En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

 

Si alguna vez hemos observado una estalagmita en el interior de una cueva, hemos contemplado el fruto silencioso de millones de gotas cayendo, una tras otra, durante años. Cada gota, en apariencia insignificante, deja un rastro de calcita que, con el tiempo, forma una columna sólida y hermosa.
Así es también la oración perseverante: a veces parece inútil, sin resultados visibles, pero con el tiempo forma en nosotros una roca firme de fe y esperanza.

Orar sin desanimarse

El Evangelio que hoy escuchamos nos presenta a una viuda insistente y a un juez injusto. Jesús quiere enseñarnos que hay que “orar siempre sin desfallecer”.
La viuda no tiene poder ni influencia, pero posee algo decisivo: perseverancia. Golpea una y otra vez la puerta del juez, sin dejarse vencer por el cansancio. Y al final obtiene justicia, no porque el juez sea bueno, sino porque no se rinde.

Jesús no nos dice que Dios sea como ese juez —lejos de eso—, sino todo lo contrario: si incluso un juez corrupto cede ante la insistencia, cuánto más nuestro Padre bueno escuchará a sus hijos.
Por tanto, no se trata de convencer a Dios a base de repetir, sino de transformarnos nosotros a través de la oración constante. Cada “gota” de oración va modelando nuestro corazón, haciéndolo más dócil, más confiado, más capaz de esperar.

La oración que sostiene

La primera lectura, del libro del Éxodo, nos ofrece una escena maravillosa: Moisés, con los brazos levantados, mientras Israel combate contra Amalec. Cuando se cansa y baja los brazos, el pueblo comienza a perder; cuando los levanta, vence. Y cuando ya no puede más, Aarón y Jur le sostienen los brazos.
Esa es la imagen perfecta de la oración en la comunidad cristiana: cuando uno se cansa, otro le sostiene; cuando nuestra fe flaquea, la oración de los demás nos mantiene firmes.

La oración, como las gotas que forman la estalagmita, puede parecer invisible, pero sostiene el mundo. Nada se pierde de lo que se reza con amor.

Creer en Alguien, no en algo

San Pablo, en la carta a Timoteo, le exhorta: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo”. También nosotros estamos llamados a persistir en la fe y en el testimonio, incluso cuando no vemos resultados inmediatos.
Cuando se ama de verdad, el cansancio desaparece del vocabulario. Y nosotros no amamos “algo”, sino a Alguien: a Dios. Por eso oramos. No porque queramos manipularlo, sino porque confiamos en Él, incluso cuando no entendemos sus caminos.

La fe no elimina las preguntas ni los enigmas:
¿Por qué el mal? ¿Por qué el dolor de los inocentes? ¿Por qué tanta desigualdad?
Y, sin embargo, seguimos rezando porque sabemos que Dios no es un titiritero, sino un Padre que nos deja crecer, decidir y madurar. Rezar es seguir creyendo, aunque no lo comprendamos todo.

Fe, frecuencia e insistencia

El Santo Cura de Ars decía que la verdadera oración se mide por tres palabras: fe, frecuencia e insistencia.
Fe, porque sin confianza no hay diálogo.
Frecuencia, porque si no hablamos con Dios a menudo, la relación se enfría.
E insistencia, porque solo quien persevera conoce la profundidad del amor de Dios.

Y para que no olvidemos que rezar no es complicado, podemos recordar aquellas “reglas” del teléfono con Dios:

  1. Marca el prefijo correcto: busca el silencio y el recogimiento.
  2. No hagas un monólogo: escucha al que te habla desde el otro lado.
  3. Si la comunicación se corta, revisa si fuiste tú quien colgó.
  4. No llames solo en casos de urgencia.
  5. Habla con Él también en los momentos ordinarios del día.
  6. Recuerda que esta línea no cobra tarifas ni impuestos.
  7. Deja que Dios te deje mensajes en tu corazón.
  8. Y apunta lo que te diga, para no olvidarlo.

La gota que vence la roca

Una sola gota de agua, cayendo sin cesar, puede romper una roca.
Así también, una oración constante y confiada puede abrir caminos donde todo parece cerrado.

Jesús nos pregunta hoy: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”
Que la respuesta sea sí: encontrará corazones que perseveran, que siguen rezando, que siguen creyendo.

¡¡Feliz Domingo!!