En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero no podéis sobrellevarlas ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que va a venir. Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso dije: «Recibe de lo mío y os lo anunciará».
Hoy celebramos dos grandes misterios de nuestra fe: por un lado, el misterio de Dios Uno y Trino, centro y cima de todo lo que creemos; por otro, la fiesta patronal de la Virgen del Rosario, nuestra Madre y protectora, a quien miramos con cariño y devoción.
La solemnidad de la Santísima Trinidad nos recuerda que Dios no es soledad, sino familia, comunión, amor eterno entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y esa comunión no queda encerrada en el cielo, sino que Dios ha querido compartirla con nosotros.
María, la mujer que vivió en el corazón de la Trinidad
Y aquí entra María. ¿Qué mejor que fijarnos en ella, hoy que la celebramos como patrona de nuestro pueblo, de nuestra parroquia, de nuestras familias?
María vivió completamente unida al Padre, al Hijo y al Espíritu.
– Hija amada del Padre, que confió en su Palabra sin reservas.
– Madre del Hijo, que lo llevó en su seno y lo acompañó hasta la cruz.
– Esposa del Espíritu, que la cubrió con su sombra y la llenó de gracia.
Podemos decir que la Virgen del Rosario es reflejo luminoso del amor trinitario. En su vida vemos lo que significa vivir en Dios y para Dios, en oración, servicio, humildad y confianza.
El Rosario: una escuela de contemplación
El Rosario que rezamos con tanto cariño a lo largo del año, especialmente en octubre, es precisamente una oración profundamente trinitaria.
Cada misterio que meditamos es obra del Padre, del Hijo y del Espíritu, y cada avemaría nos lleva al centro de la fe: Jesús, fruto bendito del vientre de María.
Al rezar el Rosario, entramos en la escuela de María, aprendemos a mirar la vida con sus ojos y a unirnos a su oración.
Y cuando lo rezamos como comunidad, fortalecemos los lazos entre nosotros, alimentamos la esperanza y protegemos espiritualmente a nuestras familias, a nuestro pueblo y a la Iglesia entera.
Un día para celebrar y dar gracias
Hoy es día de acción de gracias y compromiso. Damos gracias a Dios, que es Trinidad de Amor, por habernos creado, salvado y acompañado con su Espíritu. Y damos gracias también por darnos a María como madre y patrona, por su intercesión constante y por su presencia cercana en nuestras vidas.
Y también renovamos nuestro compromiso:
– A vivir como verdaderos hijos del Padre: confiando en su providencia.
– A seguir al Hijo con fidelidad y entrega, como discípulos misioneros.
– A dejarnos guiar por el Espíritu, que nos hace Iglesia viva.
Y todo esto, de la mano de María, que siempre nos lleva a Jesús.
Que nuestra comunidad sea reflejo del amor de Dios
En estos tiempos en que tantas veces reina la división, la indiferencia o el egoísmo, nuestra comunidad cristiana está llamada a ser imagen de la Trinidad:
– Unidad en la diversidad.
– Amor que se entrega.
– Vida compartida.
Que cada familia, cada grupo, cada corazón, sea un pequeño icono del Dios Trino. Que donde estemos, resplandezca el amor del Padre, la entrega del Hijo y la fuerza del Espíritu.
Y que en todo ello nos acompañe la Virgen del Rosario, que nos cubra con su manto y nos enseñe a vivir en Dios y para Dios.
Oración final
Santísima Trinidad,
fuente de todo bien,
haz de nosotros una comunidad unida en tu amor.
Padre, enséñanos a confiar.
Hijo, guíanos con tu Palabra.
Espíritu Santo, transforma nuestros corazones.
Y tú, Virgen del Rosario,
intercede por nosotros,
guíanos como Madre y Señora,
y llévanos siempre a Jesús.
Amén.
¡Feliz Domingo!
