esús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ¡ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: “Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos”. Jesús respondió: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: “¡Señor, socórreme!”. Jesús le dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”. Ella respondió: “¡Y, sin embargo, ¡Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”. Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!”. Y en ese momento su hija quedó curada.
REFLEXIÓN
Cuando Dios parece guardar silencio
«Mujer, qué grande es tu fe» (Mt 15,28).
Hay momentos en los que rezamos y parece que Dios no responde. Pedimos por una enfermedad, por nuestros hijos, por una situación familiar difícil, por alguien que está sufriendo… y aparentemente nada cambia.
El Evangelio de este domingo nos presenta a una mujer que conoce muy bien esa experiencia.
Es cananea, extranjera, y se acerca a Jesús porque su hija está sufriendo. Ha oído hablar de Él y confía en que puede ayudarla. Por eso grita, insiste y suplica: necesita la misericordia de Jesús.
Pero sucede algo sorprendente: al principio, Jesús guarda silencio.
Ella podría marcharse decepcionada. Podría pensar que Jesús no quiere escucharla. Sin embargo, permanece.
Y ahí comienza a aparecer la grandeza de aquella mujer.
Creer también cuando no entendemos
Con frecuencia es relativamente fácil confiar en Dios cuando las cosas salen bien. Lo difícil es continuar confiando cuando no comprendemos lo que está sucediendo.
Nuestra oración puede convertirse entonces en una prueba de fe.
Nos gustaría recibir respuestas rápidas, soluciones claras y caminos sencillos. Pero Dios no siempre actúa con nuestros tiempos ni de la manera que habíamos imaginado.
Eso no significa que no escuche.
Cuando plantamos una semilla, durante algún tiempo miramos la tierra y aparentemente no sucede nada. Sin embargo, debajo de esa tierra la semilla comienza lentamente a germinar.
También puede ocurrir así con nuestra oración.
Quizá pensamos que nada está ocurriendo porque todavía no vemos ningún resultado. Pero Dios puede estar actuando en lugares y de maneras que nosotros todavía no somos capaces de reconocer.
Una mujer que no se rinde
La mujer cananea continúa insistiendo hasta que finalmente Jesús le dice:
«Mujer, qué grande es tu fe».
Esta mujer termina convirtiéndose en maestra de oración.
Nos enseña que rezar no significa simplemente pedir algo. Significa permanecer delante de Dios.
Seguir confiando.
Volver a Él.
Decirle una vez más lo que llevamos en el corazón.
A veces nuestra oración tendrá muchas palabras. Otras veces será simplemente:
«Señor, ayúdame».
Y habrá días en los que quizá nuestra única oración sea permanecer en silencio delante de Él.
Pero permanecer también es creer.
Una misericordia sin fronteras
Hay otro detalle fundamental. Aquella mujer era extranjera. No pertenecía al pueblo de Israel.
Sin embargo, su historia termina mostrando que la misericordia de Dios no puede encerrarse dentro de nuestras fronteras humanas.
Nosotros clasificamos fácilmente a las personas: cercanos o alejados, creyentes o no creyentes, practicantes o no practicantes, de los nuestros o de fuera.
Dios mira de otra manera. Mira el corazón.
Quizá por eso este Evangelio también nos invita a preguntarnos: ¿encuentran acogida entre nosotros quienes se acercan a la Iglesia? ¿Sabemos escuchar antes de juzgar? ¿Hay alguien a quien hemos colocado demasiado rápidamente una etiqueta?
Llevar a otros hasta Jesús
La mujer tampoco pide para sí misma.
Pide por su hija.
Su oración es una oración de intercesión.
También nosotros podemos llevar delante del Señor a quienes queremos. Incluso a aquellos que ahora no saben rezar o se sienten lejos de Dios.
Hay nombres que merece la pena seguir pronunciando delante del Señor.
No sabemos cuándo ni cómo llegará la respuesta.
Pero sabemos ante quién hemos puesto nuestra confianza.
Este domingo, quizá sea suficiente hacer nuestra la fe de aquella mujer y decir:
Señor, aunque no comprenda tus caminos, seguiré confiando en ti.
Porque una fe verdadera no es la que nunca encuentra dificultades.
Es la que no se rinde cuando aparecen.
¡¡Feliz Domingo!!
