En aquel tiempo, se levantó un maestro de la ley y preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».

El respondió: «“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”». Él le dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida». Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús:

«¿Y quién es mi prójimo?». Respondió Jesús diciendo:

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».

 

El Evangelio de este domingo nos presenta una de esas parábolas que todos conocemos, pero que nunca deberíamos dejar de meditar: la del Buen Samaritano. Jesús no responde directamente a la pregunta “¿Quién es mi prójimo?”, sino que cuenta una historia que nos obliga a cambiar el foco. Nos hace pasar de la teoría a la vida.

Hoy quiero invitaros a contemplar esta parábola a través de las tres miradas que aparecen en el relato. Porque no se trata solo de “ver” con los ojos, sino de “mirar” con el corazón. Y cada personaje nos enseña algo sobre nuestras propias actitudes.

 

Primera mirada: la mirada indiferente

Primero aparece el sacerdote. Luego, el levita. Los dos pasan por el camino. Los dos ven al hombre tirado, herido. Y los dos dan un rodeo.

Seguramente tenían sus razones: miedo, prisa, normas religiosas… Quizá venían del Templo, de cumplir con Dios, y ahora no querían mancharse, no querían complicarse la vida. Vieron… pero no miraron con compasión. Sus ojos vieron un problema, no una persona.

¿Cuántas veces también nosotros pasamos de largo? Vemos a alguien que sufre, pero pensamos: “No es asunto mío”, “no tengo tiempo”, “ya lo solucionará alguien”. Vivimos en un mundo con mucha información y poca compasión. Vemos demasiado, pero nos detenemos poco. Como el sacerdote y el levita, vemos… y esquivamos.

 

Segunda mirada: la mirada compasiva

Y entonces aparece un samaritano. Un extranjero, un enemigo según la mentalidad judía. También ve al herido, pero su mirada es distinta. El texto dice: “Lo vio y se compadeció”. Y esa compasión le mueve a acercarse, a actuar, a implicarse.

El samaritano no pregunta quién es ese hombre. No le importa si es judío o pagano, rico o pobre, culpable o inocente. Solo ve una cosa: alguien que necesita ayuda. Y eso basta. Su mirada es libre, sin prejuicios, sin miedos. Mira con los ojos de Dios.

Y lo más bello es la cadena de acciones que esa mirada desencadena: se acerca, cura, venda, monta en su cabalgadura, lleva a la posada, paga, y hasta se preocupa de su futuro. No se queda en lo mínimo. Ama con generosidad, con ternura, con eficacia.

 

Tercera mirada: la mirada que Dios espera de ti y de mí

Al final, Jesús lanza la pregunta: “¿Quién de los tres te parece que se portó como prójimo del herido?” Y el letrado, aunque le cuesta incluso decir “samaritano”, responde con la verdad: “El que tuvo compasión.”

Y Jesús concluye: “Anda, haz tú lo mismo.”

Esta es la tercera mirada, la que Jesús espera de nosotros. La mirada del discípulo. La mirada del cristiano auténtico. No podemos ser seguidores de Jesús y mirar con indiferencia. No podemos vivir nuestra fe y cerrar los ojos ante el dolor. Si decimos que amamos a Dios, tenemos que mirar al prójimo con compasión concreta.

 

Una mirada que transforma

Hoy el Señor nos invita a revisar nuestra forma de mirar. ¿Soy de los que ven y dan un rodeo? ¿O de los que se acercan, se implican y aman? ¿A quién he dejado tirado al borde del camino con mi indiferencia, mi frialdad, mis prejuicios?

El prójimo no se elige. No es el que me cae bien o el que me agradece. Es el que me necesita, esté donde esté. A veces puede ser alguien muy cercano: ese familiar con el que estoy distanciado, ese vecino al que no saludo, ese compañero que pasa una mala racha.

Jesús, el verdadero Buen Samaritano, nos miró con compasión, se detuvo ante nuestra pobreza, curó nuestras heridas con su amor y se entregó totalmente por nosotros. Ahora nos dice: “Haz tú lo mismo.”

Que esta Eucaristía nos cure la mirada, para no pasar de largo y aprender a mirar como Él mira.

¡¡Feliz Domingo!!