Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
REFLEXIÓN
El domingo pasado celebrábamos la solemnidad de la Epifanía, y contemplábamos a Dios manifestado como un niño en Belén ante aquellos magos venidos de Oriente. Hoy, en la fiesta del Bautismo del Señor, Dios vuelve a manifestarse, pero de otra manera: ya no en la fragilidad de un niño, sino en Jesús adulto, a orillas del Jordán, señalado solemnemente como el Hijo amado del Padre. Con esta celebración concluimos el tiempo de Navidad y comenzamos el Tiempo Ordinario.
Conviene, en primer lugar, comprender bien qué era el bautismo de Juan. No se trataba aún del sacramento que nosotros hemos recibido. Juan bautizaba solo con agua, como él mismo afirma, preparando la llegada del Mesías que bautizaría con Espíritu Santo y fuego. Su bautismo era un bautismo de conversión, de penitencia, un signo exterior de un deseo interior de cambio de vida.
En el pueblo de Israel eran frecuentes estos gestos de purificación con agua: antes de entrar en el templo, antes del culto, antes de determinadas celebraciones. Existía una profunda conciencia de la impureza, de todo aquello que podía alejar al hombre de Dios. Juan recoge este signo y lo convierte en una llamada fuerte a la conversión del corazón: dejar atrás el pecado, enderezar la vida, preparar el camino al Señor.
Y en medio de esa multitud penitente aparece Jesús. Esta escena resulta impactante. Jesús, el Hijo de Dios, el que no tiene pecado, se pone en la fila como uno más. No se separa, no se distingue, no reclama un trato especial. Se mezcla con los pecadores.
Todos sabemos lo que es “hacer cola”: en el médico, en una oficina, en una estación… Y también sabemos lo que nos molesta cuando alguien intenta colarse. Jesús no se cuela. Espera. Se coloca en el lugar de los últimos. Es un gesto profundo de humildad y de solidaridad. Dios está entre los hombres, pero no lo reconocen.
Cuando Jesús sale del agua sucede lo decisivo: el cielo se abre, el Espíritu Santo desciende sobre Él en forma de paloma, y se oye la voz del Padre:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
Esta es la gran epifanía que hoy celebramos: Jesús es el Hijo amado del Padre. El Padre lo presenta, el Espíritu lo consagra, y Jesús queda revelado como el enviado, el Mesías, el Salvador. Aquí aparece con claridad el misterio de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Pero esta fiesta no se queda solo en Jesús. También ilumina nuestro propio bautismo. Aunque el momento privilegiado para recordarlo es la Vigilia Pascual, hoy es un día especialmente adecuado para tomar conciencia del don recibido.
San Agustín decía que el bautismo de Juan “valía tanto como valía Juan”: santo, pero humano. El bautismo de Jesús, en cambio, “valía tanto cuanto el Señor”: es un bautismo divino. Y ese es el bautismo que nosotros hemos recibido: un bautismo en el Espíritu Santo.
¿Somos conscientes de lo que ocurrió el día de nuestro bautismo? No fue solo un rito, ni una tradición familiar. Fue el día en que Dios nos llamó hijos, en que nos regaló su Espíritu, en que nos incorporó a Cristo y a la Iglesia. Desde entonces nuestra vida tiene una dirección: vivir como hijos de Dios.
Nuestra misión es ser fieles al don recibido, no olvidar el amor del Padre, aspirar a la santidad en la vida cotidiana. Vivir como hijos que confían, que aman, que buscan hacer el bien.
Pidamos hoy al Señor que nos ayude a renovar nuestro bautismo, a vivirlo con coherencia, y a dejarnos conducir por el Espíritu, como Jesús, para ser también nosotros buena noticia en medio del mundo.
