Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

REFLEXIÓN

Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Y quizá, al escuchar este nombre, alguno puede pensar: “Esto es muy importante, pero también muy difícil”. Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres Personas y un solo Dios. Un misterio grande, profundo, que no podemos abarcar del todo con nuestra inteligencia.

Pero la Trinidad no es un rompecabezas para especialistas. No es una especie de problema matemático sobre cómo tres pueden ser uno. La Trinidad es la revelación más profunda de quién es Dios: Dios no es soledad. Dios es comunión. Dios es amor.

Hace unos días escuché una pregunta muy sencilla, pero muy honda. Una niña pequeña preguntó a su madre:
“Mamá, ¿Dios está solo?”

La madre se quedó un poco sorprendida, sin saber muy bien qué responder. Pero en realidad, aquella niña había hecho una pregunta enorme. Porque hoy, en esta fiesta, la Iglesia responde precisamente a eso: Dios no está solo. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios es, desde siempre y para siempre, una comunión de amor.

Antes de que existiera el mundo, antes de que existiéramos nosotros, antes de nuestros problemas, nuestras alegrías, nuestras heridas y nuestros planes, ya existía el amor. Dios no empezó a amar cuando creó el mundo. Dios no empezó a amar cuando nos creó a nosotros. Dios es amor desde siempre.

El Padre ama al Hijo. El Hijo ama al Padre. Y ese Amor vivo, esa comunión, esa corriente de vida entre el Padre y el Hijo, es el Espíritu Santo.

Por eso, cuando decimos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, estamos diciendo algo muy serio: hemos sido creados para amar, para vivir en relación, para salir de nosotros mismos, para crear comunión.

Una persona que vive encerrada en sí misma, solo pensando en lo suyo, en sus gustos, en sus razones, en sus intereses, acaba secándose por dentro. En cambio, cuando uno ama, cuando se entrega, cuando escucha, cuando perdona, cuando cuida, cuando se preocupa por los demás, entonces empieza a parecerse más a Dios.

La primera lectura nos presenta a Moisés en el monte Sinaí. Y allí Dios pasa ante él y se define a sí mismo con unas palabras preciosas:
Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad”.

Fijaos bien. Cuando Dios habla de sí mismo, no presume de poder, no se presenta como alguien lejano, frío o inaccesible. Dios se presenta como compasivo, misericordioso, paciente, lleno de amor y de fidelidad.

Esto es muy importante. Porque a veces podemos tener una imagen equivocada de Dios. Podemos imaginarlo como un juez severo, como alguien que está esperando nuestro fallo para castigarnos, como un vigilante frío que mira desde lejos. Pero la Palabra de Dios nos dice otra cosa: Dios es compasivo y misericordioso. Dios no es indiferente a nuestra vida. Dios se implica. Dios acompaña. Dios perdona. Dios ama.

Y el Evangelio de hoy lo resume con una de las frases más hermosas de toda la Biblia:

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único”.

No dice: “Tanto se cansó Dios del mundo”.
No dice: “Tanto se enfadó Dios con el mundo”.
No dice: “Tanto despreciaba Dios al mundo”.
Dice: Tanto amó Dios al mundo”.

Esta frase deberíamos guardarla muy dentro. Porque nos recuerda cuál es la mirada de Dios sobre nuestra vida. Dios mira el mundo con amor. Dios mira nuestras heridas con amor. Dios mira nuestras caídas con amor. Dios mira incluso nuestras miserias con deseo de salvarnos, no de destruirnos.

El Evangelio lo dice claramente:
Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

Esta es la gran noticia cristiana: Dios no viene a hundirnos, viene a levantarnos. No viene a alejarnos de Él, viene a buscarnos. No viene a echarnos en cara simplemente lo que hemos hecho mal, viene a ofrecernos un camino de salvación.

Podemos poner un ejemplo sencillo. Pensemos en una mesa de familia.

Cuando una familia se sienta a la mesa, puede ocurrir que todos estén juntos, pero cada uno esté encerrado en lo suyo: uno con el móvil, otro de mal humor, otro sin hablar, otro respondiendo mal. Están cerca físicamente, pero lejos por dentro.

En cambio, cuando en esa mesa hay escucha, paciencia, interés por el otro, una palabra amable, una sonrisa, una capacidad de perdonar, entonces esa mesa se convierte en hogar. No es solo un sitio donde se come. Es un lugar donde uno se siente querido, acogido, acompañado.

Algo parecido sucede en la vida. En una familia, en una parroquia, en un colegio, en un grupo, en un trabajo, podemos estar juntos y, sin embargo, vivir cada uno a lo suyo. O podemos intentar vivir de otra manera: creando comunión, cuidando los vínculos, no rompiendo por cualquier cosa, no dejando que el orgullo tenga siempre la última palabra.

La Trinidad nos enseña precisamente eso: vivir unidos sin tener que ser todos iguales; ser distintos sin estar enfrentados; tener diversidad sin romper la comunión.

Y esto tiene una aplicación muy concreta para nuestra vida diaria.

A veces el problema no está en que no creamos en Dios. El problema es que vivimos demasiado centrados en nosotros mismos: mi opinión, mis planes, mis heridas, mis derechos, mis razones, mi manera de ver las cosas. Y cuando cada uno se coloca en el centro, la convivencia se hace difícil.

Por eso hoy podríamos preguntarnos con sinceridad:

¿Soy una persona que crea comunión o que crea división?
¿Ayudo a que haya paz en mi casa o aumento los conflictos?
¿Sé escuchar o solo quiero tener razón?
¿Sé pedir perdón?
¿Sé perdonar?
¿Vivo mi fe como algo individualista o me siento parte de una comunidad?

Porque no se puede creer de verdad en un Dios que es comunión y vivir siempre rompiendo la comunión con los demás.

La Trinidad no es una idea lejana. Está presente en nuestra vida cristiana desde el principio. Fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Comenzamos la oración haciendo la señal de la cruz. La Misa comienza con ese saludo que san Pablo nos recuerda hoy:
La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros”.

Cada vez que hacemos la señal de la cruz, aunque a veces la hagamos deprisa, estamos diciendo algo inmenso: mi vida pertenece a Dios. Mi día, mis pensamientos, mis palabras, mis decisiones, mis trabajos, mis sufrimientos y mis alegrías los pongo bajo el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Sería bonito que esta semana hiciéramos la señal de la cruz con más calma. Al levantarnos, antes de salir de casa, antes de empezar un trabajo, antes de una dificultad, antes de dormir. No como un gesto automático, sino como una pequeña profesión de fe.

Y podríamos decir interiormente:

Padre, cuida de mí.
Jesús, camina conmigo.
Espíritu Santo, guíame.

¡¡Feliz Domingo!!