No les tengáis miedo, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones. A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos.
REFLEXIÓN
Hace años llegó a un pueblo un circo ambulante. Entre los números había un trapecista que trabajaba muy alto, sin red debajo, nada más que el suelo. Alguien le preguntó cómo conseguía que no le temblaran las piernas. Él contestó algo muy sencillo: llevaba muchos años haciendo el mismo número con el mismo compañero, que estaba abajo, sosteniendo la cuerda y sin apartarle la vista.
No es que no hubiera peligro. Claro que lo había. Pero sabía que alguien estaba atento, pendiente de él, dispuesto a sostenerle si algo fallaba. Esa certeza, más que cualquier red, era lo que le quitaba el miedo.
El Evangelio de hoy habla precisamente de eso: del miedo. Jesús envía a los Doce a la misión y sabe que no será fácil. Les van a contradecir, les van a rechazar, les van a mirar mal, incluso les van a perseguir. Y en medio de ese envío, por tres veces, les repite la misma frase: “No tengáis miedo”.
No es una frase de ánimo barato. Jesús no dice: “No pasa nada”. Porque sí pasan cosas. Hay dificultades, críticas, incomprensiones, sufrimientos. A veces ser fiel a Dios cuesta. Pero Jesús les dice: “No tengáis miedo”, porque el miedo no puede ser quien dirija nuestra vida.
Todos tenemos miedos. Miedo a equivocarnos, miedo al futuro, miedo a perder a alguien, miedo a sufrir, miedo a no estar a la altura. También podemos tener miedo de vivir la fe con naturalidad: miedo a decir que somos creyentes, miedo a defender lo que creemos, miedo a que nos miren raro por ir a misa, por rezar, por educar cristianamente a los hijos, por vivir de otra manera.
Jesús no nos riñe por tener miedo. Sabe que somos frágiles. Pero sí nos dice: no dejes que el miedo mande en tu vida. Una cosa es tener miedo, y otra muy distinta es dejar que el miedo decida por nosotros.
La primera lectura nos presenta al profeta Jeremías. Jeremías está pasando por un momento muy duro. Se siente rodeado de enemigos, criticado, vigilado, despreciado. Dice: “Oía la acusación de la gente: pavor en torno”. Es la experiencia de quien intenta hacer el bien y, sin embargo, encuentra rechazo. De quien quiere ser fiel a Dios y se siente solo.
Pero Jeremías, en medio de esa oscuridad, no se hunde del todo. Hay una frase que lo sostiene: “El Señor está conmigo, como fuerte soldado”.
Esa es la clave. Jeremías no dice: “No tengo problemas”. No dice: “Todo me va bien”. Dice: “El Señor está conmigo”. No afirma que el miedo haya desaparecido, sino que no está solo en medio del miedo.
Y ahí está también el centro del Evangelio de hoy. Jesús no promete a sus discípulos una vida sin dificultades. Les promete algo mucho más profundo: que no estarán solos.
¿De qué miedo nos habla hoy Jesús?
Primero, del miedo a que se sepa lo que creemos. Jesús dice: “Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea”. Es decir: no escondáis la fe. No viváis como si creer en Dios fuera algo vergonzoso. No tengáis miedo de que se note que sois discípulos míos.
Y este miedo lo conocemos bien. A veces no tenemos miedo a grandes persecuciones, pero sí a pequeños comentarios. Miedo a que nos llamen antiguos. Miedo a que se rían. Miedo a que nos tomen por exagerados. Miedo a invitar a alguien a misa, a hablar de Dios en casa, a corregir algo que está mal, a defender a una persona cuando todos la critican.
Poco a poco podemos ir viviendo una fe escondida, silenciosa, recortada. Una fe que está, pero que no se nota demasiado. Una fe que no molesta, pero tampoco ilumina.
El segundo miedo es el miedo a las consecuencias. Jesús dice: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Es una frase fuerte. Jesús no está despreciando la vida ni el sufrimiento. Lo que nos dice es que hay algo más profundo que la imagen, la comodidad, el prestigio o la opinión de los demás.
Hay un miedo peor que el miedo al qué dirán: el miedo a traicionarnos por dentro. El miedo a dejar de ser fieles a Dios para quedar bien. El miedo a callar la verdad por comodidad. El miedo a no hacer el bien para no complicarnos la vida.
Ese miedo no siempre deja marcas visibles, pero deja algo peor: una vida hecha de medias verdades, de silencios calculados, de gestos que dejamos de hacer para no incomodar a nadie.
Y entonces llega la imagen más hermosa del Evangelio de hoy: los pajarillos. Dice Jesús que dos gorriones se venden por poco dinero, y sin embargo ni uno solo cae a tierra sin que lo sepa el Padre. Y añade: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”.
Jesús no nos habla de un Dios lejano, que mira la humanidad desde lejos y en conjunto. Nos habla de un Padre que conoce el detalle. Lo pequeño. Lo escondido. Lo que nadie ve. Lo que a nosotros mismos se nos escapa.
Ese es el Dios en quien creemos. Un Dios que no mira nuestra vida de lejos, sino de cerca. Un Dios que sabe lo que llevamos dentro. Un Dios que conoce nuestras luchas, nuestros cansancios, nuestras heridas, nuestras preocupaciones y también nuestros pequeños esfuerzos de fidelidad.
Ese es el compañero que sostiene la cuerda.
Vivimos rodeados de pantallas que prometen algo parecido, pero no lo pueden dar. Miramos el móvil para ver cuántos nos han visto, cuántos han respondido, cuántos se han acordado de nosotros. Y, sin embargo, aunque nos vieran miles de personas, podríamos seguir sin sentirnos conocidos de verdad.
El Evangelio nos anuncia hoy algo mucho más grande que cualquier notificación: antes de que publiquemos nada, antes de que expliquemos nada, antes de que nadie nos mire, Dios ya nos conoce. Nos conoce hasta el último cabello. Nos mira con mirada de Padre. No una mirada que vigila para condenar, sino una mirada que sostiene, cuida y acompaña.
San Pablo, en la segunda lectura, nos ayuda a entenderlo todavía más. Nos dice que por Jesucristo ha llegado la gracia, y que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. El pecado introduce miedo, desconfianza, ruptura. Desde el principio, el ser humano tiene la tentación de esconderse de Dios. Pero Cristo viene a liberarnos de ese miedo.
La gracia de Dios no tapa nuestra fragilidad con un escondite. La cubre con una mirada de misericordia. Por eso ya no hace falta escondernos. Hace falta dejarnos mirar por Dios.
Esto tiene una traducción muy concreta para nuestra semana.
Pensemos cuántas veces el miedo al ridículo nos hace callar lo que deberíamos decir. El padre o la madre que no se atreve a hablar de Dios a sus hijos porque piensa que le van a mirar raro. El compañero de trabajo que se queda callado cuando se ríen de alguien, por no significarse. El chico o la chica que en clase no defiende al que están señalando, por miedo a que la próxima vez le toque a él. El que en una conversación familiar prefiere tragarse lo que piensa antes que sostener una palabra de fe, de justicia o de verdad. Incluso en la comunidad parroquial, a veces nos cuesta invitar a un vecino a la catequesis, a una celebración o a la misa del domingo por miedo a parecer pesados.
Todo eso tiene un nombre muy antiguo: miedo a que se sepa quiénes somos.
Frente a eso, Jesús no nos pide una valentía de circo, de esas que se fingen para impresionar. Nos pide una valentía más sencilla y más profunda: la valentía tranquila de quien sabe que Dios le sostiene.
Quien sabe que está mirado y sostenido por Dios hasta en el detalle más pequeño puede permitirse hablar, defender, sostener, servir, perdonar, decir una verdad incómoda, sin necesitar primero la aprobación de todos.
No hace falta convertirse en héroes de un día para otro. Basta con empezar por lo pequeño esta semana: una palabra de fe que no decíamos por vergüenza; una defensa que no hacíamos por comodidad; una invitación que siempre aplazábamos; una verdad que callábamos por miedo a incomodar; un gesto de coherencia que nos cuesta, pero que sabemos que Dios nos está pidiendo.
Cuando aparezca una preocupación, podemos repetir interiormente: “El Señor está conmigo”.
Cuando sintamos miedo ante una decisión difícil: “Señor, dame luz y fuerza”.
Cuando nos dé vergüenza vivir nuestra fe: “Jesús, que no me esconda de ti”.
Cuando nos sintamos solos o incomprendidos: “Tú conoces mi corazón”.
Porque muchas veces el problema no es que no sepamos lo que tenemos que hacer. El problema es que tenemos miedo de hacerlo.
Pero si Dios cuenta los cabellos de nuestra cabeza, también cuenta esos pequeños gestos de fidelidad que a nosotros nos parecen poca cosa y que a Él no se le escapan.
Aquel trapecista no miraba hacia abajo buscando la red. Miraba a quien sostenía la cuerda, sabiendo que no le quitaba el ojo de encima.
Nosotros tampoco caminamos solos. Tenemos algo mejor que una red: tenemos un Padre que nos conoce uno a uno, hasta el último cabello, y que nunca aparta su mirada de nosotros.
Por eso, y solo por eso, podemos escuchar hoy de nuevo la palabra de Jesús:
No tengáis miedo.
¡¡Feliz Domingo!!
