Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

 

REFLEXIÓN

Hermanos, acabamos de cerrar el tiempo de Navidad y hoy comenzamos lo que la Iglesia llama el Tiempo Ordinario. Volvemos a la rutina: al trabajo, a las prisas, a las preocupaciones de siempre.
Y el gran peligro de la rutina es este: que nos volvamos ciegos ante lo verdaderamente importante.

Permitidme que os cuente algo que ocurrió hace unos años en el metro de Washington.

Una mañana fría de enero de 2007, en una estación abarrotada de gente, un hombre con vaqueros y una gorra sacó un violín y comenzó a tocar. Durante unos cuarenta y cinco minutos interpretó seis piezas de Bach.

Por allí pasaron más de mil personas. La mayoría caminaba deprisa, mirando el reloj o el móvil, atrapados por la rutina. Solo unos pocos se detuvieron unos segundos. Un niño pequeño quiso pararse a escuchar, pero su madre tiró de él para seguir caminando.

El violinista terminó, guardó su instrumento y se marchó. Nadie aplaudió. Nadie lo reconoció.

Lo que casi nadie sabía es que aquel músico era Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, tocando un Stradivarius de millones de dólares. Dos días antes había llenado un teatro donde la entrada costaba más de cien dólares.

En el metro —en lo ordinario, en lo cotidiano, en lo que parece sin valor— la gente fue incapaz de reconocer la belleza, porque no esperaba encontrarla allí. Les faltó alguien que dijera:
“¡Deteneos! ¡Escuchad! Lo que tenéis delante es extraordinario”.

Y algo muy parecido nos pasa a nosotros. Nuestra vida es muchas veces como ese metro: corremos de un lado a otro pensando que Dios solo está en los momentos especiales, en las grandes fiestas, en lo extraordinario.
Pero Dios está pasando a nuestro lado en lo ordinario.

Por eso el Evangelio de hoy es tan importante. Porque aparece Juan el Bautista: el único que se detiene, el único que alza la voz en medio del ruido y señala diciendo:
“Mirad, ese que pasa por ahí no es uno más. Es el Cordero de Dios”.

Tres miradas para este domingo

El Evangelio nos ofrece hoy tres claves muy concretas para nuestra vida.

  1. La mirada atenta: reconocer

Juan el Bautista repite dos veces algo sorprendente:
“Yo no lo conocía”.

Y eso que eran parientes, se conocían humanamente. Pero Juan reconoce que solo cuando el Espíritu le abre los ojos puede descubrir quién es Jesús de verdad.

A nosotros nos pasa lo mismo. Pensamos que ya conocemos a Jesús porque venimos a misa o rezamos de vez en cuando. Pero Dios nunca se deja encerrar en lo ya sabido. Siempre es novedad.

El reto para esta semana es pedir esa mirada atenta: no dar a Dios por supuesto, no acostumbrarnos a Él, pedir al Espíritu Santo que nos ayude a descubrir a Jesús en lo nuevo, incluso en lo que cuesta: en una persona difícil, en una situación inesperada, en el silencio de la oración.

  1. La definición de Jesús: el Cordero

Juan no presenta a Jesús como un rey poderoso ni como un juez severo. Lo llama Cordero de Dios.

Para un judío, esa palabra evocaba dos cosas muy claras:
– el cordero de la Pascua, signo de liberación;
– y el siervo sufriente que carga con el mal sin devolver violencia.

Vivimos en un mundo donde todos quieren ser “leones”: imponerse, gritar más, tener siempre la razón.
Jesús elige ser Cordero: el que ama hasta el extremo, el que ofrece paz, el que carga con el pecado para desarmarlo con misericordia.

Dios no salva por la fuerza. Dios salva entregándose.

  1. Nuestra misión: señalar

Juan el Bautista no se queda con Jesús para él. Su grandeza está en que no retiene a nadie. Señala y dice:
“Mirad, es Él. Seguidle a Él”.

Esa es también nuestra misión en este Tiempo Ordinario. No se trata de que la gente nos admire por ser “buenos”, sino de que, a través de nuestra vida sencilla, otros puedan intuir algo más grande y decir:
“Ahí hay algo de Dios”.

Una persona que vive el bien, la paz y la entrega se convierte, sin darse cuenta, en un profeta que anuncia con su vida que el Señor está cerca.

«Aquí estoy, Señor»

El salmo de hoy nos da la clave para vivir esta semana:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

No hace falta irse lejos para ser testigos. Tu misión empieza mañana, en lo ordinario:

  • siendo “cordero” que pone paz en una discusión familiar;
  • siendo luz que da esperanza a un amigo cansado o triste;
  • siendo, como Juan, ese dedo discreto que señala a Jesús con la alegría de vivir.

Dentro de unos minutos, al acercarnos a comulgar, el sacerdote repetirá las mismas palabras del Evangelio:
“Este es el Cordero de Dios”.

Pidamos al Señor que nos quite el pecado, el miedo y la prisa que nos vuelven ciegos, para reconocerlo cuando pasa por nuestra vida y para salir ahí fuera señalándolo, no con discursos, sino con una vida transformada.

¡¡Feliz Domingo!!