Hemos comenzado esta celebración en un silencio sobrecogedor. El sacerdote se ha postrado en el suelo ante el altar desnudo.
No es solo un gesto litúrgico. Es la expresión de una Iglesia que llora la muerte de su Señor. Es también la humanidad entera que se estremece al contemplar que el Hijo de Dios ha sido clavado en una cruz.
Jesús, el que curó y perdonó y dio vida y habló de Dios como Padre, es llevado al suplicio más cruel. Sin privilegios, sin defensas, contado entre los malhechores. Y lo más sobrecogedor es que lo aceptó. Lo asumió con libertad, por amor. Y ahí está la paradoja de la fe: la Cruz, signo de muerte, se convierte en signo de vida. El aparente fracaso, en semilla de esperanza.
Pero antes de llegar a esa paradoja, necesitamos detenernos en algo. En las últimas palabras que Jesús pronuncia antes de morir.
«Todo está cumplido.»
Tendemos a oírlas como el punto y final de una vida que acaba. Pero en griego, la palabra que Juan pone en sus labios es Tetelestai. Y Tetelestai no significa «se acabó». Significa «está consumado», «ha llegado a su plenitud». Era la palabra que usaban los artesanos cuando terminaban una obra perfecta. La que escribían los escribas en un documento cuando una deuda había sido saldada del todo. Tetelestai no es el grito de un hombre que muere. Es la declaración de un Dios que ha terminado lo que vino a hacer.
Y luego Juan añade el gesto final: «Inclinando la cabeza, entregó el espíritu.» No dice que murió. No dice que exhaló. Dice que entregó. Nadie le quita la vida. Él la da. Porque el amor verdadero es don, no derrota.
Pensad en el Siervo de Isaías que hemos escuchado: «Fue traspasado por nuestros crímenes, triturado por nuestros pecados.» Siglos antes de esta tarde, el profeta había visto este rostro. Lo había visto porque era la lógica misma de Dios: que, si quería sanar desde dentro la herida del mundo, tendría que entrar en ella del todo. Y Jesús entró del todo.
Pero hay algo que hoy estamos llamados a recuperar. Porque corremos un riesgo serio. El riesgo de ver la Cruz como un adorno, como una joya, como una imagen familiar en nuestras casas y nuestras iglesias, y olvidar que fue instrumento de tortura. Es fácil acostumbrarse a lo sagrado, convivir con los símbolos hasta que pierden su fuerza, su filo, su capacidad de herirnos por dentro.
El Viernes Santo nos grita que la Cruz no es un recuerdo del pasado. Es un acontecimiento vivo. Jesús sigue cargando con la Cruz de la humanidad en los inocentes que sufren injusticia, en los descartados, en los que mueren solos sin que nadie lo sepa. Y nosotros, que llevamos la Cruz al cuello, hemos de preguntarnos si la llevamos también en el corazón.
Cuando el soldado traspasa el costado de Jesús con la lanza, Juan escribe algo que detiene la narración: «Brotó sangre y agua.» Y luego añade, de forma inusual: «El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero.» Es la única vez en todo el relato en que Juan sale de la historia y señala: esto lo vi yo, esto importa. Porque en esa sangre y en ese agua, la Iglesia ha reconocido siempre los sacramentos, el Bautismo y la Eucaristía. La Iglesia nace aquí, del costado abierto de Cristo. La vida nueva brota precisamente del lugar de la herida.
Y junto a esa Cruz, Juan nos deja ver quiénes están. No los poderosos. No los que huyeron. «Junto a la Cruz estaban su madre y el discípulo amado.» Los que se quedaron porque no podían marcharse. Y Jesús, con las pocas fuerzas que le quedan, se ocupa de ellos: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.» En el momento de mayor abandono, crea familia. Hace Iglesia. Nos entrega a María como madre y la entrega a nosotros.
Dentro de unos momentos cantaremos: «Mirad el árbol de la Cruz.» Y Juan nos da la clave de ese gesto con una cita del profeta Zacarías: «Mirarán al que traspasaron.» No dice que lo estudiarán. No dice que lo analizarán. Dice que lo mirarán.
El Papa Francisco hablaba de la gracia del estupor. Esa capacidad de asombrarnos, de conmovernos al mirar al Crucificado. Porque no murió por la humanidad en general, sino por ti y por mí. Conoce nuestro dolor, nuestra fragilidad, nuestro pecado, y aun así se dejó atravesar para que tuviéramos vida.
San Francisco de Asís, mirando al Cristo clavado, se preguntaba en voz alta: «¿Por qué no lloráis?» Hoy deberíamos hacernos la misma pregunta. ¿Nos conmueve aún la Cruz? ¿O la hemos domesticado tanto que ya no nos dice nada? ¿Nos sentimos mirados desde ese madero, perdonados, amados?
Porque esto es lo que contemplamos esta tarde: un Dios que no explica el dolor desde fuera, sino que lo habita desde dentro. Que no nos libra del sufrimiento, pero lo llena de sentido. Que no se queda lejos, sino que baja hasta nuestra herida para acompañarnos desde ella.
Por eso, cuando nos acerquemos a adorar la Cruz, no haremos un gesto vacío. Le diremos a Cristo: Aquí estoy. Te sigo. Me fío de ti.
El mundo necesita testigos de la Cruz. No cristianos tristes o derrotistas, sino personas marcadas por el amor que han encontrado en el Crucificado. Personas capaces de abrazar su propia cruz no como peso inútil, sino como camino de entrega y de vida.
Que hoy, al contemplar la Cruz, renazca en nosotros el asombro, la gratitud, la fe. Que la mirada del Crucificado nos devuelva la esperanza. Y que la palabra que Jesús pronunció esta tarde desde el madero siga resonando en lo hondo de nuestro corazón.
Tetelestai.
Saldado. Cumplido. Todo el amor, hasta el extremo.
