Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

REFLEXIÓN

Hoy la Iglesia celebra el Domingo de la Palabra de Dios, instituido por el Papa Francisco para recordarnos una verdad esencial: la Sagrada Escritura no es un libro del pasado, sino una Palabra viva, una carta de amor que Dios nos dirige hoy, aquí y ahora.

Y no es casualidad que esta celebración coincida con el Evangelio que acabamos de escuchar. Isaías y san Mateo nos sitúan en un lugar concreto: Zabulón, Neftalí, la Galilea de los gentiles. Una tierra periférica, mezclada, considerada impura. Una tierra de tinieblas.

Y es ahí, precisamente ahí, donde Dios decide encender la luz. La Palabra no busca escenarios perfectos; busca corazones heridos donde poder iluminar.

La Palabra que ilumina

El profeta Isaías anunció:
«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande».

Hermanos, esta no es solo una imagen poética. Es una experiencia real, que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia.

Seguramente conocéis a San Agustín, uno de los hombres más brillantes que ha dado la Iglesia. Pero antes de ser santo, Agustín vivía en una profunda oscuridad interior. Tenía éxito, prestigio, reconocimiento… pero estaba vacío, triste, encadenado a vicios que no lograba dejar.

Un día, llorando en un jardín en Milán, escuchó la voz de un niño que cantaba desde una casa vecina: «Tolle, lege; tolle, lege» —«Toma y lee, toma y lee».
Agustín vio cerca un rollo de las Escrituras, lo tomó y leyó el primer pasaje que encontró. Y él mismo cuenta que, en ese instante, «una luz de seguridad inundó mi corazón y todas las tinieblas de la duda se disiparon».

No hubo rayos.
No hubo milagros espectaculares.
Fue simplemente la Palabra de Dios.

Hermanos, eso es exactamente lo que anuncia hoy Isaías. Esa luz que sacó a Agustín de su oscuridad es la misma que tenemos aquí.
Hoy celebramos el Domingo de la Palabra de Dios, el día para redescubrir que este libro no es un adorno litúrgico, sino una luz capaz de cambiar una vida.

Por eso, cuando Jesús comienza su misión, no empieza haciendo milagros. Empieza hablando. Proclama una Palabra sencilla y decisiva:
«Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos».

Y esa Palabra sigue actuando hoy:

– Cuando no sabemos qué decisión tomar, la Palabra es lámpara.
– Cuando el corazón se enfría, la Palabra es fuego.
– Cuando nos sentimos solos, la Palabra es voz que acompaña.

Como decía San Jerónimo: «Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo». No se puede amar a quien no se escucha.

La Palabra que llama y convierte

Pero la Palabra de Dios no solo ilumina; provoca una decisión. En el Evangelio vemos a Jesús caminando por la orilla del lago y pronunciando una frase decisiva:
«Venid y seguidme».

Y sucede algo sorprendente: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron».
¿Qué tenía esa voz? ¿Qué fuerza tenía esa Palabra para que unos hombres sencillos dejaran su seguridad, su oficio, incluso a su padre?

Porque el Evangelio no es un texto para archivar ni para leer cómodamente desde fuera. Es una Palabra que se dirige a cada uno y nos pregunta hoy:
¿qué redes necesito soltar?, ¿qué seguridades me atan?, ¿qué miedos me impiden seguir al Señor con más libertad?

La conversión que Jesús pide no es solo cambiar conductas, sino cambiar la mirada, empezar a vivir desde el Reino de Dios.

La Palabra que crea comunión

La segunda lectura nos sitúa ante una advertencia muy actual. San Pablo sufre al ver divisiones en la comunidad de Corinto: «Yo soy de Pablo, yo de Apolo…».

Cuando la Palabra deja de ser el centro, aparecen los bandos, los protagonismos, las etiquetas. Pero la verdadera Palabra de Dios no divide, reúne.

No seguimos a un predicador concreto.
No seguimos una ideología religiosa.
Seguimos a Cristo, la Palabra hecha carne.

Si nuestra lectura de la Biblia nos lleva a creernos mejores que otros o a juzgar al hermano, entonces no estamos escuchando la Palabra de Dios, sino nuestro propio ego. La Palabra auténtica siempre conduce a la comunión, al perdón y a la caridad.

Una Palabra para vivir

Que este domingo no pase sin dejar huella. En la carta Aperuit illis, el Papa Francisco nos recuerda que el Señor abre nuestro entendimiento para comprender las Escrituras. Sin el Espíritu Santo, la Biblia es letra cerrada; con Él, es vida que transforma.

Por eso, una propuesta sencilla para esta semana:
no dejemos la Biblia olvidada en una estantería. Pongámosla en un lugar visible del hogar. Leamos cada día una sola frase del Evangelio. Dejemos que esa pequeña luz ilumine nuestra propia Galilea, nuestra vida cotidiana.

Pidamos al Señor un oído atento para escuchar su Palabra y un corazón valiente para seguirla.
Que María, mujer de la escucha, nos enseñe a acogerla y a vivirla.

¡¡Feliz Domingo!!