El origen de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros». Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.
REFLEXIÓN
Estamos a las puertas de la Navidad. Si miramos a nuestro alrededor, todo son señales: las luces en las calles, los escaparates decorados, las cenas que planeamos y esa ilusión por los regalos que está en el aire. Son señales bonitas, pero hoy me gustaría que nos hiciéramos una pregunta valiente:
Si este año no hubiera luces, si no hubiera belenes en las plazas, si los Reyes no nos trajeran ese regalo que tanto esperamos… ¿seguiría habiendo Navidad?
A veces corremos el riesgo de quedarnos solo en lo material, en el consumo que nos distrae. Pero la Navidad ocurre cuando, como María y José, somos capaces de mirar más allá de los adornos y descubrir la verdadera señal que anunció el profeta Isaías: «La virgen está encinta y da a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel». La verdadera señal no brilla en una bombilla de la calle, sino en un Dios que se hace uno de nosotros para quedarse siempre a nuestro lado.
Dos formas de reaccionar: El miedo o la confianza
Hoy la Palabra nos pone ante dos espejos muy distintos para vernos reflejados:
- El rey Acaz: Es la imagen de la desconfianza. Dios le ofrece una señal y él, con una falsa humildad, la rechaza. En realidad, no quiere que Dios se meta en sus planes políticos. A veces, nosotros nos parecemos a él: preferimos nuestras seguridades y nos cuesta dejar que Dios «nos complique la vida» con sus señales de amor.
- San José: Es el hombre bueno que se fía. Él tiene dudas, y es normal. ¿Quién no dudaría ante algo tan grande? Pero José no se encierra en su miedo. Cuando el ángel le explica que ese niño salvará al pueblo, José cambia sus planes, deja a un lado su comodidad y acoge a María y a Jesús.
Hoy se nos invita a ser más «Josés» y menos «Acaz». A no dejar que la Navidad nos coja «de vacaciones» o despistados en otras cosas, sino con un corazón sencillo que se fía de Dios a pesar de las incomprensiones.
El secreto más grande: El corazón humano
No celebramos el nacimiento de Papá Noel, ni solo una fiesta bonita. Celebramos que Dios nos ama tanto que quiere entrar en nuestra vida. Y para eso hace falta preparar el corazón.
Acojamos al Amor, a Jesús. Alguien dijo una vez: «Ni el cielo ni la tierra son suficientemente grandes para contener a Dios; solo el corazón humano puede hacerlo». Esa es la verdadera cuna donde Dios quiere nacer.
¡Qué verdad tan profunda! Dios no quiere nacer en un centro comercial ni solo en una figura de barro del belén. Dios quiere nacer en nuestro interior. Pero para que eso ocurra, necesitamos preparar el sitio con tres herramientas que José y María usaron muy bien:
- El Silencio: Hay demasiado ruido fuera y dentro de nosotros. Necesitamos callar un poco para escuchar lo que Dios nos susurra.
- La Oración: Abrir nuestro corazón al misterio. Hablar con Él como con un amigo que viene a casa.
- La Ternura: En el Niño que nace, Dios nos muestra su ternura. Acoger a Jesús es también acoger a los demás con esa misma dulzura y cercanía.
Un Dios que quiere ser el protagonista
Hoy vemos dos actitudes muy distintas: la del rey Acaz, que no se fía de Dios, y la de José, que confía incluso sin entenderlo todo. Al acercarnos en estos días al portal de Belén, acerquémonos con un corazón sencillo, como el de José, para reconocer en ese Niño al Emmanuel, Dios-con-nosotros.
Hemos encendido la cuarta vela de Adviento, la vela de la acogida. Que no se nos pase la Navidad sin darnos cuenta, distraídos en otras cosas. Dios quiere ser el protagonista de nuestra Navidad, entrar en nuestra vida y cambiar nuestro corazón. Solo nos pide una cosa: confiar y acoger.
¡Feliz Domingo!
