En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»  Ellos le contestaron: «Sí.» Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.» 

¿Dónde está tu verdadero tesoro?

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo».

Todos buscamos algo que dé sentido a nuestra vida. Buscamos seguridad, afecto, reconocimiento, tranquilidad y felicidad. Sin embargo, no siempre sabemos dónde encontrarlo. A veces dedicamos mucho tiempo y esfuerzo a cosas que prometen llenarnos, pero que finalmente dejan un vacío más grande.

Jesús nos habla este domingo de un hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo. Al descubrirlo, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, vende todo lo que tiene para comprar aquel campo. También habla de un comerciante que encuentra una perla de gran valor y decide venderlo todo para conseguirla.

Ambos personajes reconocen que han encontrado algo incomparable. No renuncian a sus bienes porque los despreciaran, sino porque han descubierto algo mucho mejor. Además, el hombre del campo actúa “lleno de alegría”. Su decisión no nace de la obligación ni del miedo, sino del gozo de haber encontrado un verdadero tesoro.

Jesús nos invita a descubrir que el Reino de Dios es ese tesoro. Es la experiencia de sabernos amados, perdonados y acompañados por Dios. Es reconocer que nuestra vida tiene un sentido, que podemos comenzar de nuevo y que la muerte no tiene la última palabra.

Pero encontrar el tesoro exige también una elección. No podemos querer al mismo tiempo el Reino de Dios y conservar todo aquello que se opone a él. Seguir a Jesús supone revisar nuestras prioridades y preguntarnos qué ocupa realmente el centro de nuestra vida.

Tal vez tengamos que desprendernos del orgullo que nos impide pedir perdón. Quizá debamos renunciar a una comodidad para atender a una persona que nos necesita. Puede que tengamos que reducir el tiempo que dedicamos a las pantallas para escuchar mejor a nuestra familia. O quizá necesitemos abandonar una costumbre que nos aleja de Dios.

No se trata siempre de grandes decisiones. La búsqueda del tesoro se concreta en elecciones pequeñas: dedicar unos minutos a la oración, participar en la Eucaristía, escuchar con paciencia, ayudar sin esperar recompensa, perdonar una ofensa o acompañar a quien está solo.

La primera lectura presenta al rey Salomón pidiendo a Dios un corazón sabio. No solicita riquezas, poder o una larga vida. Pide capacidad para distinguir el bien del mal y gobernar con justicia. También nosotros necesitamos ese don. Vivimos rodeados de propuestas que parecen valiosas, pero no todas pueden conducirnos a la verdadera felicidad.

La sabiduría cristiana consiste en reconocer lo que merece la pena y ordenar nuestra vida de acuerdo con ello. El dinero, el trabajo, el descanso y los proyectos son necesarios, pero ninguno puede ocupar el lugar de Dios ni sustituir el amor hacia las personas.

La parábola de la red nos recuerda, finalmente, que nuestras elecciones tienen consecuencias. Dios nos concede tiempo y oportunidades, pero no da igual vivir de una manera que de otra. Cada jornada vamos decidiendo qué clase de persona queremos ser.

Preguntémonos con sinceridad: ¿qué considero hoy mi mayor tesoro? ¿Dónde empleo mi tiempo y mis mejores fuerzas? ¿Qué tendría que dejar para vivir con más libertad? ¿Ocupa Dios un lugar real en mi vida o solamente recurro a Él cuando tengo problemas?

Jesucristo es la perla preciosa que merece ser elegida. Quien lo encuentra no queda empobrecido, sino enriquecido con una vida más libre, más generosa y más llena de esperanza.

Pidamos al Señor un corazón sabio que sepa reconocer el verdadero tesoro. Que no tengamos miedo de dejar aquello que nos impide seguirle, porque todo lo que entregamos por amor se transforma en una vida más plena.

¡¡Feliz Domingo!!