Volvió a hablarles Jesús en parábolas, diciendo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo;3mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
Hay un sitio para ti
«Todo está a punto. Venid a la boda» (Mt 22,4).
Una mesa preparada con cariño dice mucho más que un plato de comida. Dice: «He pensado en ti. Quiero que estés. Tu presencia importa». Por eso duelen las sillas vacías cuando esperábamos compartir algo con las personas que queremos.
Jesús utiliza la imagen de un banquete de bodas para hablarnos de Dios. Un rey celebra la boda de su hijo y manda llamar a los invitados. Todo está preparado. Solo falta que respondan.
Antes de detenernos en sus excusas, conviene reconocer lo primero: Dios desea compartir su vida con nosotros. La fe comienza con esa invitación. Antes de nuestra respuesta está su amor; antes de que nosotros lo busquemos, él ya nos está llamando.
Lo que dejamos para después
Los primeros invitados no quieren ir. Algunos regresan a sus tierras y a sus negocios. Son ocupaciones necesarias, pero han terminado ocupándolo todo.
También nosotros podemos dejar a Dios para un momento más tranquilo. Rezaremos cuando tengamos menos preocupaciones. Nos reconciliaremos cuando estemos preparados. Escucharemos a quien nos necesita cuando acabemos nuestras tareas.
Sin embargo, ese momento perfecto rara vez llega. Mientras tanto, lo importante sigue esperando.
Nos sucede también en nuestras relaciones. Podemos querer a alguien y no encontrar nunca tiempo para cuidar ese vínculo. Poco a poco, la distancia crece. El Evangelio nos invita a reconocer qué estamos aplazando y a recuperar un espacio para aquello que sostiene nuestra vida.
Una alegría que también sostiene en la dificultad
Dios nos invita a una boda, a compartir una alegría. A veces hemos reducido la fe a sus exigencias y hemos perdido de vista lo que recibimos: compañía, perdón, alimento para el camino y esperanza.
La primera lectura anuncia un banquete para todos los pueblos y un Dios que enjuga las lágrimas. Su promesa alcanza precisamente los lugares donde la vida duele.
La alegría cristiana no exige estar siempre animados. Podemos acercarnos al Señor cansados, preocupados o con el corazón herido. También entonces la Eucaristía es un encuentro en el que somos sostenidos por su amor.
La invitación alcanza los caminos
Ante el rechazo de los primeros convidados, el rey envía a sus criados a los caminos. La sala se llena de personas distintas, buenos y malos.
Nadie necesita una historia impecable para escuchar la llamada de Dios. Podemos volver después de años, acercarnos con dudas o presentar una vida que necesita recomponerse. El Señor nos ofrece una posibilidad nueva.
Nuestra comunidad está llamada a hacer visible esa invitación. Una acogida sencilla, una conversación sin prisas o una explicación paciente pueden ayudar a alguien a descubrir que también hay un lugar para él.
Recibir el amor y dejarse transformar
El vestido de boda introduce una advertencia: estar en la sala no equivale todavía a participar con el corazón. La invitación es gratuita, pero acogerla compromete nuestra vida.
Podemos comprender ese vestido como la vida nueva que nace del encuentro con Cristo. Recibir su perdón nos llama a perdonar. Escuchar su palabra nos invita a revisar nuestras decisiones. Compartir su mesa nos mueve a hacer sitio a los demás.
No llegamos con todo resuelto. Venimos para dejarnos ayudar y para crecer, sostenidos por su gracia.
Un paso para esta semana
Recuperemos algo importante que llevamos tiempo dejando para después: un momento de oración, una conversación pendiente o un perdón que necesitamos pedir.
El Señor tiene un sitio para nosotros. Acerquémonos con gratitud y dejemos que nuestro sí continúe después de la misa, en la manera de vivir y de tratar a quienes tenemos cerca.
¡Feliz Domingo!
