En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» Él le contestó: «No quiero”. Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor.» Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?» Contestaron: «El primero.» Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»
«La historia no termina en el primer “no”»
«Después se arrepintió y fue» (Mt 21, 29).
A veces contestamos demasiado deprisa. Alguien nos pide ayuda y respondemos que no porque estamos cansados. Una persona intenta hablar con nosotros y le cerramos la puerta porque seguimos dolidos. Dios nos llama a cambiar algo en nuestra vida, pero pensamos: «Ahora no». La respuesta sale casi antes de haber escuchado.
El primer hijo de la parábola responde así a su padre. No quiere ir a trabajar a la viña. Jesús no oculta su negativa ni la presenta como algo bueno. Pero añade lo decisivo: después recapacita y va. Su historia podía haber terminado en aquel «no quiero»; sin embargo, dio un paso distinto.
Cuántas veces necesitamos escuchar esto. Quizá llevamos tiempo posponiendo una conversación, una confesión, una decisión honrada o el regreso a la oración. Nos pesa lo que hicimos y acabamos creyendo que ya no podemos cambiar. Jesús abre otra posibilidad. Podemos reconocer nuestra respuesta de ayer y responder de otra manera hoy.
El segundo hijo parece hacerlo mejor. Contesta con respeto: «Voy, señor». Pero no va. Su dificultad es más discreta y, por eso, quizá más fácil de pasar por alto. También nosotros podemos acostumbrarnos a las buenas intenciones. Queremos cuidar más a la familia, dedicar tiempo a Dios, estar pendientes de quien vive solo. Lo decimos sinceramente, pero los días pasan sin que demos el paso.
La pregunta de Jesús es sencilla: ¿quién hizo la voluntad del padre? Nos invita a mirar nuestra vida más allá de lo que decimos. Una fe que se vive llega a los gestos corrientes: escuchar sin mirar el reloj, cumplir una promesa, pedir perdón, visitar a alguien, compartir lo que tenemos. Ahí puede estar hoy la viña a la que el Señor nos envía.
Jesús añade una frase que debió de sorprender a quienes le escuchaban: los publicanos y las prostitutas van por delante de ellos en el reino de Dios. Aquellas personas habían escuchado la llamada a convertirse y la habían acogido. Los interlocutores de Jesús, convencidos de que ya estaban en el buen camino, se resistían a recapacitar.
Es una invitación a dejar de dar a nadie por perdido. También a dejar de pensar que nosotros ya no necesitamos cambiar. Todos vivimos del amor paciente de Dios. Nadie puede presumir ante él; nadie tiene por qué desesperar de su misericordia.
Podemos preguntarnos hoy: ¿dónde se ha quedado mi «sí» en una buena intención? ¿Hay algún «no» que necesito revisar? Tal vez la respuesta empiece por algo pequeño y muy concreto. El padre de la parábola dice: «Ve hoy». No hace falta esperar a tenerlo todo resuelto para comenzar.
Dios sigue llamándonos. Conoce nuestras resistencias, nuestros miedos y también nuestro deseo de volver a empezar. Si escuchamos su voz y damos el siguiente paso, descubriremos que la viña sigue abierta para nosotros.
¡¡Feliz Domingo!!
