Entonces le dijo uno de la gente: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”. Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».

 

En los domingos anteriores hemos venido reflexionando sobre aspectos fundamentales de nuestra vida cristiana: el amor concreto al hermano con la parábola del Buen Samaritano, la escucha de la Palabra con María a los pies de Jesús, y la oración con el Padre Nuestro.

Hoy, la Palabra de Dios nos pone un STOP y nos dice: ¡Cuidado con la riqueza! No se trata del dinero necesario para vivir y sacar la familia adelante con trabajo honesto. Se trata de la «riqueza» de ese dinero acumulado que no necesitamos y donde tenemos puesto nuestro corazón.

Aprender a dar a cada cosa su importancia

Algo que forma parte de nuestro crecimiento y maduración como personas es aprender a dar a las cosas y a las personas la importancia que tienen, ni más, ni menos. Vamos experimentando cómo actividades, intereses, personas que en otro tiempo nos resultaban fundamentales, incluso necesarias, a las que dedicábamos mucho tiempo y fuerzas y sin las cuales no nos imaginábamos la vida, van desapareciendo o vamos prescindiendo de ellas sin que ello suponga que nuestra vida se detenga. Y así, aprendemos a valorar y dar prioridad a lo verdaderamente importante de la vida.

Las llamadas de la Palabra de Dios

Primera llamada: «¡Vanidad de vanidades!»

La primera lectura nos hace una llamada rotunda: ¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad! Vanidad abarca muchos significados: inútil, insustancial, presuntuoso, caduco, vacío. Nos invita a pensar cuántas cosas, actividades, personas que ocupan mucho espacio en nuestra vida podrían ser calificadas como vanidad.

Y a continuación nos pregunta: «¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?» ¿Qué sacamos de dedicar tanto tiempo y fuerzas a esas vanidades? ¿Realmente merecen la pena?

Segunda llamada: Los conflictos por la herencia

En el Evangelio encontramos otras llamadas. Primero, le presentan a Jesús un caso bastante común: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.» Lamentablemente, esta situación ha provocado graves enfrentamientos entre miembros de una misma familia. Cuántas veces algunos conflictos familiares, generados por diferentes motivos no solo económicos, se han prolongado años y años y acaban en una ruptura total de relaciones. De nuevo se nos invita a pensar: ¿Verdaderamente era tan importante, merecía la pena esa ruptura?

Tercera llamada: La parábola del rico insensato

Jesús nos presenta la parábola del hombre rico cuyas tierras produjeron una gran cosecha, y empieza a hacer planes: «Derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y banquetea alegremente.»

Se nos invita a pensar si hemos llenado nuestra vida de planes de futuro, trabajando y esforzándonos mucho, sin dejarnos tiempo para otras cosas, para el día de mañana poder descansar y disfrutar de una vez.

Pero el Señor termina planteándonos una pregunta: «Esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?»

Una reflexión sobre nuestro tiempo

Se nos olvida que, en esta época en que vivimos, el mundo y las circunstancias pueden cambiar de un modo inimaginable, echando por tierra esos «planes de futuro» que nos habíamos forjado. Más aún: se nos olvida que somos «mortales», y que en cualquier momento, por múltiples circunstancias, nuestra vida puede llegar a su fin. ¿Verdaderamente merecía la pena tanto esfuerzo, tanto trabajo, habernos perdido muchas cosas a las que hemos dicho «no», esperando que llegase un «mañana» que nunca va a llegar?

Por eso, san Pablo en la segunda lectura nos hace esta llamada: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.»

Si somos cristianos, necesitamos discernir lo verdaderamente importante de la vida, que son los bienes de allá arriba. No se trata de despreciar los de la tierra, ya sean bienes materiales, intereses, personas, sino de darles su justo valor, para que nos ayuden a ser «ricos ante Dios», como nos ha pedido Jesús en el Evangelio.

Una vida con perspectiva eterna

No se trata de vivir angustiados, pero sí de tener presente que todo lo que existe y que nosotros mismos somos caducos. Que, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Y que nuestra vida no termina en las fronteras de este mundo, sino que estamos llamados a la vida eterna en el Reino de los Cielos.

La Palabra de Dios nos invita hoy a hacer una pausa, a revisar nuestras prioridades, a preguntarnos qué lugar ocupa Dios en nuestros planes, y a recordar que la verdadera riqueza está en ser ricos ante Dios.

¡¡Feliz Domingo!!