Jesús los acogía, les hablaba del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación. El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado». Él les contestó: «Dadles vosotros de comer». Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente». Porque eran unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: «Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno». Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos.

 

Vivimos en un mundo de envases. Lo que importa muchas veces no es tanto el contenido como la presentación. Cuando compramos algo, es fácil dejarnos seducir por el envoltorio: un papel brillante, una caja lujosa, un diseño atractivo. Y a veces, tras tanto envoltorio… el contenido decepciona. Puede pasar también en la vida: mucha apariencia, mucho ruido, y poca verdad.

En la fiesta del Corpus Christi, nos enfrentamos a algo que rompe esa lógica: un contenido infinito en un “envoltorio” humilde. Hoy adoramos al Señor presente en una pequeña Hostia blanca. Sin brillos, sin colores, sin grandes formas. Pero en ella, está Cristo vivo y glorioso, el mismo que multiplicó los panes, el mismo que lavó los pies, el mismo que murió en la cruz y resucitó.

Hoy, como en el Evangelio, vemos a una multitud que busca a Jesús. Escuchan su Palabra, se quedan hasta tarde, y tienen hambre. Los discípulos, como muchas veces nosotros, le dicen: “Despídelos, que vayan a buscar comida”. Pero Jesús responde: “Dadles vosotros de comer”. Y con cinco panes y dos peces, hace el milagro.

Pero hay algo curioso: el milagro no ocurre de repente, como un truco de magia. Ocurre en el partir, en el compartir. El milagro ocurre en las manos de Jesús, pero también en las manos de los discípulos. El pan se multiplica cuando se reparte. Es el mismo gesto que hará en la Última Cena y que repite el sacerdote en cada misa: tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio.

Esto es la Eucaristía:
– No un símbolo bonito,
– No un rito para recordar algo del pasado,
– Sino la presencia real de Jesús, que se parte y se entrega por amor.

  1. Un pan que no sacia el estómago, sino el alma

Es posible que alguien comulgue y no experimente nada sensible. Pero ese Pan toca el alma, la transforma, la fortalece, la renueva desde dentro. Es alimento que no se ve, pero que actúa. No es como el pan del supermercado, que desaparece y se gasta. Este Pan permanece, da vida eterna, es semilla de resurrección.

  1. Un pan para todos, un pan que nos hace uno

En un mundo donde hay tanto individualismo, la Eucaristía nos recuerda que no estamos solos. Todos comulgamos del mismo Pan. Es imposible comulgar de verdad y no interesarse por los demás. Si recibo a Cristo y no cambio, si comulgo pero no sirvo, algo está fallando. La Eucaristía no termina en el “Amén”, sino en la vida compartida, en la caridad concreta.

  1. Un pan que nos hace Iglesia en salida

Hoy, el Señor no quiere quedarse encerrado en la Custodia. Quiere pasar por nuestras calles, mirar nuestras casas, bendecir nuestras familias. No lo hacemos por folclore, ni para mantener una tradición: procesionamos con Él porque creemos que sigue caminando entre su pueblo. Y al salir con Él, proclamamos nuestra fe, mostramos nuestra esperanza, y renovamos nuestro compromiso: queremos ser también nosotros pan partido para el mundo.

Hoy no basta con mirar el Pan. Hay que adorarlo, recibirlo, y vivirlo. Que no nos pase como con los regalos bonitos pero vacíos. Aquí tenemos el mayor tesoro escondido en el envoltorio más humilde. Dios ha querido quedarse en el pan para ser cercano, para que nadie tenga miedo de acercarse.

Que la Eucaristía sea el centro de nuestra vida, no sólo en el templo, sino también en nuestras calles, en nuestras casas, en nuestra manera de vivir. Porque donde hay amor que se parte y se entrega, allí está Cristo, allí está el milagro.

Y que María, mujer eucarística, nos enseñe a acoger a su Hijo con fe, a guardarlo en el corazón y a llevarlo con alegría a los demás.

¡¡Feliz Domingo!!