Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: «Donde yo voy no podéis venir vosotros». Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros». Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde». Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti». Jesús le contestó: «¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces.
Estamos ya en el Quinto Domingo de Pascua. El gozo de la Resurrección no es un recuerdo lejano, sino una luz que sigue iluminando nuestro camino. En este tiempo, Cristo Resucitado nos sigue hablando al corazón, y hoy nos invita a mirar lo esencial: el amor.
El mandamiento nuevo
Jesús nos dice hoy: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado». Este mandamiento no es nuevo por el contenido —el amor ya estaba en la Ley—, sino por la medida y el modelo: como yo os he amado.
Y no lo dice en un momento cualquiera. Acaba de salir Judas del cenáculo. La traición está en marcha. Y en lugar de condenar o lamentarse, Jesús habla con ternura: «Hijitos míos». Es un momento íntimo, cargado de emoción, de entrega, de cariño del Hijo que revela todo el amor del Padre. Es el testamento de quien va a dar la vida.
El amor cristiano, signo inconfundible
«En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros». No dice que nos reconocerán por nuestra liturgia, ni por nuestra doctrina, ni siquiera por nuestras obras. El único distintivo verdadero es el amor vivido al estilo de Jesús.
Un amor que lava los pies. Un amor que perdona desde la cruz. Un amor que abraza la fragilidad del otro. Un amor que no se retira ante el pecado o la traición, sino que se entrega aún más.
¿Nos amamos así? ¿Se nota en nuestras comunidades, nuestras familias, nuestras parroquias?
Un amor que transforma el mundo
La primera lectura nos muestra a Pablo y Bernabé consolidando comunidades, fortaleciendo la fe. No era un amor de sentimientos, sino de compromiso: organizar, acompañar, animar. El amor cristiano es creativo, es perseverante, es realista.
La segunda lectura nos habla de una esperanza: la nueva Jerusalén, el cielo nuevo, la morada de Dios con los hombres. En ella no habrá más lágrimas, ni luto, ni dolor. Y esa esperanza no es algo futuro sin más: es ya semilla en cada gesto de amor verdadero que vivimos aquí. Cada vez que perdonamos, cuidamos, acogemos, el cielo se transparenta.
El amor en nuestro mundo herido
Hoy, el mandamiento del amor suena con urgencia. En un mundo dividido, polarizado, muchas veces violento… estamos llamados a ser artesanos de comunión.
No basta con hablar de amor. Hay que traducirlo:
- En el perdón ofrecido donde hay heridas.
- En la cercanía a los que sufren.
- En el cuidado del migrante, del pobre, del diferente.
- En el compromiso por la justicia, por la paz, por el bien común.
- En la ternura de lo cotidiano: en casa, en el trabajo, en la comunidad.
Amar como Cristo no es fácil. Pero Él nos ha amado primero. Y si permanecemos en Él, si nos alimentamos de su Palabra y de su Cuerpo, entonces su amor en nosotros se hace posible.
El mandamiento del amor no es una propuesta bonita, es el centro de nuestra identidad como cristianos. Lo que Cristo nos pide, nos lo ha dado antes. Nos lo ha enseñado con su vida. Nos lo ha dejado como herencia.
Que esta Pascua sea un tiempo para volver al amor primero, para renovar nuestro deseo de amar como Jesús, y para dejarnos transformar por ese amor que hace nuevas todas las cosas.
