En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

REFLEXIÓN

Cuando vamos en grupo a algún sitio —una excursión, una celebración, un encuentro al que no hemos ido nunca— lo primero que hacemos es abrir el móvil y mirar la ruta. Pero todos sabemos que las aplicaciones tienen sus fallos. Se quedan sin señal, te mandan por un camino cortado, te llevan con toda la confianza del mundo a un sitio que no es.

Por eso, lo que de verdad da seguridad no es la pantalla del teléfono, sino que alguien del grupo levante la mano y diga: «Yo sé ir». Y ese alguien no solo conoce el destino: conoce el camino. Sabe dónde hay atascos que conviene evitar, dónde el tramo es peligroso y hay que ir despacio, dónde se puede parar a descansar, qué desvío tomar cuando la ruta principal está cortada.

Hoy, en este quinto domingo de Pascua, Jesús nos recuerda que somos viajeros. Que vamos hacia algún sitio.

«Me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo.«

Hay un destino. Hay alguien que se ha adelantado para recibirnos.

LA PREGUNTA DE TOMÁS — Y LA NUESTRA

Y en ese contexto surge la pregunta de Tomás, tan sincera, tan nuestra:

«Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?«

Es una pregunta muy lógica. En teoría, todos tenemos más o menos claro adónde queremos llegar. Pero lo que no tenemos tan claro es la ruta concreta, lo que nos vamos a encontrar en cada etapa.

Porque el viaje de la vida no viene planificado al milímetro:

  • En el día a día aparecen obstáculos —personales, familiares, laborales— que hay que sortear.
  • Hay zonas peligrosas: tentaciones, actitudes, criterios que si no los evitamos nos apartan de la ruta sin que nos demos casi cuenta.
  • Hay épocas en las que vamos demasiado acelerados, hemos asumido demasiado, y necesitamos bajar el ritmo.
  • Otras veces nos hemos acomodado, hemos caído en la rutina, nos dejamos llevar, y hay que espabilarse.
  • A veces notamos que el depósito está casi vacío —nos falta impulso en la vida familiar, espiritual, en la ilusión por lo que hacemos— y necesitamos repostar.
  • Y también llegamos a encrucijadas: hay que elegir, hay que decidir, y no siempre está claro qué camino tomar.

Por eso la pregunta de Tomás es tan nuestra: ¿Cómo saber el camino en lo concreto, en lo de cada día?

YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA

Y Jesús no le da un mapa. No le entrega unas instrucciones. Le dice algo mucho más desconcertante y mucho más hermoso:

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.»

No alguien que sabe el camino. Él es el Camino.

Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. El que sabe el camino te da indicaciones y luego te deja solo. El que es el camino camina contigo. Conoce el terreno no porque lo haya estudiado en un mapa, sino porque lo ha pisado. Ha sorteado los mismos obstáculos. Ha atravesado las mismas zonas peligrosas. Ha conocido la fatiga, la duda, la tentación de tomar un desvío más cómodo. Y cuando te paras a preguntarle «¿falta mucho?», no te contesta con kilómetros.

«Sigue conmigo.»

Jesús es la Palabra hecha carne. Con toda su vida —sus palabras, sus gestos, sus silencios, su modo de tratar a cada persona— nos ha mostrado por dónde discurre la ruta que lleva a la Casa del Padre, entre la maraña de caminos que el mundo nos propone.

Y cuando Felipe le dice «muéstranos al Padre y eso nos basta», Jesús le responde con una paciencia infinita:

«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.«

No hay que buscar más lejos. No hay que esperar una revelación extraordinaria. El Padre se ha hecho visible en el Hijo, en cada curación, en cada perdón, en cada vez que Jesús se sienta a comer con alguien a quien nadie quiere tener cerca.

EL DISCERNIMIENTO: AJUSTAR LA RUTA EN CADA CURVA

Entonces, ¿cómo seguimos ese Camino en la práctica? Con lo que podríamos llamar una actitud permanente de discernimiento.

Hasta no hace mucho, esta palabra parecía reservada a quienes tenían que decidir una vocación especial. Pero no. Discernir es, simplemente, descubrir desde la oración y la apertura al Espíritu qué hemos de hacer, qué decisiones —grandes y pequeñas— hemos de tomar en cada etapa del viaje.

No es complicado. Es preguntarle a Jesús, que es el Camino, qué desvío tomar cuando llega la encrucijada:

«En esta decisión que tengo que tomar hoy, ¿qué camino tomarías tú?«

Es abrir el Evangelio y ver cómo actuaba Él. Es consultar al Compañero que viaja con nosotros, en lugar de fiarnos solo de nuestra brújula.

Este viaje no está planificado al milímetro porque Dios respeta nuestra libertad —nos deja el volante—, pero en cada curva nos va dando las indicaciones que necesitamos si estamos atentos a su voz.

Nos vamos hoy con una sola pregunta para el resto de la semana:

Cuando llega la encrucijada, cuando el obstáculo aparece, cuando el depósito flojea… ¿a quién le pregunto? ¿Abro solo el teléfono, confío en mi criterio, me dejo llevar? ¿O cuento con el Compañero de viaje que no solo sabe el camino, sino que él mismo es el Camino?

«No se turbe vuestro corazón». En medio de todo lo que no controlamos, de todo lo que da miedo, de todo lo que no sabemos cómo va a acabar: no se turbe el corazón.

Porque Él viene con nosotros. Y el que viene con nosotros es el Camino, la Verdad y la Vida.

¡¡Feliz Domingo!!