Al acercarse a Jerusalén, llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos; Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente; a la entrada encontraréis una borriquilla atada, y con ella un pollino; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, decidle: «El Señor los necesita, y en seguida los devolverá»». Esto ocurrió para que se cumpliera lo que había dicho el profeta: Decid a la hija de Sión: Mira que tu rey viene a ti humilde y montado en un asno, en un pollino, hijo de animal de carga.
Los discípulos fueron e hicieron como Jesús les ordenó, y trajeron la borriquilla y el pollino. Pusieron sobre ellos sus mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraban el camino con sus mantos, y otros con ramas que cortaban de los árboles. Los que iban delante y detrás gritaban: ¡Viva el hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Viva Dios altísimo! Al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió; decían: «¿Quién es éste?». Y la gente respondía: «Éste es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea».
REFLEXIÓN
Hoy es, probablemente, el día más desconcertante de todo el año litúrgico. Entramos en la iglesia con ramos en la mano, cantando, celebrando.
Y en la misma celebración hemos escuchado la Pasión del Señor.
Hemos pasado del “¡Hosanna!” al silencio de la cruz. De la aclamación… al abandono.
Y esto no es una contradicción. Es un retrato. Es nuestra propia historia.
Un Rey que elige la humildad
Jesús entra en Jerusalén… pero no como los reyes de este mundo. No viene en un caballo de guerra. No viene con poder ni imponiéndose.
Viene montado en un asno.
Es un gesto muy concreto: Jesús es un Rey… pero un Rey humilde.
Un Rey que no domina, sino que sirve. Un Rey que no conquista desde fuera, sino que transforma desde dentro.
Y aquí aparece una pregunta decisiva:
👉 ¿Qué tipo de Dios esperamos nosotros?
Porque muchas veces esperamos:
- un Dios que nos resuelva los problemas
- un Dios fuerte, visible, que imponga
Pero hoy se nos revela un Dios que entra en nuestra vida con mansedumbre, sin forzar, sin imponerse.
El contraste: “Hosanna” y “Crucifícale”
La liturgia nos pone delante dos palabras:
- “¡Hosanna!” → Es el grito de la esperanza, del reconocimiento, de la alegría.
- “¡Crucifícale!” → Es el grito del miedo, del abandono y de la presión social.
Y la pregunta es inevitable:
👉 ¿Dónde estamos nosotros?
Porque el problema no es solo aquella multitud… El problema es que esa multitud somos nosotros.
También nosotros:
- seguimos a Jesús cuando todo va bien
- pero nos cuesta cuando el Evangelio exige
- callamos cuando deberíamos hablar
- o nos adaptamos para no complicarnos
Nuestra fe, muchas veces, es como ese “Hosanna”: sincera… pero todavía no probada.
El silencio de Jesús
En medio de todo el ruido de la Pasión —acusaciones, gritos, burlas— hay algo que impresiona profundamente:
Jesús casi no habla. Ante Pilato, responde lo justo. Ante los insultos, guarda silencio. En la cruz, solo unas pocas palabras.
¿Por qué?
Porque su vida está hablando más que cualquier discurso.
Su silencio no es debilidad. Es amor llevado hasta el extremo.
San Pablo lo expresa con una palabra clave:
👉 se anonadó… se vació… se hizo siervo.
Jesús baja, se humilla, se entrega… hasta la cruz.
Y desde ahí nos revela el verdadero rostro de Dios: un Dios que ama sin condiciones, incluso cuando no es correspondido.
“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
En la Pasión según san Mateo escuchamos ese grito tan fuerte de Jesús. No es desesperación. Es oración.
Jesús está rezando el salmo. Está cargando con el dolor de toda la humanidad.
Se hace uno con:
- el que sufre
- el que se siente solo
- el que cree que Dios se ha callado
Y nos dice:
👉 no hay ningún abismo donde yo no haya estado antes.
La mirada del centurión
Y cuando todo parece terminar en fracaso… aparece una de las frases más importantes del Evangelio:
“Verdaderamente este era Hijo de Dios”.
Lo dice un pagano. Lo dice viendo cómo muere Jesús.
Ahí está la clave:
👉 la fe nace al contemplar la cruz.
El mundo ve derrota. La fe descubre amor victorioso.
Entrar de verdad en la Semana Santa
Hoy no basta con llevar un ramo. El ramo es un signo bonito… pero la Iglesia nos pide algo más profundo:
👉 acompañar a Jesús.
Esta semana es una escuela:
- de silencio
- de fidelidad
- de amor verdadero
Por eso, tres propuestas muy concretas:
- Llevar el ramo a casa: Que ese ramo bendito no sea solo un adorno, sino un recordatorio de que hemos aceptado a Jesús como Rey de nuestro hogar, especialmente en los momentos de «pasión» familiar o personal.
Bajar el ruido para escuchar el amor de Dios en la cruz. - El silencio: Esta semana es una invitación a bajar el volumen del mundo para escuchar el latido del corazón de Dios que sufre por amor.
- Convertir el corazón: Esta es la semana para volver de verdad: confesión, perdón, reconciliación.
Que esta Semana Santa no pase de largo. Que no sea una más.
Que sea una semana en la que, de verdad, dejemos que Cristo entre en Jerusalén… que entre en nuestro corazón.
¡Feliz Domingo!
