En aquel tiempo, se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora». Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?». Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré».
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».
Pero él hablaba del templo de su cuerpo.

Hoy celebramos la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, la catedral del Papa, madre y cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo. Esta fiesta nos invita a reflexionar sobre el misterio profundo de la Iglesia: no somos simplemente una organización humana, sino el templo vivo del Espíritu Santo.

El templo de piedras vivas

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús expulsando a los mercaderes del templo. Su gesto profético nos interpela: ¿qué lugar ocupa Dios verdaderamente en nuestras vidas? ¿Hemos convertido acaso nuestra fe en un mero comercio espiritual, buscando solo lo que nos beneficia?

Pero hay algo más profundo en este pasaje. Cuando Jesús dice: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré», está hablando de su propio cuerpo. Con su muerte y resurrección, Cristo inaugura un nuevo templo, no hecho de piedras muertas, sino de piedras vivas: cada uno de nosotros, unidos por el bautismo.

San Pablo nos lo recuerda en la segunda lectura: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» Qué verdad tan asombrosa: Dios no habita principalmente en edificios, sino en el corazón de cada bautizado.

La Basílica de Letrán: signo de unidad

La Basílica de Letrán, construida por el emperador Constantino en el siglo IV, fue la primera iglesia pública del cristianismo. Es la sede del Obispo de Roma, el Papa, sucesor de Pedro y principio visible de unidad de toda la Iglesia.

Celebrar hoy su dedicación no es un ejercicio de arqueología religiosa. Es reconocer que formamos parte de una familia universal, que tiene raíces profundas en la historia y que se extiende por todo el mundo. Cuando miramos hacia la Basílica de Letrán, miramos hacia el centro de comunión de la Iglesia católica.

Construyendo el templo espiritual

Pero esta fiesta nos plantea también una pregunta exigente: ¿Cómo estamos cuidando el templo que somos? ¿Qué mercaderes debemos expulsar de nuestro interior?

Tal vez sea el egoísmo que nos encierra en nosotros mismos. Quizá la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. O ese consumismo que nos hace creer que la felicidad se compra. Cristo nos invita a purificar nuestro corazón, a hacer de nuestra vida una morada digna para Dios.

Y no solo individualmente. Como Iglesia, estamos llamados a ser comunidad de piedras vivas bien trabadas. No basta con que cada uno cultive su espiritualidad en privado. Necesitamos construir juntos, apoyarnos mutuamente, ser signo visible del amor de Dios en medio del mundo.

La Iglesia: sacramento de salvación

La Basílica de Letrán, como todo templo cristiano, es signo visible de una realidad invisible: la Iglesia santa de Dios. Cada vez que nos reunimos en nuestras iglesias para celebrar la Eucaristía, estamos manifestando que somos el Cuerpo de Cristo.

Este edificio sagrado donde nos reunimos es importante, sí. Lo cuidamos con amor, lo embellecemos, porque es la casa de Dios y lugar de encuentro con Él. Pero nunca debemos olvidar que el verdadero templo somos nosotros, la comunidad de los creyentes.

Al salir hoy de esta celebración, llevemos en el corazón esta doble convicción:

Primero, que cada uno de nosotros es templo sagrado de Dios. Vivamos con la dignidad que corresponde a quien lleva a Dios dentro.

Segundo, que formamos parte de una Iglesia universal, unida en la fe, en los sacramentos y en la comunión con el Papa. No estamos solos en este camino.

Que María Santísima, a quien está dedicada también la Basílica de Letrán, nos ayude a ser piedras vivas del templo espiritual que Dios está construyendo para su gloria.

¡¡Feliz Domingo!!