Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre

REFLEXIÓN

Dicen que cuando el médico forense quiere identificar un cadáver que no tiene documentación, lo primero que busca son las cicatrices. Las cicatrices no mienten. Son la historia escrita en la piel: la caída de la bicicleta a los ocho años, la operación de apendicitis, el accidente de tráfico. Cada cicatriz cuenta algo que le pasó a esa persona, algo que le dolió, algo que la marcó para siempre. Las cicatrices identifican porque guardan memoria del sufrimiento.

Jesús Resucitado se presenta a sus discípulos mostrando sus heridas. No las ha borrado. No ha llegado a la gloria pasando por alto el Viernes Santo. Las heridas están ahí, visibles, reales, y son precisamente ellas las que le identifican como el mismo que fue crucificado. Y son ellas, también, las que abren la fe de Tomás y la nuestra.

Esta semana, mientras pensaba en el evangelio de hoy, me preguntaba: ¿por qué el Resucitado guarda las heridas? Un cuerpo glorioso, luminoso, capaz de aparecer con las puertas cerradas… ¿y sin embargo conserva las marcas de los clavos y la lanzada? La respuesta, creo, es que esas heridas no son un defecto que Dios no ha tenido tiempo de reparar. Son el lenguaje con el que Dios nos habla de amor. Son el lugar donde nace la misericordia.

Tomás no estaba cuando el Señor se apareció por primera vez. No sabemos dónde estaba. Quizás no soportaba la alegría de los demás. Quizás prefirió quedarse solo con su dolor, con su decepción, con la sensación de que todo había sido un engaño. Hay personas así —y todos lo hemos sido alguna vez— que cuando el sufrimiento es demasiado grande prefieren el aislamiento a la comunidad. Es más fácil encerrarse que arriesgarse a esperar.

Y cuando los otros le cuentan que han visto al Señor, Tomás pone condiciones:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

Fijaos en lo que pide Tomás. No pide ver la gloria, no pide ver la luz, no pide una señal extraordinaria. Pide tocar las heridas. Como si supiera —sin saberlo— que la única prueba de que aquel Jesús es el mismo de la cruz pasa precisamente por las marcas del sufrimiento.

Ocho días después, Jesús vuelve. Y va directo a Tomás. No le riñe, no le echa en cara su incredulidad. Se pone delante de él y le ofrece exactamente lo que ha pedido:

«Mete aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado.»

Es uno de los gestos más tiernos de todo el evangelio. Dios se deja tocar en sus heridas por el que duda. No aparta las manos. No esconde el costado. Las heridas de Cristo son abiertas, accesibles, ofrecidas.

Y ahí ocurre algo que ya no tiene vuelta atrás. Tomás, ante las heridas del Resucitado, no necesita tocar. Le basta ver. Y de sus labios brota la confesión de fe más alta de todo el Nuevo Testamento:

«¡Señor mío y Dios mío!»

No «maestro», no «rabbí», no «profeta». Señor y Dios. La fe más plena nace en el momento en que Tomás contempla las heridas.

Hoy, la Iglesia celebra el domingo de la Divina Misericordia. No es casualidad que Juan Pablo II —que tan bien conocía el sufrimiento— eligiera este domingo para esta celebración. La misericordia de Dios no es una idea abstracta ni un sentimiento vago. Tiene forma de heridas. Sale de un costado abierto. Se derrama desde unas manos atravesadas. La misericordia no es que Dios mire para otro lado ante nuestras caídas. Es que Dios baja hasta nuestro fondo, carga con el peso de todo lo que nos duele, y vuelve de ello con las marcas puestas, para decirnos: yo he estado ahí. Yo sé lo que es.

Y ahora viene la pregunta que el evangelio nos lanza a nosotros: ¿dónde tocamos hoy las heridas del Resucitado?

Las tocamos aquí, en esta Eucaristía. El pan que partimos es su cuerpo entregado, el cáliz que bebemos es su sangre derramada. Cada domingo, el Señor viene con las puertas cerradas —cerradas por nuestros miedos, nuestras rutinas, nuestra distracción— y se pone en medio y nos dice: «La paz sea con vosotros.» Esta mesa es el lugar del encuentro con el Resucitado que guarda las heridas.

Las tocamos también en el hermano que sufre. San Juan lo escribirá años después con una claridad brutal: el que dice que ama a Dios y no ama a su hermano, miente. Las heridas de Cristo siguen abiertas en el que pasa hambre, en el que está solo, en el que carga con una enfermedad sin quien le ayude, en el que llega de lejos sin casa ni futuro. Tocar esas heridas con ternura es tocar al Resucitado.

Jesús le dice a Tomás —y nos lo dice a nosotros—:

«Dichosos los que no han visto y han creído.»

Esta es la bienaventuranza para nosotros, los que hemos llegado dos mil años después. No hemos visto las manos con los clavos. No hemos metido el dedo en el costado. Y sin embargo estamos aquí, reunidos en su nombre, partiendo su pan, creyendo que está vivo. Eso no es ingenuidad. Es la fe más valiente que existe.

Que esta Eucaristía sea hoy, para cada uno de nosotros, nuestro encuentro con el Resucitado. Que salgamos de aquí habiendo tocado, de alguna manera, sus heridas. Y que de nuestros labios pueda brotar, con la misma convicción que en Tomás, lo único que en el fondo importa decir:

¡Señor mío y Dios mío!

¡¡Feliz Domingo!!