1 de mayo
Blanca y erguida, sin adornos, la cala pone en el altar de María la belleza de lo sencillo. No necesita artificios para llamar la atención. Le basta con ser lo que es.
En este día del trabajo, queremos pedirte, Santa María, que acompañes a todos los que madrugan cada mañana para ganarse el pan con honradez. Y también a los que buscan empleo y no lo encuentran, que sufren en silencio la vergüenza de sentirse inútiles. Tú que viviste en una casa de trabajo y de pobreza digna, intercede por ellos.
San José, esposo tuyo y compañero de camino, nos enseñó que el trabajo bien hecho es una oración. Que el sudor de cada día, ofrecido a Dios, vale más que muchos discursos. Que en lo pequeño y cotidiano está escondida la grandeza.
Que esta cala que ponemos a tus pies, Madre, sea nuestra petición por quien trabaja y por quien espera. Porque nadie merece quedarse sin la dignidad de un pan ganado con sus propias manos.
«El trabajo bien hecho es la mejor oración que un hombre puede elevar a Dios» (San Juan Bosco)
2 de mayo
La violeta es pequeña. Casi se esconde entre las hojas. No presume, no grita, no llama la atención. Y sin embargo, quien la encuentra no puede evitar detenerse, porque su perfume lo llena todo.
María fue así. Una muchacha de un pueblo pequeño, de familia sencilla, sin títulos ni privilegios. Y sin embargo, Dios eligió ese corazón escondido y humilde para hacer la obra más grande de la historia.
A veces pensamos que, para que Dios nos utilice, tenemos que ser importantes o tener mucho que ofrecer. María nos desmiente con su vida: basta con decir sí con el corazón limpio.
Hoy ofrecemos esta violeta a la Virgen como expresión de nuestro deseo de ser más sencillos. Menos preocupados por aparentar. Más atentos a lo que Dios nos pide en lo pequeño de cada jornada.
«La humildad es la madre de todas las virtudes» (Santo Tomás de Aquino)
3 de mayo
Los niños la conocen bien. Con sus pétalos blancos y su corazón amarillo, la margarita es la flor que da alegría sin pretenderlo.
Cuando María dijo «sí» al ángel, deshojó para siempre la margarita de la duda. No hubo en ella un «sí, pero…» ni un «ya veremos». Fue un sí limpio, entero, sin reservas.
Cuántas veces nosotros vivimos nuestra fe como una margarita a medio deshojar: hoy sí, mañana no; en la iglesia sí, en la calle no; cuando me conviene sí, cuando me cuesta no.
La margarita que hoy ofrecemos a María es nuestro deseo de ser más coherentes. De que nuestra fe no dependa del humor que tengamos ese día, ni de lo que digan los demás. Que el «sí» a Dios sea tan sencillo y tan claro como el color de esta flor.
«No basta con empezar bien. Hay que llegar hasta el final» (San Ignacio de Loyola)
4 de mayo
El jacinto nace en primavera como una explosión de color y de perfume. Quien lo ve por primera vez no puede creer que tanta belleza haya salido de un pequeño bulbo enterrado bajo la tierra.
Así es la gracia de Dios. Trabaja en silencio, en lo escondido, donde nadie mira. Y un día, de repente, florece.
María supo guardar en su corazón todo lo que Dios iba sembrando en su vida. Lo fue guardando con cuidado, como la tierra guarda el bulbo del jacinto, esperando el momento de Dios. Qué bien nos vendría aprender esa paciencia.
Dejemos este jacinto a los pies de la Virgen y pidámosle que nos ayude a confiar en que Dios sigue obrando, aunque no lo veamos.
«Ten paciencia con todo el mundo, pero sobre todo contigo mismo» (San Francisco de Sales)
5 de mayo
No hay flor más conocida ni más amada que la rosa. Es la reina de las flores. Y, como tal, a la Reina de todas las madres se la ofrecemos hoy.
No hay rosa sin espinas. Eso lo sabe muy bien María. Su vida no fue un camino de pétalos. Fue un camino con alegrías y con heridas, con luz y con sombra. Desde el pesebre de Belén hasta el pie de la Cruz, María sujetó con fuerza la rosa de su fe, aunque las espinas le hicieran sangrar el corazón.
La vida cristiana no promete que no habrá dificultades. Promete que no estaremos solos en ellas. Y María lo sabe bien, porque ella las conoció todas.
Hoy le regalamos esta rosa con toda nuestra vida dentro: con sus flores y con sus espinas, con lo que nos alegra y con lo que nos pesa. Y le pedimos que la lleve ella en sus manos, que son manos de madre.
«Nadie te prometió un jardín sin espinas. Pero sí alguien que camina contigo entre ellas» (Anónimo)
6 de mayo
El narciso es una flor que llega cuando todavía hace frío. No espera a que el tiempo sea perfecto para florecer. Sale antes, con valentía, cuando los demás aún están esperando.
María tampoco esperó a que todo estuviera claro y resuelto. Cuando el ángel le anunció algo que no terminaba de entender, no dijo «déjame pensarlo». Confió, y salió al camino.
A nosotros, en cambio, nos cuesta tanto dar el primer paso. Siempre hay algo que no está del todo listo, algún momento mejor que está por venir, alguna duda que resolver antes de comprometerse.
Que este narciso nos recuerde que la fe no es esperar a tener todo bajo control. La fe es dar el paso aunque el camino no se vea del todo. Pidamos a María el coraje de los comienzos.
«La fe no es creer sin pruebas. Es confiar sin condiciones» (Anónimo)
7 de mayo
Todos los días el girasol hace lo mismo: se vuelve hacia el sol. No importa dónde esté, no importa el tiempo que haga. Sabe de dónde viene la luz y hacia allí se gira.
Eso mismo hizo María toda su vida. En cada momento, en cada decisión, en cada dificultad, su corazón se volvía hacia Dios como el girasol se vuelve hacia el sol.
Nosotros, en cambio, a veces nos orientamos hacia tantas otras cosas. El dinero, la opinión de los demás, el miedo, la comodidad. Y perdemos el norte.
Regalar un girasol a María es pedirle que nos ayude a recuperar la orientación. Que cuando nos hayamos despistado, ella nos recuerde hacia dónde hay que mirar. Que al final del día, como el girasol, hayamos buscado la luz más que la sombra.
«Busca la luz y la sombra caerá detrás de ti» (Proverbio popular)
8 de mayo
La flor del «pensamiento» tiene algo especial: sus pétalos parecen un rostro. Como si la flor te estuviera mirando. Como si te preguntara: «¿en qué piensas tú?»
María fue una mujer de interior profundo. El Evangelio nos dice que «guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón». No era una mujer de palabras fáciles. Era una mujer que pensaba, que saboreaba, que dejaba que las cosas de Dios calaran hondo.
En un mundo que no para, que no calla, que va siempre con prisa, María nos invita a hacer una pausa. A entrar dentro de uno mismo. A pensar, de verdad, en lo que importa.
Ofrecemos este «pensamiento» a la Virgen como deseo de vida interior más rica. Menos ruido. Más silencio. Menos pantallas. Más oración.
«El que no sabe callar, tampoco sabe hablar» (Sócrates)
9 de mayo
El clavel es la flor del amor que no se rinde. Rojo como la sangre, fragante como la entrega, firme como el corazón que ha decidido querer de verdad.
María amó así. No con un amor de palabras bonitas. Con un amor de entrega real, de sacrificio cotidiano, de «aquí estoy» aunque duela.
Hay personas que llevan años cuidando a un familiar enfermo, soportando una situación muy difícil, sin quejarse, sin presumir de ello. Esas personas se parecen mucho a María. Su amor, como el clavel, aguanta.
Hoy llevamos este clavel a la Virgen en nombre de todos los que aman en silencio, de los que cuidan sin que nadie se lo agradezca, de los que no se rinden aunque estén cansados. María los ve. María los acompaña.
«El amor verdadero no se mide por lo que recibe, sino por lo que da» (Santa Teresa de Calcuta)
10 de mayo
La lavanda no es una flor llamativa. No tiene grandes pétalos ni colores chillones. Pero quien la tiene cerca sabe que está ahí, porque su perfume lo llena todo suavemente, sin imponerse.
Así actúa la gracia de Dios. No a gritos. Sin forzar. Con esa delicadeza que solo tienen las cosas verdaderas.
María fue la primera en dejarse llenar por esa gracia. «Llena eres de gracia», le dijo el ángel. No llena de poder, ni de riqueza, ni de fama. Llena de Dios. Y eso se notaba en su manera de vivir, de hablar, de estar con los demás.
Poner lavanda a los pies de la Virgen es pedirle que nuestra vida cristiana tenga ese perfume suave que se nota sin que uno lo pretenda. Que allí donde estemos, algo de Dios se respire.
«La santidad no es para los perfectos, sino para los que quieren mejorar cada día» (Anónimo)
11 de mayo
El tulipán tarda mucho en florecer. Hay que plantarlo en otoño, esperar todo el invierno bajo tierra, y solo en primavera aparece ese color que lo vale todo.
La esperanza cristiana funciona igual. A veces hay que esperar mucho. A veces hay que pasar por inviernos largos y oscuros. Pero María nos dice que el frío no es el final. Que debajo de la tierra algo está creciendo.
Ella lo vivió: el silencio de Belén, la huida a Egipto, los treinta años escondidos en Nazaret, el dolor de la Cruz. Mucho invierno. Y luego, la Pascua. No hay situación sin salida cuando Dios está dentro de ella.
Plantemos hoy este tulipán a los pies de María y esperemos con ella. Que la esperanza no nos abandone. Que el invierno de dentro no nos convenza de que la primavera no va a volver.
«La esperanza es el sueño de un hombre despierto» (Aristóteles)
12 de mayo
La hortensia necesita agua. Mucha agua. Si se queda sin riego, enseguida lo muestra: sus pétalos caen, sus hojas se doblan, pierde el brillo. Pero con el agua justa, vuelve a florecer como si nada.
Nuestra vida espiritual es igual. Necesita el riego de la oración. Cuando la descuidamos, algo se marchita por dentro. No siempre lo notamos enseguida, pero con el tiempo se nota.
María fue una mujer de oración. No entendemos su «sí» al ángel, su fortaleza al pie de la Cruz, su alegría en Pentecostés, sin ese fondo de oración constante que sostenía su vida.
Hoy ofrecemos la hortensia a la Virgen con el deseo de cuidar más nuestra oración. No hace falta que sea larga ni complicada. Un momento sincero, un «Señor, aquí estoy», una mirada a la imagen de María antes de salir de casa. Eso ya es riego.
«La oración es el oxígeno del alma» (San Pío de Pietrelcina)
13 de mayo
La azucena es el símbolo de María por excelencia. Blanca, alta, perfumada. La Iglesia siempre la ha puesto en manos de la Virgen porque habla de lo que ella fue: pura, transparente, totalmente de Dios.
Hoy, fiesta de Nuestra Señora de Fátima, recordamos que María se apareció a tres niños pequeños para decirles algo muy sencillo: rezad, convertíos, confiad en Dios. No vino con discursos complicados. Vino con un mensaje que cualquiera puede entender.
Dios no nos pide ser doctos ni importantes. Nos pide el corazón limpio de un niño. Lucía, Jacinta y Francisco no sabían mucho, pero amaban de verdad. Y eso fue suficiente.
Dejemos hoy esta azucena a los pies de la Virgen de Fátima y renovemos nuestra devoción al Rosario. No como costumbre vacía, sino como conversación de hijos con su madre.
«No hay problema, por grande que sea, que no podamos resolver con el Rosario» (Beata Jacinta Marto)
14 de mayo
La adelfa florece en verano, con el calor más fuerte, cuando todo lo demás se seca. Se la encuentra en las cunetas, en los bordes de los ríos, en los sitios donde nada parece poder vivir. Y allí está ella, florida y verde.
María también floreció en los momentos más duros. Cuando todo parecía perdido, cuando el Hijo estaba en la Cruz y los discípulos habían huido, María seguía allí. Firme. Con una fe que no dependía de que las cosas salieran bien.
Qué bueno sería que nuestra fe fuera así. Que no se secara en los momentos de prueba. Que no desapareciera cuando las cosas se ponen difíciles.
Ofrecemos esta adelfa a la Virgen con el deseo de ser más resistentes en la fe. Más fieles en los días grises. Más capaces de permanecer cuando todo empuja a marcharse.
«El árbol que más aguanta el viento es el que tiene las raíces más profundas» (Anónimo)
15 de mayo
La amapola es una flor del campo. No nace en jardines cuidados ni en invernaderos. Nace entre el trigo, al borde del camino, donde nadie la plantó. Y cada año vuelve, sin que nadie la riegue, sin que nadie la cuide.
San Isidro la conocía bien. Él era un hombre del campo, de tierra y de trabajo, que encontraba a Dios en las cosas sencillas: en la lluvia que llega a tiempo, en la semilla que germina, en el pan de cada día.
María también supo encontrar a Dios en lo ordinario. Su vida fue vida de pueblo, de mercado, de agua traída del pozo. Y en medio de esa vida tan normal, fue la más santa de todos los tiempos. La santidad no está reservada para los que tienen mucho tiempo libre.
Dejemos esta amapola a los pies de la Virgen, en nombre de toda la gente sencilla que trabaja y lucha cada día con honradez y con fe.
«Cuando ores, trabaja; cuando trabajes, ora» (San Benito de Nursia)
16 de mayo
La petunia no es una flor delicada. Aguanta el calor, aguanta el viento, aguanta la lluvia. Y cuando parece que se ha estropeado, a los pocos días vuelve a cubrirse de flores.
Eso es lo que admira de María: su capacidad de levantarse. De seguir adelante. De no quedarse tirada en el suelo cuando la vida la golpeó.
Ninguno de nosotros estamos libres de caídas. De días en los que fallamos. La diferencia no está en caer o no caer. Está en levantarse.
Que María, que conoció el dolor y no se rindió, nos ayude a levantarnos. Que esta petunia sea símbolo de nuestra voluntad de volver a empezar, cuantas veces haga falta. Dios no se cansa de esperarnos.
«Caer no es fracasar. Fracasar es quedarse en el suelo» (Proverbio popular)
17 de mayo
La flor de pascua es roja como el fuego, como la vida, como el amor que no se apaga. La ponemos hoy a los pies de María en este día en que la Iglesia celebra la Ascensión del Señor.
Jesús se va, pero no abandona. Sube al Padre, pero deja el Espíritu. Y María, que ya vivió otra despedida en la Cruz, sabe esperar. Sabe que los adioses de Dios no son para siempre.
Cuántas veces pensamos que Dios se ha ido. Que no escucha. Que está lejos. Y sin embargo, está más cerca que nunca. Solo ha cambiado la manera de estar.
Con esta flor de pascua le decimos a María que creemos en el Resucitado. Que la Ascensión no nos deja huérfanos, sino llenos de esperanza. Que esperamos, como ella esperó en el Cenáculo, la venida del Espíritu que todo lo renueva.
«El cielo no es un lugar lejano. Es donde Dios está, y Dios está siempre muy cerca» (Anónimo)
18 de mayo
El lirio tiene una elegancia natural, sin artificio. No necesita nada extra para ser hermoso. Y sin embargo, tiene algo que lo hace diferente: una delicadeza que invita al recogimiento.
María tenía esa gracia. No era ostentosa. Era serena. Y en su serenidad había algo que hacía que la gente se sintiera bien a su lado.
Vivimos en un mundo donde se valora mucho el ruido, el impacto, el protagonismo. María nos recuerda que la verdadera dignidad no grita. Se nota sola.
Ofrecemos este lirio a la Virgen con el deseo de recuperar en nuestra vida algo de esa elegancia interior. De ser personas que hacen el bien sin alardear. Que hablan con cuidado. Que tratan a los demás con respeto y con afecto.
«La verdadera grandeza consiste en no querer parecer grande» (San Bernardo)
19 de mayo
La begonia florece a temporadas. A veces está llena de flores, otras parece que se ha apagado. Necesita cuidados constantes para estar en su mejor momento.
También hay cristianos así. De temporada. Llenos de fe en los momentos buenos, ausentes en los difíciles. Presentes en la iglesia en Navidad y Semana Santa, desaparecidos el resto del año.
María no fue una cristiana de temporada. Su fe no dependía del calendario ni de las circunstancias. Estuvo allí en Belén y en la Cruz, en las bodas de Caná y en el Cenáculo. Siempre. Sin pausas.
No se trata de ser perfectos. Se trata de ser constantes. De que la relación con Dios no sea algo que encendemos y apagamos, sino algo que vamos cuidando cada día. Pidamos a María la gracia de la constancia.
«La fidelidad no es un acto. Es un hábito» (Anónimo)
20 de mayo
La camelia es la flor de la amistad que resiste. Hay una tradición que dice que regalar una camelia es decirle a alguien: «cuento contigo». Es una declaración de lealtad.
María es eso para nosotros: alguien con quien contar siempre. No falla. No se cansa. No pasa de nosotros en los momentos difíciles. Cuando todos los demás se fueron, ella se quedó.
Pero también nosotros somos llamados a ser así con los demás. A ser el amigo que no desaparece cuando las cosas se ponen mal. ¿Hay alguien que sabe que puede llamarnos y encontrar respuesta?
Dejemos esta camelia a los pies de la Virgen y pidámosle que nos haga mejores amigos, mejores vecinos, mejores compañeros. Que nuestra amistad se parezca un poco a la suya.
«El amigo verdadero es el que llega cuando todos los demás se han ido» (W. Churchill)
21 de mayo
El gladiolo nace hacia arriba. Sus flores se abren de abajo hacia la punta, una a una, en orden, sin prisas. Como si supieran que cada momento tiene su flor y que no hay que quemar etapas.
María creció así en la fe. Poco a poco. Sin saltar pasos. Desde la niña que decía sí en Nazaret hasta la mujer que sostenía la Iglesia en el Cenáculo. Cada etapa tuvo su flor.
También nosotros tenemos nuestras etapas. No podemos exigirnos estar en la punta del gladiolo cuando todavía estamos en la primera flor. Lo importante es que el tallo esté bien plantado.
Hoy ofrecemos este gladiolo a la Virgen con el deseo de crecer en la fe con paciencia. Sin agobiarnos por lo que nos falta. Sin desanimarnos porque los demás parecen ir más adelante. Cada uno tiene su tiempo.
«No os comparéis con nadie. Sed la mejor versión de vosotros mismos» (San Francisco de Sales)
22 de mayo
La azalea es de esas flores que no exageran. Ni muy grande ni muy pequeña. Ni muy llamativa ni apagada. Con justa medida, dice lo que tiene que decir y no más.
Esa virtud de la justa medida, de no pasarse ni quedarse corto, se llama templanza. Y es una de las más necesarias en el mundo de hoy, donde todo tiende al exceso: el consumo, el ruido, la información, el entretenimiento.
María vivió en la justa medida. No acumuló. No presumió. No exigió más de lo que le correspondía. Y en esa sencillez encontró la paz. Cuántas veces nos roba la paz querer más de lo que necesitamos.
Que esta azalea que ofrecemos a María sea un deseo de vivir con más sencillez. De encontrar en lo que tenemos la suficiente riqueza para ser felices.
«No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita» (Anónimo)
23 de mayo
El geranio está en todas partes. En los balcones, en las ventanas, en los patios de los pueblos. No es una flor de lujo ni de escaparate. Es una flor de casa. Una flor de todos.
María es eso: una madre de todos. No solo de los que rezan mucho o van a misa todos los días. Es la madre del trabajador cansado, del enfermo que lleva meses en la cama, del joven que no sabe muy bien en qué creer, del anciano que reza el rosario cada tarde.
El geranio no discrimina. Florece en el balcón del rico y en la maceta de la abuela del pueblo. María tampoco discrimina. Acoge a todos. Y nosotros, sus hijos, hemos de aprender lo mismo.
Hoy le regalamos este geranio de casa, de barrio, de todos los días. Y le pedimos que nos contagie esa capacidad de acogida. Que nuestra comunidad cristiana sea un lugar donde nadie se sienta de más ni de menos.
«Una familia que reza unida, permanece unida» (Beato Patrick Peyton)
24 de mayo
Hoy el fuego del Espíritu Santo y el corazón de María Auxiliadora se encuentran. Por eso la flor de hoy es el crisantemo, que en tantos pueblos simboliza el sol, el fuego, la vida que no se apaga.
María estuvo en el Cenáculo cuando el Espíritu vino como viento y como fuego. Allí estaba ella, en el centro de aquel grupo de discípulos asustados, como una madre que sostiene a sus hijos en el momento decisivo.
Pentecostés no fue solo cosa de los apóstoles. Fue también la fiesta de María. El Espíritu que la había llenado en la Anunciación volvía ahora para llenar a toda la Iglesia.
María Auxiliadora —título que el pueblo cristiano le dio desde hace siglos— sigue siendo ese apoyo, esa presencia materna en los momentos de dificultad. Pidamos hoy el DON DE PIEDAD: que seamos más agradecidos, más atentos a los demás, más capaces de sentir a Dios cerca.
«Recuerda que nunca se oyó decir que alguien acudió a ti y fue rechazado» (San Bernardo)
25 de mayo
El alhelí crece en racimos. No es una sola flor solitaria, sino muchas flores juntas, formando un ramo que vale mucho más que cada una por separado.
La familia es así. No es una persona sola, sino muchos, distintos, con sus caracteres y sus diferencias, que juntos forman algo que ninguno podría ser por su cuenta.
Hoy la familia está siendo atacada desde muchos frentes. Le cuesta encontrar tiempo, le cuesta el diálogo, le cuesta perdonar. Necesita la intercesión de María, que también vivió en familia con sus alegrías y sus dificultades.
Que el DON DE SABIDURÍA del Espíritu Santo ayude a tantas familias a encontrar el camino del perdón, del diálogo y del amor que no se rinde. Presentamos este alhelí en nombre de todas las familias de nuestra comunidad.
«La familia es la primera escuela donde aprendemos a amar» (San Juan Pablo II)
26 de mayo
La orquídea es considerada la más refinada de todas las flores. Tiene algo que la hace única, irrepetible. Y sin embargo, necesita unas condiciones muy concretas para sobrevivir. Si no se la cuida bien, se marchita.
La fe es así. Es un don precioso, el más grande que tenemos. Pero no se conserva sola. Necesita cuidado, atención, alimento. Necesita la oración, los sacramentos, la comunidad.
Cuántas personas recibieron la fe de pequeños y la fueron dejando perder poco a poco, sin darse cuenta. Como una orquídea a la que nadie riega.
Hoy, al llevar esta flor a la Virgen, le pedimos que cuide nuestra fe. Que interceda por los que la han perdido. Que el DON DE ENTENDIMIENTO del Espíritu nos ayude a comprender mejor lo que creemos y a valorarlo como el tesoro que es.
«La fe es una lámpara. Si no la cuidas, se apaga» (Anónimo)
27 de mayo
El iris es una flor que tiene tres pétalos. Algunos han visto en ellos un símbolo de la Trinidad. Azul, morado, blanco: una sola flor, tres colores que se unen en armonía.
La Iglesia es también así. Formada por personas muy distintas —jóvenes y mayores, cultos y sencillos, de muchos países y culturas—, pero unidas por la misma fe, el mismo bautismo, el mismo Señor.
María es la madre de esa familia tan variada. No es la Virgen de un solo pueblo. Es la Madre de todos. La veneran en África y en América, en Asia y en Europa, cada uno a su manera, con su música y sus colores.
Que no nos olvidemos de que somos parte de algo mucho más grande que nuestra parroquia. El DON DE CIENCIA del Espíritu Santo nos ayuda a ver las cosas de Dios con amplitud.
«La Iglesia no es una fortaleza, sino una familia abierta a todos» (Papa Francisco)
28 de mayo
La hiedra no florece de manera vistosa. Pero hace algo que pocas plantas hacen: se agarra a lo que tiene delante y no suelta. Sube por la piedra más dura, cubre el muro más frío, y permanece verde en todas las estaciones.
La fidelidad es así. No siempre es llamativa ni hace mucho ruido. Pero permanece. Aguanta. No suelta.
María fue fiel. Cuando el ángel le anunció algo que no entendía del todo, fue fiel. Cuando Jesús fue crucificado y todo parecía terminado, fue fiel. Cuando los discípulos necesitaban una madre en el Cenáculo, estaba allí.
Que el DON DE FORTALEZA del Espíritu Santo nos sostenga en los compromisos que hemos adquirido. Que no soltemos la mano de Dios aunque cueste. En un mundo donde todo cambia tan deprisa, la fidelidad se ha convertido casi en una rareza.
«La fidelidad es el corazón del amor» (San Agustín)
29 de mayo
El romero es una planta humilde. Crece en los montes secos, entre piedras. No necesita mucho para vivir. Y sin embargo, es de las más útiles: aromatiza, cura, da sabor. Lo que tiene lo da todo.
Los santos son así. Gente sencilla que, con lo poco que tienen, da mucho. María fue la más santa, y también la más sencilla. No acumuló para ella. Todo lo que recibió lo puso al servicio de Dios y de los demás.
¿Qué damos nosotros? No en dinero necesariamente. En tiempo, en escucha, en presencia, en paciencia. ¿Hay alguien que puede decir que le hemos ayudado de verdad?
Dejamos hoy este romero a los pies de la Virgen. Que su olor sencillo y fuerte nos recuerde que lo pequeño que tenemos, bien dado, puede hacer mucho bien. Que el DON DE CONSEJO nos ayude a saber cuándo hablar y cuándo callar.
«No podemos hacer grandes cosas, solo cosas pequeñas con gran amor» (Santa Teresa de Calcuta)
30 de mayo
El jazmín no se ve de noche. Pero se huele. Su perfume llega antes que él, anuncia su presencia, lo hace reconocible aunque no haya luz.
El testimonio cristiano es así. A veces no hace falta decir grandes cosas ni hacer gestos espectaculares. Basta con que algo en nuestra manera de ser lleve el perfume del Evangelio.
María nunca dio discursos. Apenas habla en los Evangelios. Pero su presencia siempre fue significativa. Donde estaba María, algo de Dios se respiraba. ¿Somos nosotros así?
Que el jazmín que ofrecemos a la Virgen sea el deseo de que nuestra vida tenga ese perfume suave pero inconfundible del cristiano de verdad. Que el DON DE SANTO TEMOR DE DIOS nos haga vivir de manera que Dios se sienta honrado.
«El mejor argumento a favor del cristianismo es un cristiano feliz» (G. K. Chesterton)
31 de mayo
La madreselva trepa, busca, se abre camino. No se queda quieta. Su perfume dulce llega lejos, mucho más lejos de donde ella está. Es una flor que sale al encuentro del otro.
Eso es exactamente lo que hizo María en este día que hoy celebra la Iglesia. Recién enterada de que va a ser la Madre de Dios, no se queda en casa a disfrutar del momento. Se pone en camino. Va a ver a Isabel, que también necesita ayuda.
Eso es lo que hace quien lleva a Dios dentro: se mueve. Sale. Va al encuentro del otro. No se queda encerrado en su propia alegría.
Cerramos este mes de mayo con el deseo de ser como María en la Visitación. Que la fe que hemos alimentado durante este mes no se quede dentro. Que salga. Que llegue a los demás. Que quien nos encuentre note que hemos estado todo el mes con la Madre de Dios. Que el Espíritu Santo, con todos sus dones, siga soplando en nuestra vida. Y que María, nuestra Madre, nos lleve siempre de la mano hacia Jesús.
«Ve, y lo que hayas recibido, dáselo a los demás» (Santa Teresa de Lisieux)
