En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: -«Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas caminan delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús, les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: -«Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
REFLEXIÓN
En este tiempo pascual seguimos contemplando el rostro de Cristo resucitado. Y hoy la Iglesia nos regala una imagen que no solo es bella, sino también muy cercana a nuestra vida: Jesús como el Buen Pastor.
Pero el evangelio de hoy va incluso un poco más allá de lo que esperamos. Jesús no dice únicamente que es el pastor. Dice algo más sorprendente: «Yo soy la puerta de las ovejas.» ¿Qué quiere decir con esto? Vamos a verlo juntos.
Una puerta: no para cerrarse, sino para abrir
Pensad un momento en lo que es una puerta. En vuestra casa, en el colegio, en la iglesia. Una puerta puede ser límite, puede ser protección, puede ser barrera. Pero, sobre todo, una puerta es un lugar de paso. Una puerta sirve para entrar.
Cuenta la historia que un viajero llegó a una ciudad amurallada y preguntó cómo llegar al interior. Le señalaron una puerta pequeña, casi escondida, en un lateral de la muralla. Parecía insignificante. Pero quien la conocía sabía que era el único acceso al interior, donde estaba el agua, el mercado, la vida.
Algo parecido pasa con Jesús. En medio de tantos caminos que el mundo nos propone, él dice: yo soy la entrada. No una de las entradas, sino la puerta. La que lleva a donde de verdad merece la pena llegar.
A veces tenemos una imagen de Dios un poco equivocada: como si fuera alguien que pone normas para limitarnos, para impedirnos disfrutar de la vida. Pero Jesús dice exactamente lo contrario: «El que entre por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará pastos.» Es una imagen de libertad, no de prisión. De plenitud, no de restricción.
Tantas voces… ¿cuál seguir?
Jesús habla también en el evangelio de las ovejas que reconocen la voz del pastor. Y aquí toca algo que nos afecta a todos, especialmente hoy.
Vivimos rodeados de voces. El móvil, las redes sociales, la publicidad, las opiniones de unos y de otros. Muchas de esas voces nos dicen lo que tenemos que querer, cómo tenemos que vivir, qué nos hará felices. Y no siempre aciertan.
Un niño pequeño que se pierde en un centro comercial empieza a oír muchas voces. Hay personas que lo llaman, que intentan ayudarlo. Pero solo hay una voz que lo tranquiliza de verdad: la de su madre. La reconoce, aunque esté lejos, aunque haya ruido. Porque la ha escuchado desde siempre.
Algo así ocurre con nosotros y con Cristo. Su voz no siempre es la más llamativa. No grita. No promete cosas fáciles. Pero quien aprende a escucharla la reconoce: en la Palabra de Dios, en la oración, en la propia conciencia, en la vida de la Iglesia.
No todas las voces conducen a buen puerto. Algunas prometen mucho y vacían por dentro. La voz del Señor, en cambio, da vida. Eso es lo que dice el Salmo de hoy: «El Señor es mi pastor, nada me falta.» No falta nada. No porque no haya dificultades, sino porque hay un guía de confianza.
Vida en abundancia: ¿qué significa eso?
Al final del evangelio, Jesús pronuncia una frase que merece que nos detengamos un momento:
«Yo he venido para que tengáis vida, y la tengáis en abundancia.»
¿Vida en abundancia? ¿Qué quiere decir eso? No significa que todo vaya bien siempre, ni que no haya enfermedades, ni problemas económicos, ni pérdidas. No es una promesa de comodidad.
Significa algo mucho más hondo: que nuestra vida tiene sentido. Que no estamos solos. Que hay un camino y una meta. Que incluso en los momentos difíciles, hay alguien que nos acompaña y que va por delante.
La primera lectura nos lo muestra en vivo. Pedro predica en Pentecostés, la gente escucha, se conmueve, se convierte, y empieza a vivir de un modo diferente. Tres mil personas en un solo día. No porque les prometieran una vida fácil, sino porque descubrieron que tenía sentido seguir a Cristo.
La vida en abundancia no es la vida sin problemas. Es la vida con Cristo en medio de los problemas.
¿Por qué puerta estoy entrando yo?
Os propongo una pregunta muy concreta para llevaros a casa esta semana. Sencilla, pero no superficial:
«¿Por qué puerta estoy entrando en mi vida?»
Porque todos entramos por alguna puerta. Todos construimos nuestra vida apoyándonos en algo: el trabajo, el reconocimiento de los demás, el dinero, las relaciones, el placer inmediato… o Cristo.
Ninguna de esas puertas, excepto una, conduce a la vida verdadera. Y la buena noticia es que la puerta de Cristo está siempre abierta. No hay hora de cierre. No hace falta historial limpio para entrar. Basta con querer pasar.
Cristo no es una idea bonita ni una teoría espiritual. Es la puerta abierta que conduce a la vida verdadera. En un mundo lleno de caminos confusos, de voces que prometen y no cumplen, Él sigue diciendo hoy lo mismo que hace dos mil años:
«Pasa por mí. Confía en mí. Yo te llevaré a la vida.»
Pidámosle hoy, que aprendamos a reconocer su voz, que tengamos el valor de seguirle, y que experimentemos esa vida en abundancia que solo Él puede darnos.
¡¡Feliz Domingo!!
