Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.

Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.

 

REFLEXIÓN

La Cuaresma es un tiempo que la Iglesia celebra desde sus primeros siglos, haciendo memoria de los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, guiado por el Espíritu.

Cuarenta días para entrar también nosotros en el desierto.

Y el desierto no es un lugar vacío sin más. Es el lugar de la escucha. El lugar donde se apagan los ruidos, donde se desmontan las falsas seguridades, donde el corazón vuelve a lo esencial. En medio de tanto agobio, de tanta prisa, de tanto estímulo constante, la Cuaresma nos propone hacer un pequeño desierto en nuestra vida.

La ceniza: la verdad sobre nosotros

Este primer día está marcado por la imposición de la ceniza, que procede de los ramos del Domingo de Ramos del año pasado. Aquellos ramos con los que aclamábamos a Cristo que entraba humilde y glorioso en Jerusalén… hoy se han convertido en ceniza.

El mensaje es claro. Sin Dios somos eso: ceniza.

¿Qué tenemos que no hayamos recibido?
Nuestra vida es don. Nuestra inteligencia es don. Nuestra fuerza es don. Nuestra fe es don. Todo es gracia.

Y, sin embargo, poco a poco se cuela en nosotros la autosuficiencia. El orgullo. La sensación de que lo que somos y lo que hacemos es exclusivamente mérito nuestro.

“¡Hay que ver lo que he conseguido! ¡Lo que he construido!”

La ceniza hoy nos susurra con fuerza:
No construyas sobre ti mismo. No construyas sobre lo que pasa. No construyas sobre la apariencia. Porque eso es inconsistente. Se sopla… y desaparece.

Cristo es la roca. Sólo sobre Él la vida tiene consistencia.

La Cuaresma es, por tanto, una llamada a la conversión: a volver a fundar nuestra existencia sobre el don de Dios, no sobre la imagen que queremos proyectar.

No construyas tu imagen

El Evangelio ha sido muy concreto: Cuando ayunes… cuando ores… cuando des limosna…

Jesús no cuestiona estas prácticas. Las da por supuestas. Lo que cuestiona es el modo.

No vayas tocando la trompeta.” No vivas para la imagen. No construyas tu identidad en este mundo de apariencias. No hagas de la vida espiritual un escaparate.

La conversión comienza cuando dejamos de actuar para ser vistos y empezamos a vivir para Dios.
Tu Padre, que ve en lo secreto…”

La Cuaresma es el tiempo de lo secreto. Del corazón. De la verdad.

Tres caminos concretos

El Evangelio nos ofrece tres medios muy claros para este camino.

El ayuno

No se reduce simplemente a privarse de alimentos —que también tiene su sentido—.

Ayunar es privarse de aquello que sabes que te hace daño.
De aquello que te esclaviza.
De aquello que ocupa tu tiempo y te roba la alegría.

Hay hábitos, dependencias, distracciones que nos vacían por dentro.

El ayuno nos ayuda a simplificar la vida. A volver a lo esencial. Y cuando la vida se simplifica, brota una alegría nueva.

La oración

Entra en tu habitación…”

Entra en tu interior. Ahí está el Señor.

La oración es reavivar un trato de amistad. Es contarle al Señor tu vida. Es dejar que su Palabra ilumine lo que eres.

¿Hace cuánto no te sientas en silencio ante Él?
¿Hace cuánto no le hablas con sencillez?

Quien no ora es como quien no respira. Y la oración misma es un don que hay que pedir.

La limosna

La limosna es salir de uno mismo.

No preguntarse tanto “¿cómo puedo ser feliz yo?”, sino “¿cómo puedo hacer feliz al otro?”

Compartir el tiempo. La escucha. Los bienes. La paciencia.

Cuando dejamos de mirarnos obsesivamente, empieza a brotar una carne nueva, una luz nueva, un sentido nuevo.

Tiempo de gracia

La Cuaresma no es un tiempo triste. Es un tiempo de gracia.

Es un don para amar mejor. Para amar más a Dios. Para amar más al prójimo.

Y cuando el amor crece, crece también la alegría profunda, esa alegría que no depende de circunstancias externas sino de estar cimentados en Dios.

Cuando recivas la ceniza, en tu interior podrás decir:

“Señor, sin Ti soy esto.
Pero contigo lo soy todo.
Soy tu hijo. Soy tu hija.
Y Tú eres el Señor de mi historia.”

Que esta Cuaresma no sea una más.
Que sea un verdadero regreso a la roca firme que es Cristo.