Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

 

Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Y nos puede sonar raro: ¿cómo es posible “exaltar” un instrumento de tortura? La cruz, en tiempos de Jesús, era el símbolo de la vergüenza, del fracaso, de la condena.
Sin embargo, para nosotros los cristianos, se ha convertido en señal de vida, de victoria y de esperanza. ¿Qué ha pasado para que un signo de muerte se transforme en signo de amor?

La serpiente en el desierto: un anticipo

La primera lectura nos lleva al desierto: el pueblo se queja y muere mordido por serpientes venenosas. Dios manda a Moisés hacer una serpiente de bronce y levantarla en alto; quien la miraba, se salvaba. No era magia, era fe: mirar esa señal era reconocer el pecado y confiar en Dios.
Esa serpiente levantada en alto es figura de Cristo levantado en la Cruz: quien lo mira con fe, encuentra vida.

Cristo humillado y exaltado

San Pablo nos da la clave: Jesús, siendo Dios, no se aferró a su rango divino. Se hizo uno de nosotros, se rebajó, aceptó la muerte y además la muerte en cruz. Y precisamente por esa humillación, Dios lo exaltó y le dio el Nombre sobre todo nombre.
En la lógica humana, lo alto es poder y gloria; en la lógica de Dios, lo alto es la cruz: el lugar donde se revela el amor más grande.

El GPS del amor: Juan 3,16

El Evangelio nos lo resume con una frase que vale toda la Biblia: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”.
La Cruz es el GPS del amor de Dios. Cuando nos desviamos, cuando nos perdemos, basta mirar la Cruz para recalcular la ruta hacia el sentido, hacia la vida, hacia la salvación.

Piensa en cuando llevas una foto en la cartera o en el móvil. No es el papel ni los píxeles lo que te dan fuerza, sino lo que representan: la persona que amas, la que te sostiene.
La cruz que llevamos en el cuello, la que colgamos en casa o en el coche, no es un adorno ni un amuleto. Es el “recuerdo vivo” del amor de Cristo que se entregó por nosotros. Cuando la miramos, nos recuerda quiénes somos: hijos amados que valemos la sangre de Cristo.

Aplicación a nuestra vida

  • Cuando sufrimos: la cruz nos recuerda que no estamos solos. Jesús pasó por el dolor, y desde la cruz nos acompaña en nuestras propias cruces.
  • Cuando pecamos: la cruz es la certeza de que podemos volver a empezar. Dios no nos condena, sino que nos ofrece siempre su perdón.
  • Cuando dudamos o nos sentimos perdidos: basta mirar la cruz. Es el GPS del amor que nos señala siempre el camino de regreso al Padre.

La cruz exaltada

Hoy, al exaltar la Cruz, no glorificamos el sufrimiento ni la muerte. Glorificamos al Amor que se entregó hasta el extremo. La cruz es el trono de Cristo, el signo de nuestra esperanza.
Miremos a la Cruz, besémosla, llevémosla en el corazón. Y repitamos con fe las palabras del Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”.

¡¡Feliz Domingo!!