En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».
En una ocasión, una familia pidió presupuesto para reformar su cocina. La empresa les ofreció “presupuesto sin compromiso”: midieron, calcularon y, cuando recibieron la cifra, casi se asustaron: costaba el doble de lo que habían imaginado. ¿Qué hicieron? Se sentaron en familia, valoraron qué era urgente, qué podían posponer, qué podían modificar… y decidieron hacerlo por fases.
Así actuamos siempre ante una obra importante: calculamos antes de comprometernos. Y hoy Jesús, en el Evangelio, nos invita a hacer lo mismo con lo más grande que tenemos entre manos: nuestra vida cristiana.
El presupuesto que Jesús nos presenta
Jesús no engaña a nadie con ofertas fáciles. Dice con claridad qué exige el ser discípulo suyo:
- Ponerlo a Él por encima incluso de los lazos más sagrados, como la familia.
- Cargar con la cruz de cada día.
- Renunciar a los bienes que nos atan.
Tres veces repite: “No puede ser discípulo mío”. El presupuesto, a primera vista, nos parece demasiado elevado. Pero el Señor no quiere seguidores superficiales, sino corazones decididos.
El sentido de estas renuncias
Aquí conviene matizar: Jesús no nos pide que despreciemos a la familia, ni que vivamos sin bienes, ni que busquemos el sufrimiento. Lo que pide es ordenar el corazón:
- La familia: amar a los nuestros desde Dios, y no en lugar de Dios. Quien pone a Dios primero, ama mejor y más auténticamente a su familia.
- Los bienes: tener lo necesario para vivir, pero sin que ocupen el primer lugar, sin que se conviertan en ídolos.
- La cruz: aceptar nuestra historia, nuestras heridas y limitaciones, y caminar con fe sabiendo que Dios da sentido a todo.
La sabiduría para discernir
La primera lectura, del libro de la Sabiduría, nos decía: “¿Quién puede conocer los designios de Dios?”. Y añadía: solo si Dios nos da su sabiduría y su Espíritu.
Nosotros, como cristianos, tenemos esa sabiduría: Jesucristo mismo, que nos ha mostrado el rostro del Padre y nos ha dado el Espíritu Santo. Por eso, si cada día abrimos el Evangelio y dejamos que el Espíritu nos ilumine, encontraremos respuesta a la pregunta fundamental: ¿Qué quiere Dios de mí hoy?
Podemos imaginarnos a nosotros mismos como un pequeño consejo de economía personal. Ante el presupuesto del discipulado, nos toca reflexionar:
- ¿Qué prioridades debo reorganizar? ¿Doy a la misa dominical, a la oración y al servicio el lugar que merecen, o siempre encuentro excusas?
- ¿Qué cruces rehúyo? Esa dificultad familiar, ese compañero difícil, esa herida del pasado… ¿las acepto con fe, o huyo constantemente de ellas?
- ¿Qué bienes me atan? ¿Mi dinero, mi tiempo, mi imagen, mi comodidad?
El Papa Francisco nos recuerdaba que no hay que paralizarse por proyectos imposibles. La vida cristiana se recorre en procesos posibles y en camino largo. Se trata de dar un paso cada día, como la familia que empezó la reforma por lo más urgente.
Ejemplos concretos
- Un joven: puede empezar renunciando a esa aplicación del móvil que roba tiempo de estudio y oración.
- Un padre o madre: puede cargar con paciencia la cruz de las rabietas de los hijos o de las tensiones familiares.
- Un trabajador: puede optar por la honestidad en una oportunidad laboral aunque suponga perder dinero.
Son pequeños pasos que, acumulados, van construyendo la gran obra de la vida cristiana.
La Eucaristía, fuerza para el camino
Hoy Jesús nos presenta el presupuesto sin compromiso de ser sus discípulos. Y puede asustarnos. Pero no estamos solos: en la Eucaristía, Él nos da su Cuerpo y su Sangre, se entrega totalmente, y nos da la fuerza del Espíritu para seguir adelante.
Pidamos la sabiduría para discernir por dónde empezar, y constancia para no detenernos, sabiendo que el seguimiento de Cristo no se mide por lo que dejamos atrás, sino por lo que recibimos: la verdadera vida, la alegría del Evangelio y el Reino de Dios en nosotros.
¡Feliz Domingo!
