En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!  ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra.

 

Cuando intentamos encender una hoguera en el campo o en una chimenea, sabemos que no basta con acercar una cerilla. Si la madera está húmeda, el fuego apenas prende; si no soplamos con constancia, se apaga enseguida. Hace falta calor, oxígeno y paciencia para que finalmente las brasas se conviertan en un fuego que ilumina y da calor.

Nuestra vida cristiana se parece a esa hoguera: el Señor quiere que arda, que dé luz y calor al mundo. Pero muchas veces nos falta empeño, nos vence la tibieza, o dejamos que el fuego se apague.

Por eso Jesús, en el Evangelio de hoy, exclama con pasión: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!» (Lc 12,49).

Un Evangelio que incomoda

Hoy se nos presenta un Jesús nada «dulce», que habla de fuego y de división. No porque quiera violencia, sino porque la verdad del Evangelio no deja a nadie indiferente: obliga a tomar partido. Como Jeremías, que fue arrojado a la cisterna por anunciar la Palabra de Dios, también nosotros podemos experimentar rechazo, incomprensión o incluso división dentro de la familia por mantenernos fieles a Cristo.

El cristianismo no es una fe para acomodados. Como recuerda la carta a los Hebreos, se trata de correr con constancia la carrera, quitándonos lo que nos estorba y fijando los ojos en Jesús.

El fuego que necesita hoy el mundo

Ese fuego del que habla Jesús no destruye, sino que purifica, ilumina y transforma. Y hoy necesitamos dejar que arda en muchos ámbitos de nuestra sociedad:

  • En la política, para que brillen la ética y la honestidad.
  • En la educación, para que se forme a los jóvenes en valores sólidos, no sólo en resultados.
  • En el trabajo y en los medios de comunicación, para que resuene la voz de la verdad y la dignidad de la persona.
  • En la defensa de la vida y de la creación, cuidando a los más débiles y respetando la casa común.
  • En el cuidado de ancianos, enfermos y descartados, donde los cristianos debemos ser presencia viva de ternura y esperanza.
  • En nuestras parroquias y comunidades, para que no seamos grupos cerrados, sino espacios vivos, participativos y misioneros.

Una fe valiente y contemplativa

Como aprender a encender una hoguera o a montar en bicicleta, seguir a Cristo requiere constancia, práctica y valentía. No basta con cumplir lo justo, ni con «mirar hacia abajo» en nuestras preocupaciones inmediatas; necesitamos levantar la mirada y fijarla en Cristo, el que inició y completa nuestra fe.

La oración contemplativa es esa mirada serena al Señor que mantiene viva la llama. Es aprender a dejar que Él sea el que alimente nuestro fuego interior, el que marque el ritmo de nuestro pedaleo, el que indique hacia dónde debemos girar el manillar de nuestra vida.

Jesús no nos promete un camino fácil, pero sí nos asegura su presencia: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20). Con Él podemos repetir con san Pablo: «Todo lo puedo en aquel que me da fuerzas».

Pidamos al Espíritu Santo que encienda en nosotros ese fuego ardiente del amor de Cristo, para ser testigos valientes en medio del mundo y llevar su luz allí donde más se necesita.

¡Feliz domingo!!