Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto». Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.
Hoy celebramos la Ascensión del Señor, y podríamos pensar que es una fiesta de despedida, de ausencia. Pero es todo lo contrario: la Ascensión es el comienzo de una presencia nueva y más profunda de Jesús en nuestras vidas. Es verdad que se va de manera visible, pero comienza a actuar en nosotros de otro modo: desde dentro, desde el corazón, por medio del Espíritu Santo.
- Una partida que nos impulsa hacia adelante
En el Evangelio de Lucas, Jesús bendice a sus discípulos y se separa de ellos. No es un abandono, sino el inicio de una nueva etapa. Durante cuarenta días se había aparecido, enseñando sobre el Reino de Dios, preparándolos para lo que venía. Ahora les dice: «Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré la Promesa de mi Padre.»
¿Cuál es esa promesa? El Espíritu Santo. La Ascensión no es un punto final, sino de inflexión. Es como si Jesús dijera: «Ahora os toca a vosotros, pero no os dejo solos. El Espíritu os recordará todo y os dará fuerza para continuar.»
Los apóstoles aún preguntaban si iba a restaurar el reino de Israel. Seguían pensando en términos políticos, terrenos. Pero Jesús les abre el horizonte: «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra.» El Reino de Dios no tiene fronteras geográficas ni culturales.
- Una fe que no se queda mirando al cielo
«Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo?» Les dicen los ángeles. Es una corrección suave pero necesaria. La tentación siempre está ahí: una fe que solo sueña, pero no actúa, una espiritualidad que se evade de la realidad.
Jesús no sube al cielo para que nos quedemos contemplando las nubes, sino para que pongamos manos a la obra. Por eso es tan importante la conexión entre Ascensión y Pentecostés: Jesús asciende, y los discípulos deben esperar al Espíritu para actuar. No se trata de hacer las cosas por nuestra cuenta, sino con la fuerza de lo alto.
¿Estamos dejando espacio en nuestra vida al Espíritu Santo? ¿O nos apoyamos más en nuestras propias fuerzas, en nuestra rutina, en lo que nos parece más cómodo?
- Con los pies en la tierra y el corazón abierto al cielo
San Pablo, en la carta a los Efesios, pide «que Dios ilumine los ojos de vuestro corazón«. ¡Qué bella expresión! Nos invita a mirar la vida con ojos nuevos, desde la fe, con esperanza, sabiendo que Jesús está vivo y actúa en nosotros.
Y aquí está la clave para nuestra vida cristiana diaria:
Vivir con esperanza, sabiendo que el mal no tiene la última palabra. En medio de las dificultades familiares, laborales, económicas o de salud, sabemos que Cristo resucitado camina con nosotros.
Ser testigos del Evangelio en nuestro entorno, con humildad, pero con convicción. No hace falta dar grandes discursos; basta con vivir de manera coherente, tratar a los demás con respeto, ser honestos en el trabajo, perdonar en la familia.
Preparar el corazón para Pentecostés, invocando al Espíritu para que nos renueve por dentro. Esta semana que nos separa de Pentecostés es tiempo de preparación, no de pasividad.
- Para nuestra vida concreta
Hoy más que nunca necesitamos cristianos que, en medio de su trabajo, familia o preocupaciones, vivan con un corazón encendido por el Espíritu. Que se dejen guiar, consolar, transformar. Que hablen menos «de memoria» y más «desde dentro».
Para las familias: Cristo asciende al cielo, pero quiere seguir presente en nuestros hogares. ¿Cómo está presente Cristo en nuestras conversaciones familiares, en la educación de los hijos, en la manera de resolver los conflictos?
Para los jóvenes: No os quedéis «mirando al cielo» esperando que otros cambien el mundo. Vosotros sois los continuadores de la misión de Cristo. Vuestro ambiente de estudio, vuestras redes sociales, vuestras amistades son el lugar donde debéis ser testigos.
Para todos nosotros: La Ascensión nos recuerda que tenemos una misión aquí y ahora. No podemos vivir como si la fe fuera solo para los domingos o para los momentos difíciles.
Vivir el «mientras tanto» con Espíritu
Jesús ha subido al cielo, pero no se ha ido. Está más presente que nunca: en su Espíritu, en su Palabra, en los sacramentos, en la comunidad, en los pobres. Y mientras esperamos Pentecostés, preparémonos para acoger esa fuerza nueva que viene de lo alto.
Los discípulos «se volvieron a Jerusalén con gran alegría». No con tristeza por la despedida, sino con alegría por la promesa. Sabían que algo grande estaba por comenzar.
No estamos solos. Tenemos una promesa. Y el cielo no es solo un destino: es también una manera de vivir aquí. Con esperanza, con alegría, con entrega.
Que esta semana sea una espera activa del Espíritu Santo. Que lo invoquemos con fe. Y que, cuando venga, nos encuentre disponibles, con el corazón dispuesto a ser sus testigos hasta los confines de la tierra.
Que la Virgen María, que estuvo presente en el momento de la Ascensión y después en Pentecostés, nos ayude a vivir esta espera con la misma fe y disponibilidad que ella tuvo.
¡¡Feliz Domingo!!
