En aquel tiempo se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?» Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.» Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?» Le respondieron: «Del César.»  Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Tu vida lleva la imagen de Dios

«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21).

Hay preguntas que abren un diálogo y otras que buscan encerrar a una persona. La que plantean a Jesús en el Evangelio de este domingo pertenece a las segundas. Quieren que se pronuncie sobre el impuesto al César para poder utilizar su respuesta contra él.

Jesús pide una moneda. En ella aparece la imagen del emperador. A partir de ese pequeño objeto, lleva la conversación hacia algo mucho más profundo: el lugar de Dios en la vida humana.

Su respuesta reconoce que tenemos responsabilidades en la sociedad. La fe no nos dispensa de contribuir al bien común, trabajar con honradez, respetar los derechos de los demás o cuidar lo que compartimos. También ahí se manifiesta nuestra relación con Dios.

Pero la frase no termina en el César. Jesús añade: «Y a Dios lo que es de Dios». Estas palabras nos invitan a mirar nuestra propia vida.

Si la moneda lleva una imagen, también nosotros llevamos una: hemos sido creados a imagen de Dios. Esa es la raíz de una dignidad que nadie nos concede y que nadie puede quitarnos. Antes de cualquier reconocimiento, de cualquier éxito o de cualquier fracaso, somos personas amadas por él.

A menudo vivimos pendientes de otras valoraciones. Nos preocupa cuánto rendimos, lo que los demás opinan o si estamos a la altura de lo que se espera de nosotros. Cuando fallamos, podemos llegar a sentir que valemos menos. El Evangelio nos ayuda a recuperar una mirada más verdadera: nuestra vida sigue siendo valiosa incluso cuando está cansada, herida o necesita comenzar de nuevo.

Dar a Dios lo que es de Dios comienza por reconocer ese amor y dejar que alcance todos los ámbitos de nuestra existencia.

Podemos reservar un tiempo para rezar y, sin embargo, mantener algunas decisiones lejos de la luz del Evangelio. Puede sucedernos con el dinero, con una relación difícil, con la manera de ejercer una responsabilidad o con un resentimiento que hemos aprendido a justificar.

La oración nos abre a una presencia que quiere acompañarnos también ahí. Dios desea entrar en la conversación pendiente, en la preocupación por el futuro, en el modo de trabajar y en la paciencia que necesitamos en casa.

Esta mirada cambia también nuestra relación con los demás. Si cada persona lleva la imagen de Dios, ninguna puede quedar reducida a una etiqueta. El anciano conserva su dignidad cuando necesita ayuda. El enfermo vale mucho más que su autonomía. Quien piensa de otra manera merece ser escuchado. Quien ha cometido un error sigue necesitando verdad, justicia y una oportunidad de conversión.

Reconocer a Dios exige aprender a reconocer a sus hijos. Por eso, el Evangelio puede vivirse esta semana mediante algo muy sencillo: escuchar sin interrumpir, cumplir una obligación que estamos descuidando, actuar con limpieza o acercarnos a alguien a quien solemos evitar.

No necesitamos esperar a una ocasión extraordinaria. La vida cotidiana está llena de oportunidades para devolver a Dios, convertido en amor, lo que hemos recibido de él.

En la Eucaristía, Jesús se entrega por nosotros y nos enseña a entregar la vida con confianza. Acerquémonos con lo que somos, también con nuestras contradicciones. Su amor puede renovar en nosotros esa imagen que nunca deja de reconocer.

¡Feliz Domingo!