Nos cuesta reconocer una verdad porque llega a través de una persona con la que no estamos de acuerdo?
No toda crítica es acertada, pero algunas pueden abrir una puerta a la conversión. A veces el primer fruto de la fe consiste en dejar de justificarnos y atrevernos a decir: «En esto tienes razón. Necesito cambiar».
¿Qué fruto dejamos en los demás?
La primera lectura habla de una viña que, después de tantos cuidados, produce frutos malos. Dios esperaba justicia y encuentra sufrimiento. Su llamada nos lleva a revisar cómo vivimos, especialmente cómo tratamos a los demás.
¿Qué se respira en casa cuando llegamos? ¿Qué dejan nuestras palabras después de una conversación? ¿Ayudamos a construir confianza o alimentamos sospechas? ¿Cumplimos nuestras responsabilidades con honradez? ¿Estamos atentos a quien necesita ayuda?
En todos nosotros hay frutos buenos y otros que necesitan madurar. Reconocerlo no debe llevarnos al desánimo, sino a una respuesta concreta. Una disculpa sincera, una promesa cumplida, una visita o una decisión más justa pueden expresar una fe que comienza a transformar la vida.
La oración y los sacramentos alimentan ese crecimiento. Nos permiten poner nuestras preocupaciones ante Dios, recibir su perdón y encontrar fuerzas para amar. La Eucaristía nos une a Cristo y nos envía a cuidar la viña cotidiana de nuestras relaciones y responsabilidades.
Construir de nuevo sobre Cristo
El Evangelio no termina con el rechazo del Hijo. Jesús anuncia que la piedra desechada se convierte en piedra angular. Él, rechazado y llevado a la muerte, será por su resurrección el fundamento de una vida nueva.
Ahí está nuestra esperanza. Podemos haber descuidado un don, herido una relación o cerrado el corazón. Pero, con Cristo, podemos reconocerlo, pedir perdón y comenzar de nuevo. Su amor nos sostiene y nos llama a responder.
Esta semana, elijamos un fruto concreto que ofrecer. Algo sencillo y verdadero, que haga bien a una persona cercana. Lo que Dios nos ha confiado crece cuando lo cuidamos con amor.
¡¡Feliz Domingo!!
