En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».
Hoy nos encontramos con dos figuras entrañables del Evangelio: Marta y María, amigas de Jesús, hermanas de Lázaro. Jesús les tenía tanto cariño que en su casa se sentía como en la suya. No es una visita cualquiera: es Jesús, el Maestro, el amigo, el Señor. Y cada una de ellas reacciona a su manera.
Marta, como buena anfitriona, se pone manos a la obra: cocina, prepara, atiende… quiere que todo esté perfecto. María, en cambio, se sienta tranquilamente a los pies de Jesús y lo escucha. Y claro, Marta, que va de un lado para otro, no aguanta más, estalla:
“Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con todo el trabajo? Dile que me eche una mano.”
Pero Jesús le responde con una frase que no deja indiferente:
“Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con muchas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte y no se la quitarán.”
¿Y nosotros, con quién nos identificamos más?
La mayoría, probablemente, con Marta. Porque vivimos rodeados de obligaciones, de prisas, de listas interminables de “tengo que”:
- Tengo que hacer la comida,
- tengo que terminar este informe,
- tengo que llamar a alguien,
- tengo que ir a recoger a los niños…
Y así, entre obligaciones, reuniones, mensajes de WhatsApp, llamadas y tareas acumuladas, nos parecemos bastante a Marta: ocupados, sí, pero muchas veces agobiados, desbordados, nerviosos.
Y lo curioso es que todo lo que hace Marta es bueno, necesario. Pero Jesús no quiere que vivamos en modo “robot” o “multitarea crónica”. Lo que le reprocha a Marta no es que trabaje, sino que se ha dejado atrapar por la inquietud. Le falta lo que María sí ha sabido hacer: parar, escuchar, estar con Jesús, disfrutar de su presencia.
La lección: no perder lo esencial
Este Evangelio nos lanza un aviso para hoy: el peligro de vivir corriendo tanto que se nos olvida para qué corremos. Nos pasamos el día haciendo cosas, pero ¿sabemos hacia dónde vamos? ¿Tenemos un momento para mirar al Señor? ¿O vivimos tan de prisa que ni nos damos cuenta de su presencia en nuestra casa, en nuestra vida?
María no es una vaga. Es alguien que ha entendido que hay momentos en los que lo urgente debe ceder el paso a lo importante. Y lo importante, lo esencial, es escuchar a Jesús, dejar que su Palabra nos hable al corazón, nos dé paz, nos oriente.
Aplicado a nuestra vida
- Si cada día tienes veinte cosas por hacer, pero no haces un hueco para hablar con Dios, te estás perdiendo lo mejor.
- Si en tu casa todos tienen móvil, televisión, tareas y compromisos, pero no os sentáis ni un momento a hablar desde el corazón, algo falla.
- Si trabajas, ayudas, colaboras, sirves… pero lo haces con ansiedad, con quejas, agotado, entonces estás siendo Marta sin equilibrio.
Y no se trata de oponer una cosa a la otra. No es acción o oración, trabajo o contemplación. Es saber combinar bien ambas cosas, sin que la prisa nos quite la paz.
También Abraham nos enseña a acoger
La primera lectura nos presenta otra escena de hospitalidad: Abraham recibe a tres desconocidos en el calor del día y les ofrece lo mejor que tiene. Pero esos hombres eran, en realidad, una visita de Dios.
¿Te das cuenta? A Dios se le recibe tanto sirviendo como escuchando. Pero para reconocerlo, hay que tener el corazón abierto, atento, en paz.
Aprende a elegir la mejor parte
Hoy Jesús te dice también a ti:
“Anda, para un momento. Mírame. Escúchame. Aquí estoy.”
Entre tanto ruido, tanto correr, tanta pantalla y tanta urgencia… elige la mejor parte: estar con el Señor, aunque sea cinco minutos al día, en silencio, dejando que Él te hable.
Y verás que, cuando vuelvas a tus tareas, a tu trabajo, a tu casa… lo harás con más paz, con más sentido, con más alegría.
No dejemos que la vida se nos escape entre las manos sin haberla vivido de verdad.
¡¡Feliz Domingo!!
