Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”». Y les dijo: «Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».
Para meditar:
Hoy el Evangelio nos trae una de las enseñanzas más consoladoras y, a la vez, más desafiantes de Jesús: su enseñanza sobre la oración. Lucas nos presenta al Maestro respondiendo a la petición de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar».
La oración como diálogo íntimo
Fijaos en algo hermoso: los discípulos no le piden a Jesús que les enseñe teología compleja o grandes discursos. Le piden que les enseñe a orar. Habían visto algo especial en la manera como Jesús se relacionaba con el Padre, una intimidad que les llamaba la atención. Y Jesús les responde con esa oración sencilla y profunda que conocemos como el Padrenuestro.
«Padre» – así comienza. No «Señor todopoderoso» o «Dios altísimo», sino «Padre». Una palabra que expresa cercanía, confianza, cariño. Como cuando un niño se acerca a su padre sabiendo que será escuchado y acogido.
Pedir lo que realmente importa
En el Padrenuestro, Jesús nos enseña qué pedir. Primero, que se santifique el nombre del Padre, que venga su Reino. Es decir, que Dios sea Dios en nuestras vidas y en nuestro mundo. Después viene lo nuestro: el pan de cada día, el perdón, la protección ante la tentación.
¿No os parece curioso? Jesús no nos enseña a pedir el pan para toda la vida, sino el de cada día. Como si nos dijera: «Confía día a día, vive el presente con la seguridad de que el Padre cuida de ti».
La insistencia en la oración
Después viene esa parábola tan expresiva del amigo inoportuno. Un hombre va a medianoche a pedir pan a su vecino para atender a un huésped que ha llegado de improviso. El vecino, lógicamente, no quiere levantarse. Pero la insistencia del que pide acaba por convencerle.
Jesús no nos está diciendo que Dios es como ese vecino molesto que hay que convencer a regañadientes. Al contrario, nos está enseñando algo sobre nosotros: que la oración perseverante cambia nuestro corazón, nos purifica, nos ayuda a descubrir qué es lo que realmente necesitamos.
Aplicación a nuestra vida cotidiana
¿Cómo vivir esto en nuestro día a día? Pensad en vuestras preocupaciones de esta semana: el trabajo que agobia, los hijos adolescentes que os traen de cabeza, la salud de los mayores, las facturas que aprietan… Jesús nos dice: «Llevad todo eso al Padre en la oración».
Pero ojo, no como quien presenta una lista de la compra al Todopoderoso, sino como quien confía. La oración no es un truco para conseguir lo que queremos, sino el camino para descubrir lo que realmente necesitamos y para alinear nuestro corazón con el de Dios.
La oración en familia
En casa, ¿cuándo fue la última vez que rezasteis juntos? No me refiero a oraciones largas y complicadas. El Padrenuestro dura un minuto. Un simple «gracias, Señor, por este día» antes de cenar. Un «ayúdanos mañana» antes de dormir. Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que les explicamos.
La oración en el trabajo
Y en el trabajo, en esos momentos de tensión o de decisiones difíciles, ¿por qué no una oración breve? «Padre, ayúdame a hacer lo correcto». «Señor, dame paciencia». No hace falta cerrar los ojos ni juntar las manos. Dios nos escucha en el metro, en la oficina, en la cola del supermercado.
La respuesta de Dios
«Pedid y se os dará» – nos dice Jesús. Pero ¿siempre nos da lo que pedimos? Todos sabemos que no. Sin embargo, siempre nos da lo que necesitamos, aunque a veces no lo reconozcamos. A veces la respuesta es «sí», a veces «no», y a veces «espera». Pero siempre hay respuesta, porque hay un Padre que nos ama.
En una ocasión, escuché de una persona mayor en el hospital que expresaba la siguiente oración: «Señor, no te pido que me quites este dolor, te pido que me ayudes a llevarlo con dignidad». Esta declaración refleja una actitud de fe madura ante la adversidad.
Que hoy aflore en nosotros el compromiso de recuperar la oración sencilla y confiada. No hace falta ser místicos ni santos. Hace falta ser hijos que saben que tienen un Padre que les quiere.
Que María, que supo decir «hágase» en la oración más importante de la historia, nos enseñe a orar con su misma confianza y abandono.
¡¡Feliz Domingo!!
